El Juego del Café y la Lluvia
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La lluvia golpeaba con insistencia contra las ventanas del Café de la Esquina, ese lugar donde los domingos por la tarde se juntaban los que no tenían nada mejor que hacer —o los que, como Renata, buscaban una excusa perfecta para encontrarse con alguien que sabía mirar de modo distinto. Ella llevaba el pelo recogido en un nudo desordenado, una blusa blanca casi transparente por la humedad, y los ojos que brillaban como el café recién colado: oscuros, intensos, con ese brillo que solo da el placer anticipado.
Luis llegó treinta y cinco minutos tarde, con el impermeable empapado y una sonrisa que prometía más de lo que decía. No se disculpó. Solo se quitó la camisa sin quitarle el botón del cuello, dejando entrever el vello del pecho, y se sentó frente a ella, como si ya hubieran planeado este encuentro desde hacía semanas —o desde siempre.
—¿Me esperaste toda la tarde o viniste solo para que me mojara? —preguntó Renata, sacando la taza de su mano y volviéndola a poner, con lentitud, frente a él.
—Ambas cosas —respondió él, sin mirarla a los ojos. En cambio, bajó la vista a sus dedos, que jugueteaban con la taza. —Me imaginé cómo estarías aquí, con la humedad pegándote a la piel y ese dedo índice rozando el borde de la taza, como si estuvieras conteniendo algo.
Renata sonrió, esa sonrisa pequeña que solo usa cuando sabe que alguien la está viendo de verdad. Tomó su propia taza y bebió un sorbo, sin apartar la mirada de él. El café estaba amargo, casi agrio, como el momento justo antes de que el trueno suene.
—¿Te gustan los juegos de espera? —preguntó ella, ahora más cerca de lo que estaba antes. Su rodilla rozó la de él bajo la mesa, sin intención aparente, pero con una firmeza que no dejaba dudas.
—Solo si sé que al final me dan algo que vale la pena —respondió él, y por primera vez la miró directo a la boca. —Por ejemplo… el café que me acabas de ofrecer.
—Este no es un café cualquiera —dijo Renata, y apretó ligeramente la pierna contra la suya, como para subrayar las palabras. —Es el último de la tanda. El que se guardó para el cliente que merezca el sabor más fuerte.
Luis soltó una risa baja, de esas que salen del vientre y que solo se usan cuando alguien tiene toda la razón. Con el dedo índice, trazó un círculo en la mesa, justo donde su mano había estado. Luego, lo movió lentamente hacia arriba, como si dibujara la curva de una cadera.
—¿Y si me equivoco? ¿Y si solo me das un sorbo y me dejas con sed?
—Entonces —dijo Renata, inclinándose hasta casi tocar su oreja—, tendrás que pedir otra ronda… o cogerte el resto con la lengua.
Él no respondió con palabras. Solo cerró los dedos alrededor de su muñeca, con suavidad, pero con la seguridad de quien ya sabe que va a ganar. Sus ojos bajaron hasta su cuello, donde la humedad había dejado un rastro de sal y café, y su pulgar pasó por encima de su pulso, lento, como si estuviera contando los latidos que le habían robado.
Fuera, la lluvia había bajado. Solo quedaba el goterón tenaz, el olor a tierra mojada y el silencio de alguien que ya no está esperando, sino que está listo para lo que venga después.
—Dime —susurró Renata, con la voz como miel espesa—, ¿cuánto tiempo llevas imaginando este momento?
—Solo desde que entraste con esas nalgas anchas y esa mirada que dice que ya sabes lo que quieres… y también lo que le vas a dar. —Luis levantó la taza vacía, la puso frente a ella, y la empujó un poco hacia su lado. —Y ahora… ¿me das el último sorbo? O mejor aún… ¿me lo dejas beber de tu boca?
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