El Juego del Espejo

El Juego del Espejo

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

La lluvia de verano golpeaba suavemente contra los ventanales del loft de los Ríos, un espacio amplio y minimalista en el corazón de Ciudad de México, donde el concreto y el vidrio parecían abrazar la ciudad en silencio. dentro, el aire olía a café recién hecho, a madera de cedro y al ligero perfume de jazmín que Elena siempre usaba antes de salir. Estaba sentada frente al piano de cola, los dedos flotando sobre las teclas sin tocarlas, como si estuviera escuchando un eco que solo ella percibía.

Diego entró poco después, con la camisa desabotonada hasta el pecho y el cabello ligeramente despeinado por el viento que había traído la tormenta. Le sonrió, y en esa sonrisa había algo más que complicidad: una promesa no dicha, una línea trazada en el aire entre los dos, invisible para cualquiera que no supiera cómo leerla.

—Llegaste antes —dijo él, acercándose.

—El reloj no miente —respondió ella, sin levantar la vista—, pero tú sí lo haces.

Diego se detuvo a su lado, una mano en el respaldo del banco del piano. En la pared del fondo, un gran espejo rectangular reflejaba su imagen: dos siluetas entrelazadas por la luz tenue del atardecer que aún se aferraba al horizonte.

—¿Y si no fuera yo? —preguntó él, bajando la voz.

Elena giró la cabeza, y por un instante, sus ojos se encontraron con los del espejo —no con los de Diego, sino con los de su propio reflejo, distorsionados por el ángulo y el juego de luces—. En ese instante, todo cambió.

—¿Y si fuera otra persona? —replicó ella, esta vez con una sonrisa que empezaba en la curva de los labios y terminaba en el modo en que su cuello se inclinaba hacia atrás, revelando la línea suave de su clavícula.

Diego no respondió de inmediato. Se sentó a su lado, el piano entre ellos como una barrera o un puente, según se mirara. Con el dorso de los dedos, trazó una línea lenta sobre el borde del teclado, desde el do agudo hasta el sol grave. Elena lo observaba, no con expectativa, sino con una atención profunda, como quien aprende un idioma nuevo.

—Anoche —empezó él, con la voz más baja, más cálida—, cuando salimos del restaurante, y tú te detuviste a mirar las luces de la ciudad desde el balcón…Yo no te seguí. Me quedé a unos pasos, viendo cómo el viento jugaba con tu cabello. Y en ese momento supe que no quería ser solo el que te sigue. Quería ser el que te mira desde dentro.

Elena lo miró de reojo. No era una mirada de desafío, sino de reconocimiento. Como si, por fin, hubiera escuchado la nota exacta que estaba buscando.

—¿Y si hoy no fuéramos nosotros? —preguntó.

Diego exhaló, una risa breve, casi un suspiro. —Entonces… ¿quién seríamos?

Ella se puso de pie. Fue un movimiento fluido, sin prisa, como si cada gesto estuviera ensayado desde siempre. Caminó hacia el espejo, y se detuvo a un metro, sin tocarse el rostro, sin arreglarse el cabello. Solo observó su propia imagen en el cristal, y luego la de Diego, que la seguía con la mirada.

—¿Y si fuéramos ellos? —dijo, sin volver la cabeza.

Diego la siguió hasta el espejo, y esta vez sí rozó su cintura con la punta de los dedos, apenas un roce, un eco de lo que vendría.

—¿Los que esperan? —preguntó.

—Los que se atreven.

Entonces Elena giró lentamente, y por primera vez, sus ojos se encontraron directamente con los de Diego en el espejo, no con los reflejos rotos, no con las sombras que jugaban entre los dos. Se miraron tal como eran: adultos, conscientes, libres. Y en ese instante, la tensión se volvió material, tangible, como el aire antes de una tormenta que ya no se contiene.

Diego acercó su mano, esta vez con intención, y rozó el hombro de Elena, dejándola allí unos segundos, hasta que ella misma inclinó la cabeza, ofreciendo su cuello como una oferta silenciosa. Él lo sintió: el latido, rápido pero estable, como un tambor que no teme al tiempo.

—¿Y si no jugáramos? —susurró.

—Entonces no habría juego —respondió ella, con una sonrisa que ya no era una sonrisa de reto, sino de entrega anticipada—. Pero hoy… hoy jugamos.

La luz del atardecer se deslizó por el espejo, dividiéndolos en mitades, en fragmentos, en posibilidades. Elena puso una mano sobre el cristal, y Diego la imitó, con su propia palma, sobre la suya, separados por el vidrio pero unidos por la presión, por el calor que el cuerpo de cada uno dejaba en su reflejo.

—¿Recuerdas la primera vez que vinimos aquí? —preguntó él.

—Sí —dijo ella—. Ese día, no nos atrevimos a vernos en el espejo.

—Hoy lo hacemos.

No hubo más palabras. Solo el roce de sus manos entrelazadas contra el cristal, el leve movimiento de sus cuerpos hacia adelante, hasta que sus frentes casi se tocaron en el reflejo, como si el espejo fuera un umbral, y ambos estuvieran decididos a cruzarlo juntos.

Diego inclinó la cabeza, y esta vez no fue una pregunta lo que dijo, sino una afirmación:

—Tú sabes quién soy.

—Y tú sabes quién soy —respondió ella—. Pero hoy… hoy elegimos quién queremos ser.

El espejo no juzgaba. Solo mostraba lo que estaba sucediendo: dos cuerpos, dos almas, dos decisiones. La lluvia seguía cayendo, suave, como si la ciudad les diera su bendición silenciosa. Y entre el sonido del agua y el silencio que los rodeaba, algo empezó a moverse: no un acto, no un desenlace, sino un intercambio. Algo más profundo que el deseo, más antiguo que la tentación: la confianza de saber que, al mirarse en el espejo, no solo se veían a sí mismos, sino al otro también.

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