El Juego del Hilo Rojo
Yo no buscaba esto. En serio. Había ido a la cena de cumpleaños de una amiga de la universidad, esa donde te encuentras con excompañeros que ya no sabes ni cómo se llamaban hace diez años —pero que, milagrosamente, seguían vivos— y, claro, entre el vino barato y las empanadas rellenas de chorizo que traía la cuñada, empezó la charla de “¿y cuál es su mayor fantasía?”.
Yo, con esa dosis de vino que ya me estaba haciendo sentir valiente pero no tonta, dije algo que ni yo misma entendí hasta después: —Pues que alguien me atara las muñecas con un hilo rojo… y me hiciera preguntas que no me atrevo a responder ni en mis sueños más vergonzosos.
La mesa se calló medio segundo. Luego, risas. Alguien dijo: “¡Ah, pa’ que te cases con el novio nuevo!”. Pero un tipo que estaba al fondo, con camisa de cuadros negros y blancos, los botones desabotonados hasta donde conviene, me miró como si yo le hubiera abierto una puerta que él andaba buscando desde hace rato.
Se llamaba Mateo. Arquitecto. 37 años. Paisa, como yo. Ojos claros, voz grave pero suave, y una sonrisa que no era de broma. Me preguntó si creía en la magia del azar. Le dije que creía más en el vino malo que en el azar, pero que, por curiosidad, le permitiría intentarlo.
Y así fue como, dos semanas después, estaba subiendo las escaleras de su casa en el barrio La Floresta, con un pañuelo rojo en la bolsa —por si me animaba a usarlo como regalo, no como herramienta—, y una mezcla de miedo y expectación que me hacía sentir los pies helados y la entrepierna humedecida.
Mateo abrió con una sonrisa tranquila, como si ya hubiera planeado esto en su cabeza cien veces. —Venís —dijo, sin preguntar.
—Sí —respondí, y sentí cómo me temblaba la voz.
No me pidió que me quitara el suéter, ni que me sentara. Me tomó de la mano, me llevó al fondo del salón, donde había una silla de madera antigua, con respaldo alto y brazos de cuero. No era lujosa. Era… intencional.
—¿Te sientes segura aquí? —me preguntó, sentándose frente a mí, con las piernas ligeramente separadas, las manos apoyadas sobre los muslos.
—Sí. Pero… ¿y si no?
—Entonces paramos. Siempre. No hay “más allá” en esto. No si tú no lo dices.
Me gustó eso. No era la típica charla de “confía en mí” que escucho en las citas. Él quería certeza, no obediencia ciega.
Me levanté, me acerqué a la silla, y me senté. Las manos sobre los brazos, como le había dicho. Mateo se puso de pie, caminó hasta una repisa al lado de la ventana, y tomó un ovillo de hilo rojo. No era grueso. Ni cordel de zapatos, ni cuerda de barco. Era suave. De seda tejida, con un brillo apenas perceptible bajo la luz del atardecer.
—Es de los que usan en las ferias de la Vega —dijo—. Mi abuela me lo dio. Dice que es para proteger de las malas energías. Yo lo uso para atar lo que importa.
Se arrodilló frente a mí. No con sumisión, no con dominación. Con intención.
—Voy a empezar por lo fácil —dijo—. ¿Te gusta que te toquen así?
Me tomó una mano, levantó el dedo índice, y con la punta de la uña dibujó círculos lentos en mi palma. No apretó. No presionó. Solo… sintió.
—Sí —susurré.
—¿Y si te lo pido?
—Sí.
—¿Y si no me lo pido?
Me miró fijo.
—Entonces… no.
—Entonces no lo haré.
Bajó mi mano y la colocó sobre su muslo. Sentí el calor de su piel a través de la tela del pantalón. Luego, con cuidado, tomó mi otra mano y la pasó por encima de su muslo, despacio, como si estuviera acostumbrado a que me la tuviera que pedir.
—¿Te gusta sentirme?
—Sí.
—¿Querés que te lo muestre?
Me miró, y yo asentí.
Se levantó un poco, desabrochó el cierre de su pantalón, y sacó su pito. No era grande, pero estaba bien formado, con la cabeza rosada y un ligero vello en la base. Me lo acercó, pero no me tocó. Solo lo sostuvo frente a mí, como una oferta.
—¿Te gusta cómo se ve?
—Sí.
—¿Querés tocarlo?
—Sí.
Pero no lo hice de inmediato. Lo miré. Lo observé. Como si fuera una escultura que acababa de descubrir. Luego, con la punta de los dedos, lo toqué. Su piel era cálida, suave. Y se estremeció.
—¡Ah, mierda…! —exhaló, cerrando los ojos.
—¿Te gusta? —pregunté, con una sonrisa pícara.
—Sí. Pero no es lo que quiero que hagas ahora.
Se puso de pie, me tomó del brazo, y me levantó con suavidad. Me acercó a la pared, detrás de la silla. Me puso las manos a cada lado de la cabeza. Me miró.
—¿Querés que te aten las manos?
—Sí.
—¿Y si te digo que no las vas a poder usar hasta que yo te lo diga?
—Sí.
—¿Y si te digo que tenés que pedírmelo?
—Sí.
Me sonrió, y por primera vez, vi esa chispa que me había atraído desde el principio. No era un hombre que mandaba. Era un hombre que esperaba.
Tomó el hilo rojo, lo pasó por debajo de mis muñecas, y empezó a atar. No fue rápido. No fue brusco. Fue deliberado. Cada nudo, una promesa.
—¿Te siento apretado? —me preguntó.
—Sí.
—¿Y si te digo que eso es solo el principio?
Me dio la espalda, caminó hasta la ventana, y se quedó ahí, con la luz del sol poniente marcando sus hombros, su espalda, el contorno de sus glúteos bajo el pantalón.
—Vas a tener que hacer algo por mí.
—¿Qué?
—Decírmelo. En voz alta. Lo que querés que haga.
Me mordí el labio. No por miedo. Por miedo a que no fuera suficiente.
—Quiero que me mames.
—¿Querés que te lo repita?
—Sí.
—Quiero que me mames.
—¿Y si te digo que no te lo voy a hacer si no me pides que te lo haga de la manera correcta?
—¿Cómo?
—Kneel.
Me quedé quieta. No por vergüenza. Por la idea de hacerlo. De arrodillarme frente a un hombre que me tenía atadas con un hilo rojo, con las manos inmóviles, con el corazón latiéndome en los oídos.
Me arrodillé.
—Ahora, decírmelo como si fuera un ruego.
—Por favor, Mateo… Quiero que me mames.
—¿Cómo?
—Con la boca. Con tu lengua. Con tu pito.
—¿Y si te digo que me lo tienes que pedir como si fuera lo único que querés en el mundo?
—Por favor… Te lo ruego… Mámame.
Él se dio vuelta. Me miró con los ojos oscuros, la respiración pesada. Caminó hacia mí, lentamente. Se detuvo frente a mi cara.
—Levanta la cabeza.
Lo hice.
—¿Ves esto? —me preguntó, tomándome del mentón—. Esto es mío ahora. Tu boca. Tu voz. Tu cuerpo. Mientras estés aquí, con este hilo, eres mía.
—Sí —susurré.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y si te pido algo que no querés hacer?
—Entonces me lo pedís de otra manera.
—¿Y si no lo hacés bien?
—Entonces me lo corregís.
—¿Y si te hago sentir algo que no querés sentir?
—Entonces me lo decís. Y paramos.
—Bien.
Me tomó del pelo, suavemente, y me guio hacia su entrepierna. Me acercó su pito a los labios.
—Abrí.
Lo hice.
Se introdujo poco a poco. No con fuerza. Con paciencia. Sentí su calor, su textura, el peso de su cuerpo sobre mí. Me miraba fijo, sin dejar de sostenerme con una mano, como si temiera que me fuera.
—¿Te gusta?
—Sí.
—¿Querés más?
—Sí.
Me tomó la cabeza y empezó a moverse. No rápido. No lento. Con un ritmo que solo él conocía. Yo lo dejé. Dejé que me llevara. Dejé que su pito me hiciera sentir que era suya.
Y cuando empezó a acelerar, cuando sentí que se ponía más duro, más grande, cuando su respiración se volvió entrecortada, me soltó el pelo, me tomó de las manos —las que estaban atadas—, y me dijo:
—Decime que sos mía.
—Soy tuya.
—Decime que lo querés así.
—Lo quiero así.
—Decime que me lo voy a comer cuando te pongas dura.
—Me lo vas a comer.
—Ahora sí.
Y me lo metió hasta el fondo, y se quedó quieto, jadeando, con los ojos cerrados.
—¡Joder…! —exhaló.
Me miró.
—¿Te acordás del hilo?
—Sí.
—Entonces… ¡agarralo!
Y yo, con las manos atadas, con el cuerpo temblando, con la boca seca y el corazón por las nubes, tiré del hilo con todas mis fuerzas.
Mateo se arrodilló frente a mí, me desató las manos con una velocidad que no esperaba, y me tomó la cara entre sus manos.
—Sos más valiente de lo que pensaba —dijo.
—Y vos más lindo de lo que imaginaba.
—¿Querés que te desatemos?
—Sí. Pero… ¿me dejás seguir?
—Claro.
—Quiero que me mames otra vez. Pero esta vez… que yo te controle.
Me sonrió.
—Vos mandás.
—No. Nosotros mandamos juntos.
Y así fue como, con el hilo rojo en la mano y el corazón encendido, me puse de pie, lo tomé del pelo, y le dije:
—Abre la boca, rico.
Y él lo hizo.
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