El Juego del Doble Viento

El Juego del Doble Viento

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La casa de mármol y vidrio alzaba su silueta sobre el cerro de San Pedro, con vistas al valle y al río que serpenteaba como una cinta plateada bajo el sol del atardecer. En el jardín, entre palmeras y glicinas, el viento jugaba con los cabellos de Valeria y con la seda negra que envolvía su cuerpo. A su lado, Mateo la observaba con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar la tensión que le clavaba en las costillas. No era miedo. Era anticipación.

—¿Estás listo? —preguntó ella, sin voltear. La voz le salía baja, firme, como una promesa que aún no se había cumplido.

Mateo asintió. Su mano derecha, aún tibia por el sol, se posó sobre la cintura de Valeria. Por debajo de la seda, notó el latido de su piel, acelerado pero controlado.

—Sí —respondió. —Estoy aquí. Contigo. Para esto.

La puerta delantera se abrió con un suave crujido de bisagras y entró Lucas. Llevaba una camiseta blanca ajustada, el pelo castaño peinado hacia atrás, los ojos oscuros y fijos en Valeria. No la miró como un extraño, ni como un amigo. La miró como un hombre que ya había estado dentro de ella, que recordaba el sabor de su cuello, el calor de su interior, el modo en que sus dedos se cerraban en el aire cuando se dejaba llevar.

—Llegué justo a tiempo —dijo Lucas, cerrando la puerta tras de sí.

Valeria dio un paso hacia adelante, hasta estar frente a él. Sin hablar, levantó la mano y desató el nudo de la seda. La tela se deslizó por sus hombros, cayendo en el suelo como una sombra de luz. Debajo, llevaba un corsé de encaje rojo oscuro, que apretaba su cintura hasta hacerla parecer frágil, mientras los senos, redondos y firmes, se alzaban como frutos maduros bajo la tela fina.

Lucas no esperó a que ella lo invitara. Se acercó, le colocó las manos en las caderas, y bajó la cabeza hasta morderle el lóbulo de la oreja. Valeria exhaló un suspiro largo, húmedo, que se perdió en el aire.

—Me dijiste que hoy no usaríamos condón —murmuró él, alzando la vista.

—Sí. Pero solo si tú lo haces conmigo. Sin prisa. Sin pruebas. Solo conmigo.

—Entonces no me digas que esperas algo distinto —dijo Lucas, y tiró suavemente del corsé, desabrochando los ganchos con los dedos.

Los pechos de Valeria saltaron al aire, firmes, morenos por el sol. Lucas los sostuvo con ambas manos, inclinándose para lamer el pezón derecho, que se endureció al instante. Ella arqueó la espalda, empujando su pecho hacia su boca.

—Sí —susurró. —Así.

Mateo, que hasta entonces había permanecido quieto, observando, dio un paso al frente. Se desabrochó la camisa, dejando al descubierto el pecho ancho, el vello oscuro que se extendía hacia abajo, hacia el bulto que ya empezaba a marcar sus pantalones.

—¿Quieres que te toque mientras él te chupa? —preguntó, con voz grave, sin ocultar el deseo que le temblaba en las palabras.

Valeria asintió, aún con los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia Lucas, que ahora pasaba de un pecho al otro, mordisqueando, chupando, lamiendo con lentitud extenuante.

—Sí —murmuró. —Pero primero que él me meta la lengua.

Lucas se levantó con lentitud, sonriendo. Le quitó el corsé por completo y lo tiró al suelo. Luego, agarró su cintura y la volteó hacia la puerta del jardín, donde había una banca de mármol, templada por el sol. La sentó con suavidad y se arrodilló entre sus piernas.

No dudó. Le abrió los pantalones de seda que aún le cubrían la cintura y bajó la ropa interior hasta las rodillas. Entre sus muslos, el vello era claro, curvado, y el monte de Venus se alzaba húmedo, ya.

—Mierda —murmuró Lucas, y metió la cara entre sus piernas.

Su lengua entró de golpe, larga y firme, rozando el clítoris, rozando los labios, rozando el orificio húmedo y caliente. Valeria gritó, una vez, corto, como un latido desbocado. Mateo, que ya se había desabrochado el cinturón, observaba con los ojos entrecerrados, la respiración pesada.

—Ven acá —dijo Lucas, sin apartar la lengua, pero alzando la vista. —Toca sus pechos. Mientras le chupo la vagina.

Mateo se acercó. Puso una mano sobre el seno derecho de Valeria, mientras la otra bajaba por su estómago, hasta rozar el vello del pubis. Lucas la tenía abierta con ambas manos, y su lengua ya no era suave: era intensa, rítmica, con golpes cortos y profundos, como si la estuviera follando con el rostro.

Valeria se retorcía, los dedos de las manos aferrados al mármol, los pies descalzos apretados contra el suelo.

—Sí —gritó. —Sí, Lucas, sí —y se corrió con un gemido agudo, que se perdió en el viento.

Lucas no se detuvo.Siguió chupándola mientras su cuerpo aún temblaba, hasta que ella se lo pidió con la voz rota:

—Ya… ya quiero sentirte dentro.

Se levantó entonces, y se quitó la camiseta. Su cuerpo era atlético, marcado, con cicatrices antiguas en el pecho y el vientre ligeramente hundido. Se desabrochó el pantalón y sacó su polla: gruesa, larga, ya dura como una barra de acero.

—Vamos a meterla de una vez —dijo, acercándose a Valeria. —¿Te parece bien, Mateo? ¿Te parece bien que la folle yo primero?

—Sí —respondió Mateo, sin titubear. —Sí. Pero cuando termine, le voy a comer el culo.

Lucas sonrió, y empujó la punta de su polla contra la entrada de Valeria. Ella respiró hondo, abrió las piernas más, y Lucas la empujó con un solo movimiento.

—Mierda —resopló. —Estás tan apretada…

—Sí —gimió Valeria, con los ojos cerrados. —Más.

Lucas la folleó con fuerza, una y otra vez, metiendo y sacando su polla con golpes largos, que la hacían rebotar contra la banca. Ella se aferraba a sus hombros, le mordía el cuello, le susurraba palabras sucias al oído.

—Sí, así… más fuerte… me gusta que me folles como si no hubiera nadie más…

Mateo, entonces, se acercó. Se puso detrás de Lucas y le puso las manos en la cintura. No lo interrumpió. Solo lo observó, lo sintió moverse, y esperó.

Cuando Lucas sintió que se acercaba al borde, se sacó y dio un paso atrás. Valeria abrió los ojos, confundida.

—¿Ya? —preguntó.

—No —dijo Lucas. —Ahora le toca a él.

Se volvió hacia Mateo, que ya estaba desnudo, con su polla colgando, más gruesa que la de Lucas, más larga, con la cabeza oscura y húmeda.

—Tú —dijo Lucas, señalando a Valeria. —Está lista para el fondo.

Mateo asintió. Se acercó, le puso las manos en los muslos y le abrió más las piernas. Le besó el ombligo, luego el estómago, y luego, lentamente, se inclinó y metió la lengua dentro de su vagina.

Valeria gritó, otra vez.

—Sí —murmuró. —Sí, Mateo…

Él la folleó con la lengua, con golpes suaves y profundos, mientras Lucas le frotaba el clítoris con el pulgar. Valeria se corrió otra vez, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, los dientes apretados.

—Ya —dijo Lucas. —Ya.

Mateo se levantó, se puso detrás de Valeria, le apartó las nalgas con las manos y le metió la punta de la polla en el ano.

—No te preocupes —dijo Lucas. —Ella ya lo ha probado.

Valeria asintió, sin abrir los ojos.

—Sí —gimió. —Sí.

Mateo empujó. La punta entró, lenta, tensando el anillo. Valeria jadeó, pero no se movió. Mateo esperó, sin apurar. Cuando sintió que el cuerpo de ella se relajó, empujó más.

La polla entró de golpe.

—Mierda —resopló Mateo. —Estás tan apretada…

—Sí —gimió Valeria. —

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