El Juego de la Llave
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La llave de plata, fría contra mi piel, descansaba sobre mi pecho mientras ella me miraba desde el borde de la cama. No era una llave cualquiera: tenía forma de círculo con una hendidura en el centro, como una boca cerrada, y en su espiga, grabadas en relieve, las iniciales M.L. Mi dueña. Mi dueña desde que le entregué esa misma llave, hace tres años, en un sobre de papel manila, sin saber aún que eso sería el comienzo de todo.
—Abrígate —me ordenó, sin levantar la voz. Pero era una orden. No una sugerencia. Y yo lo sabía.
Me puse el chaleco de cuero negro, sin mangas, con correa de cuero en la espalda y agujeros en los pezones. Ella me los había perforado ella misma, con aguja de acero y paciencia de cirujano. Me costó semanas de dolor, de sensibilidad hiperactiva, de erótica incómoda bajo la ropa. Pero valió la pena. Porque ahora, cuando ella me miraba, sus ojos no miraban el cuero: miraban lo que había debajo. Mis pezones, endurecidos por el frío, por la tensión, por el simple hecho de saber que ella estaba allí.
—Date vuelta.
Giré sobre mis talones. Ella se acercó. Sentí el roce de sus dedos en mis hombros, después en mi cuello, y luego, con lentitud deliberada, deslizaron por mi pecho hasta detenerse en la llave. La tomó con dos dedos, la giró una vez, y luego la deslizó hacia abajo, por mi esternón, hacia el borde del cinturón.
—Tú sabes qué significa esto —dijo, con la voz ronca, como arena mojada.
Yo asentí. No con la cabeza. Con el cuerpo entero. Con la respiración entrecortada, con el apretón de los muslos. Yo sabía. Era el ritual. El acto de entrega total. Esa llave abría dos cosas: la caja fuerte en mi escritorio, y el condón que ella me obligaba a usar cada vez que iba a meterme entre sus piernas. Un paréntesis de seguridad, de confianza, de control mutuo. Pero hoy no.
Hoy no usaría condón.
Ella lo sabía. Y yo también.
—Vamos —dijo, y me tomó del brazo, no con fuerza, pero con seguridad absoluta—. Camina. No corras.
El pasillo estaba iluminado solo por una lámpara de pie, con pantalla de seda color vino. Las sombras se alargaban y temblaban con cada paso. Llegamos a la habitación. La cama estaba hecha con sábanas de satén negro. Una almohada doblada sobre la colcha, como una ofrenda.
Me sentó de rodillas frente a ella. Me desabrochó la camisa lentamente, con los dientes, una por una. Me despojó de los pantalones y la ropa interior, y cuando quedé desnudo, me obligó a mantener los ojos en los suyos mientras se quitaba el suéter, luego el sostén, y dejaba al descubierto sus pechos redondos, firmes, con areolas oscuras y pezones hinchados ya por la anticipación.
—Tú me tocas —dijo—. Pero solo si yo te lo permito.
Puse las manos a los lados. Ella se acercó, me agarró de las muñecas y las llevó a sus pechos. Me apretó los dedos contra la carne suave, y cuando sentí el primer impulso de moverlos, me dio un tirón en el cabello.
—No —susurró—. Espera.
Y entonces me besó. Un beso húmedo, profundo, con lengua y sabor a café y a labios de miel. Me mordió el labio inferior, me jaló la cabeza hacia atrás y me miró a los ojos mientras me lamía el cuello, subía hasta la oreja, y mordisqueaba el lóbulo.
—Tú eres mío —dijo—. No para disfrutarme. Para dejarme disfrutar de ti.
Y me empujó hacia atrás sobre la cama. Me abrió las piernas con una rodilla, se subió sobre mí, y bajó su cuerpo, lento, hasta que su vulva, húmeda y caliente, rozó mi pene ya tieso. Me frotó contra ella, sin entrar. Solo rozar. Solo sensación. Me miró fijamente, y yo sentí cómo se me llenaba la cabeza con su olor, con su calor, con el peso de su cuerpo.
—Dime lo que quiero oír —dijo.
—Soy tuyo —susurré.
—Más.
—Soy tu puta. Tu juguete. Tu cosa. Tuyo. Todo tuyo.
Ella sonrió, y bajó su mano entre nosotros. Me tomó del pene con firmeza, lo ajustó contra mi vientre, y con la otra mano separó sus labios. Se inclinó, y se lo metió.
No lentamente. No con cuidado. Con un movimiento brusco, húmedo, definitivo. Se me cargó entero, hasta la base, y me apretó con sus músculos internos como una mano. Yo grité. No de dolor. De entrega. De rendición absoluta.
Ella empezó a subir y bajar, con ritmo lento al principio, cada vez más rápido, cada vez más hondo. Me agarró de los pezones, tiró, y yo me arqueé, soltando un gemido gutural que no reconocí como mío. Me mordió el hombro, me chupó el cuello, me sujetó las muñecas sobre la cabeza y me miró mientras yo me venía dentro de ella, sin protective, sin miedo, solo plenitud.
Cuando terminó, se levantó, y me quitó el pene con un movimiento suave, casi tierno. Me miró, con la respiración agitada, y me dijo:
—Ahora duerme.
Y así lo hice. Con su llave colgando de mi cuello
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