El juego de las medias
La casa de la playa tenía ese aire de abandono que solo adquieren los lugares después de un verano prolongado. Las persianas de madera estaban medio cerradas, la arena se colaba por las rendijas del piso de mosaico, y un olor a sal seca y cojines húmedos flotaba en el aire. A media tarde, cuando el sol ya no apuñalaba, pero aún calentaba la piel como una caricia insistente, Diego entró por la puerta principal con dos bolsas de compras colgando de una mano y una sonrisa torcida en el rostro.
—¿Y esta cara? —preguntó Sofía desde el sillón, sin levantar la vista del libro que apenas fingía leer.
—Traje vino —dijo él, dejando las bolsas sobre la encimera de la cocina—. Y unas medias.
Sofía alzó una ceja. No por el vino, que era previsible, sino por las medias. Diego no era hombre de detalles inesperados. Siempre había sido más del tipo que olvida los aniversarios pero recuerda cómo te gusta el café. Hasta ahora.
—¿Medias? ¿En serio?
—Sí —respondió él, sacando un par de medias largas de seda negra del fondo de la bolsa—. No me mires así. Fueron idea de la vendedora. Dijo que combinan con todo.
—¿Y tú, claro, la creíste?
—No. Pero me gustó cómo lo dijo. Con voz de complicidad. Como si me estuviera entregando un arma.
Sofía soltó una risa corta, apenas un jadeo. Dejó el libro sobre la mesita y se levantó, caminando descalza hacia la cocina. Llevaba un vestido ligero de algodón, sin nada debajo. Diego lo sabía. Lo había notado cuando ella se sentó, y el borde de la tela se subió un poco más de lo necesario. No dijo nada. Pero ahora, al verla acercarse con ese andar suyo, lento, como si cada paso fuera una apuesta, sintió que el aire cambiaba.
—¿Y para quién son las medias? —preguntó ella, rozando con la punta del dedo el elástico de seda.
—Para ti —dijo él, bajando la voz apenas un semitono, pero lo suficiente para que ella lo notara.
—¿Y por qué querría yo unas medias ahora, en la playa, con este calor?
—Porque no es por el frío —respondió Diego, acercándose—. Es por el juego.
Ella no preguntó de qué juego hablaba. No hizo falta. En los años que llevaban juntos, habían desarrollado un lenguaje de miradas, de silencios prolongados, de toques que no llegaban a completarse. Este era uno de esos momentos. El aire se volvió más denso. Sofía tomó la media entre sus dedos, la deslizó lentamente por su antebrazo, como si la estuviera probando. Diego no se movió. Sabía que, si avanzaba, todo sería distinto. Y si se quedaba quieto, también.
—¿Y cómo es el juego? —preguntó ella, bajando la voz.
—Simple —dijo él—. Te pones las medias. Yo te sirvo vino. Y mientras tanto, no puedes tocar nada con las manos.
—¿Nada?
—Nada. Ni la copa, ni la mesa, ni a mí.
—¿Y si quiero beber?
—Con la boca —dijo Diego, sonriendo por primera vez desde que entró—. Como los gatos.
Sofía soltó una risa que se quebró a mitad de camino. No era una risa de burla, sino de anticipación. De emoción contenida. Dio un paso atrás, se sentó en el borde de la mesa, y comenzó a deslizar la media por su pierna derecha. Lenta, muy lenta. La seda se pegaba a su piel como si tuviera memoria. Diego no desvió la mirada. No cuando el tobillo se tensó, ni cuando el muslo se arqueó para facilitar el paso de la tela. No cuando ella repitió el gesto con la otra pierna, esta vez sin prisa, como si cada centímetro fuera una promesa.
—Listo —dijo al final, cruzando las piernas con una naturalidad que no lograba ocultar la tensión en sus hombros.
Diego abrió la botella de vino con cuidado. El corcho salió con un sonido seco, casi íntimo. Sirvió dos copas, pero no le entregó la suya. En cambio, la dejó sobre la mesa, a medio camino entre ambos.
—Tu turno —dijo.
Sofía lo miró. Luego, a la copa. Luego, a él. Sin usar las manos, se acercó, se arrodilló frente a la mesa y tomó el pie de la copa entre los dientes. Lo levantó con cuidado, con una mezcla de gracia y riesgo. Un poco de vino se derramó sobre la madera. Ella no se inmutó. Llevó la copa a su boca, bebió despacio. El líquido resbaló por su labio inferior, bajó por su barbilla, se perdió en el escote.
—¿Y ahora? —preguntó, sin soltar la copa.
—Ahora —dijo Diego—, no puedes usar las manos para quitarte las medias.
Ella lo miró, esta vez con los ojos más oscuros. Dejó la copa sobre la mesa con un clic suave, y se puso de pie. Se acercó a él, despacio, sin prisa, hasta que su respiración le rozó el cuello.
—Entonces —susurró—, tendrás que ayudarme.
Pero no fue así. Diego no la tocó. En cambio, se alejó un paso, cruzó los brazos.
—El juego es el juego —dijo—. Tú te las pones. Tú te las quitas. Sin manos.
Sofía lo miró con una mezcla de desafío y deseo. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared. Llevó una pierna hacia arriba, estiró el pie, y con los dientes tomó el elástico de la media. Lo bajó poco a poco, centímetro a centímetro. La seda resistía, se aferraba a su piel. Cada movimiento era un acto de concentración, de teatro íntimo. Diego no se movió. Observó. El aire se volvió espeso, caliente. Cuando ella terminó con la primera, repitió el gesto con la otra, esta vez más lento, como si saboreara el momento.
—¿Y ahora? —preguntó de nuevo, con la voz más ronca.
—Ahora —dijo Diego, acercándose—, el juego termina.
Pero no terminó. Porque cuando él se arrodilló frente a ella, cuando sus manos por fin tocaron su piel, cuando sus labios rozaron el muslo donde la seda había estado, Sofía supo que el verdadero juego apenas comenzaba. Y que, tal vez, nunca terminaría.
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