El Juego del Rincón
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La puerta del estudio se cerró con un clic suave tras ella, y Sofía sintió el primer cosquilleo en la nuca: la certeza de que no saldría hasta que él lo decidiera. En el piso de madera oscura, con alfombra gruesa y paredes cubiertas de estantes llenos de libros encuadernados en cuero, el aire olía a café recién hecho, tabaco frío y algo más denso: tensión. —Quítate la blusa —dijo Renato sin levantar la vista del portátil, la voz baja, clara como un cuchillo afilado sobre madera.
Sofía, de 29 años, con las mejillas ya calientes y el pulso acelerado, soltó el botón superior de su blusa blanca y deslizó los hombros hacia atrás. El tejido se deslizó con lentitud, revelando la copa del sujetador negro lace, con encaje fino que marcaba la curva de sus pechos. Renato no se inmutó. Solo la miró con esos ojos grises, fríos pero no duros, como si estuviera midiendo la profundidad de un pozo antes de saltar.
—Más lento. Y sin prisa.
Ella obedeció. Se quitó la blusa con cuidado, la dobló con precisión y la dejó sobre la silla de cuero. Luego, con un hilo de voz, preguntó: —¿Y ahora qué?
—Ahora te arrodillas. Frente al escritorio. Las manos detrás de la espalda. Los codos juntos. Y agáchate hasta que tu nariz toque el borde del mueble.
Sofía hizo lo que le ordenaban. El frío del marco de madera entró en contacto con su nariz. Su culo, apretado por los muslos tensos, se alzaba en el aire, marcando una línea recta desde la cintura hasta las rodillas. Renato se levantó. Con paso pausado, dio la vuelta al escritorio hasta quedar frente a ella. Le pasó una mano por el pelo, tirando con suavidad para que levantara la cabeza.
—Veo que te gusta. Que te excitó la idea de estar aquí, arrodillada, sin nada que ocultar. Que te chingó pensar que yo decido cada movimiento.
Sofía sintió un calor que le subió desde el coño hasta la garganta. No respondió. Solo asintió.
Él sonrió. No cruel, sino satisfecho, como quien acaba de encender una fogata y sabe que no se apagará hasta que él lo decida.
—Ponte de pie.
Lo hizo, pero sin mover las manos aún. Renato le ató con una cinta de seda negra los puños tras la espalda, firmemente, sin dolor, pero con firmeza. Luego le quitó el sujetador. Sus pechos rebotaron ligeramente, y Renato los agarró con ambas manos, apretando con fuerza. Aplicó presión en los pezones, ya duros y hinchados, hasta que Sofía soltó un gemido ahogado.
—Tú no hablas hasta que yo te lo digo. Solo respiras. Escuchas. Y esperas.
Le soltó los pechos y bajó la mano, desabrochando su pantalón de chino. Le quitó la ropa interior, con una sola tirada, y le pasó la punta del dedo por la hendidura, ya mojada, con los labios vaginales abiertos y húmedos.
—Qué culo tan chingón tienes, Sofía. Tan apretado. Tan lleno de vida. Pero hoy no tocaré tu coño. Hoy lo que voy a usar es tu boca.
La giró, la empujó suavemente hacia el escritorio y la obligó a inclinarse. Le puso las manos sobre la espalda baja y le separó las nalgas con los pulgares. Su verga ya estaba dura, gruesa, con la cabeza roja y brillante por el presemen. Sin advertencia, sin lubricante, la punta de su verga rozó su ano, presionando con lentitud.
Sofía gritó, pero él le tapó la boca con la palma. —No. Aquí no. Solo jadeas. Respiras hondo. Y lo aceptas.
La punta entró. Luego otro centímetro. Otra respiración. Hasta que todo su grosor se hundió en su cuerpo, hasta el fondo, hasta que sintió su testículos pegados a sus nalgas, sudorosos y calientes.
Renato empezó a moverse. Con golpes cortos y profundos, cada uno arrancándole un sonido ahogado, cada uno hundiendo más su verga en su cuerpo, estirando sus músculos, haciendo temblar sus piernas. Le sujetaba las caderas con fuerza, marcándole marcas rojas en la piel blanca.
—Chingarte bien, Sofía… sí, así… agárrame con el culo… no sueltes ni un puto gemido… pero te lo voy a hacer gritar cuando te saque la verga y te meta la polla en la boca.
Cuando sintió que estaba a punto de correrse, la sacó con un movimiento brusco, se volvió y la empujó contra su pecho. Le levantó la cabeza con una mano y le metió la verga en la boca. Ella la aceptó con los ojos cerrados, con los labios separados, con la lengua plano contra el glande.
Renato corrióse con fuerza, llenándole la boca de leche espesa, con un gruñido ronco que le salió del fondo de la garganta.
—Bébela. Todo. Porque eso es lo que tú quieres, ¿verdad?
Sofía asintió, con la lengua moviéndose para no perder ni una gota. —Sí, jefe —murmuró, y por primera vez, sonrió.
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