El Juego de las Llaves
6 minEl Juego de las Llaves
Ayer fue el primer viernes que no cerré la puerta con doble giro. No porque me olvidara, sino porque la llave de plata ya no estaba en mi mano derecha, sino en la de Lucas, que la sostuvo entre los dedos con una sonrisa de those que saben que el mundo se va a tambalear.
Elena y yo llevamos siete años casados. Nos conocimos en una feria de libros usados, donde ella me robó una copia de *Lolita* con un «si no lo lees, no sabrás qué es el verdadero peligro». Yo le devolví el favor con *Fifty Shades*, y nos reímos hasta que nos dolieron las costillas. Eso fue todo: una risa compartida que se fue arraigando, como una planta que se aferra a una pared vieja hasta convertirla en su hogar.
Lucas apareció tres meses atrás, por casualidad o por algo más viejo que la casualidad. Trabajaba en la misma Startup que Elena —un coworker de esos que aparecen en las reuniones mensuales, con camisas ligeramente abiertas y risas que no duran lo suficiente. Nos invitó a cenar una vez, y fue como si el tiempo se hubiera olvidado de dar un paso atrás. Ella lo miró como si lo estuviera descubriendo por primera vez: los ojos oscuros, la boca que parecía hecha para morder labios, las manos grandes que movía con gestos seguros, como si ya supiera dónde caerían.
—¿Y si probamos? —dijo ella esa noche, mientras yo lavaba los platos, la espuma subiéndole hasta el codo—. Solo una vez. Como un experimento. Sin reglas, sin miedos. Solo… ver.
Yo no respondí. Dejé el vaso en el escurridor, me secué las manos y caminé hacia ella. Le pasé los dedos por el brazo, sentí el latido bajo la piel, el pulso acelerado como si me estuviera esperando desde siempre.
—Si lo haces —le dije—, que sea contigo también.
Y así fue.
Lucas nos esperaba en su departamento, un loft en el centro con paredes negras, luces tenues y una cama gigante cubierta con una sábana blanca. Una sábana que, al entrar, nos dimos cuenta de que no era blanca: tenía bordadas en hilo rojo las palabras *¡Abre la puerta!* en letras curvas, como si fuera un mapa de un lugar que ya conocíamos.
—Es una broma —dijo Lucas, con voz grave, los ojos fijos en mí—. O no.
Elena se acercó a la cama, se quitó los zapatos con lentitud, sin apartar la vista de Lucas. Luego, con el mismo ritmo, desabotonó su blusa, dejando al descubierto la curva de sus pechos, sus pezones ya duros bajo la seda del sostén.
—¿Tienes algo para mí? —le preguntó ella.
Lucas sonrió, sacó un llavero del bolsillo y lo dejó sobre la cama. En él, una llave pequeña, de cobre, con el grabado *R.S.*.
—Abre la primera caja —dijo—. La que está en tu cuarto.
Fui yo quien subió las escaleras. Esa llave no era nueva: la había guardado allí, junto a la caja fuerte, hace dos semanas, como un juego que aún no había decidido si jugar. La abrí con un clic seco. Dentro: una correa de cuero negro, un condón de chocolate y una nota escrita a mano por Elena: *Si lo usas, no te arrepientas. Si te arrepientes, no lo uses.*
Bajé con la correa enrollada en la mano. Lucas la tomó, me la pasó por el cuello con una suavidad que me heló la sangre.
—Tú controlas —dijo—. Si dices *basta*, para. Si dices *ahora*, continuamos. Si dices *sí*, todo.
Me miré en el espejo del baño mientras se la ataba detrás de la espalda. Elena se acercó, me acarició la nuca, me besó el cuello con la boca húmeda.
—¿Te gusta sentirte sujeto? —me preguntó, bajando el cierre de mi camisa—. ¿O solo te gusta que lo digan?
Yo no respondí. Solo le tomé la mano y la puse sobre mi pene, ya medio duro al sentir su aliento.
Lucas se quitó la camisa lentamente, mostrando un cuerpo tonificado, con tatuajes pequeños: una serpiente en el antebrazo, una rosa en el pecho izquierdo, una frase en latín en la clavícula que no alcanzamos a leer.
—¿Te importa si uso los dos? —nos preguntó.
Elena soltó una risa corta, como una campanilla rota.
—Si no lo haces bien, te lo haré notar —dijo—. Pero si lo haces como pienso que lo harás… me arrodillo.
Lucas me empujó suavemente contra la cama. Yo caí de espaldas, con las muñecas en la correa, y sintió el aire frío de la habitación en la piel desnuda. Elena se subió a la cama, se sentó sobre mi torso, y bajó su falda, dejando su vulva expuesta: labios oscuros, hinchados, ya mojados. Se inclinó, me besó en la boca, y yo sentí su lengua, su sabor, su sal y su café.
Lucas se puso detrás de ella, le separó los labios con los dedos, y se introdujo su lengua en la vulva, lamiendo con una lentitud que era una promesa. Ella gimió, arqueó la espalda, y yo sentí cómo su cuerpo se estremecía.
—Está listo —dijo Lucas—. Pero quiero que me veas.
Elena se giró, me miró fijamente, y entonces se sentó sobre su rostro, con la vagina hacia arriba, abierta, esperando. Lucas se puso de pie, se desabrochó el pantalón, y sacó su pene: grueso, oscuro, la punta húmeda.
—¿Quieres que lo use en tu boca primero? —me preguntó.
Asentí.
Elena me soltó la correa, me puso una mano en la nuca y me empujó su pene hacia la boca. Lo tomé con ambas manos, lo rodeé con la lengua, sentí su olor a hombre y a sal, su textura áspera en la base, su calor. Lo chupé con fuerza, lentamente, hasta que sentí sus muslos temblar.
—Ya no aguanto —dijo.
Se levantó, se puso encima de mí, y se bajó el pantalón de Lucas, que ya se había quitado el suyo. Ella se sentó sobre mí, con su vulva frente a mi pene, y bajó lentamente, hasta que lo sintió entrar.
—Mierda —susurró—. Estás tan duro…
Lucas se puso detrás de ella, le sujetó las caderas, y empezó a empujarla sobre mí, con fuerza, con ritmo, con una precisión que era arte. Yo le sujeté los pechos, los apreté, los lamí, y ella se reclinó contra él, gritando mi nombre, luego el de él, luego los dos a la vez.
Lucas se inclinó, me mordió la oreja, me susurró al oído:
—Quiero que la corras dentro de ti.
—Sí —dijo ella, sin dudar—. Con su semilla.
Y yo, con la correa aún en las muñecas, con su cuerpo ardiendo sobre mí, con el olor a sexo en el aire, con la risa de Elena subiendo como el agua, le dije:
—Sí.
Él se puso de pie, se acercó a la caja de condones, sacó uno de chocolate, lo abrió con los dientes, y se lo puso. Entonces, con una mano en la cadera de Elena y la otra en su pelo, la empujó contra mí, una y otra vez, hasta que ella gritó, su cuerpo se estremeció, y él se corrió dentro de ella, con un gemido gutural, profundo, como si estuviera devolviendo algo que le habían robado.
Elena bajó despacio, con su vulva aún pulsando, y se volvió hacia mí. Me desató la correa, me besó la frente, y luego se sentó sobre mí otra vez, esta vez sin nadie más. Me tomó el pene, que ya estaba medio flácido, y me lo lamió como si fuera lo más sagrado del mundo.
—¿Te gustó? —me preguntó.
—Me encantó —dije—. Pero la próxima vez, lo haré yo.
Lucas se rió, se levantó, y se puso los pantalones.
—Entonces —dijo—, ¿cuándo es la próxima?
—Mañana —dije yo—. Y esta vez, no cerraré la puerta.
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