El Juego del Silencio

El Juego del Silencio

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 2 min de lectura

La luz del atardecer se deslizaba por las rendijas de las persianas de madera, dibujando rayas doradas sobre el suelo de roble. En medio de la habitación, una silla de respaldo alto, forrada en cuero oscuro, esperaba. No era una invitación, sino una orden.

Isabel se detuvo en el umbral, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, como si llevara encima una carga invisible. Su blusa de seda color crema se ajustaba al contorno de su torso, pero no por elección —por decisión ajena. Camila la había elegido así. Camila, con su cabello recogido en un nudo bajo, los ojos claros y una voz que nunca elevaba el tono, pero que siempre se escuchaba.

—Quítate los zapatos —dijo, sin mirarla—. Lento.

Isabel obedeció. Cada movimiento estaba calculado, como si caminara sobre hielo delgado. El piso estaba frío bajo sus plantas, y el contacto con la madera le recordaba que no había vuelta atrás. Había firmado el contrato, sí, pero lo verdaderamente importante era lo que no estaba escrito: la confianza, la entrega, el silencio.

Camila avanzó hasta la silla, pero no se sentó. Se puso detrás de Isabel, lo suficientemente cerca como para que su aliento rozara la nuca de la otra. Una mano se posó sobre su hombro, firme, sin presión. Solo presencia.

—Respira —ordenó Camila—. Hondo. Que se note.

Isabel inhaló, sintiendo cómo el aire se expandía en sus pulmones, cómo su pecho se elevaba contra la tela de la blusa. Camila dejó que el silencio se instalara entre ellas, denso, cargado. Su dedo índice recorrió la línea de la columna de Isabel, descendiendo con lentitud, deteniéndose justo por encima de la cintura de sus pantalones.

—¿Sientes cómo tiembla?

No era una pregunta. Era una constatación. Isabel asintió, apenas, con la cabeza inclinada. Su cuerpo respondía antes que su mente, antes de que pudiera filtrar la sensación. El roce de la uña sobre la tela de su ropa interior, apenas un leve arrastre, bastó para hacerle contraer los músculos del estómago.

—¿Quieres que pare? —preguntó Camila, esta vez con una sonrisa apenas perceptible en la voz.

Isabel negó con un movimiento casi imperceptible, pero suficiente. Camila sonrió de verdad esta vez, una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero sí a la seguridad de sus movimientos. Desabrochó con calma el primer botón de la blusa, luego el segundo. No urgía. El despojamiento no era el objetivo; la anticipación sí.

Cada desabotonadura era una pausa. Un instante en el que Isabel sentía el aire fresco rozar su piel, una advertencia silenciosa de lo que vendría. Camila se inclinó, y esta vez su aliento rozó directamente la curva de su oreja.

—Tú decides cuándo pedir —murmuró—. Pero no lo hagas antes de tiempo.

Isabel cerró los ojos. Porque ya no se trataba de qué haría Camila, sino de cuánto podría resistir ella misma. Y en ese silencio, más denso que cualquier sonido, algo empezó a temblar: no era miedo. Era una promesa hecha carne.

También en: LésbicoBDSM

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