El jardinero y la viuda
La tarde caía tibia sobre la casa de doña Elena, una casona de dos pisos con rejas antiguas y un jardín descuidado que necesitaba manos fuertes. Hacía tres meses que no veía a su marido, muerto de un infarto en el baño de un motel de carretera, y desde entonces el silencio se le había metido en los huesos como una enfermedad lenta. Pero ese día, con el sol dorando las hojas del flamboyán, el timbre sonó con fuerza.
Era Raúl, el nuevo jardinero. Cuarenta y ocho años, camisa ajustada que marcaba bíceps sudados, pantalón de mezclilla gastado que dejaba entrever el bulto firme entre sus piernas. No era un hombre joven, pero sí uno curtido, con manos de tierra y mirada de quien sabe lo que quiere. Elena, de cincuenta y dos, con tetas caídas y caderas anchas de años de partos y tortas, sintió un cosquilleo bajo el ombligo cuando le abrió la puerta con un vestido ligero, sin sostén, los pezones duros bajo la tela.
—Buenas tardes, doña Elena. Vine a arreglar el frente —dijo Raúl, quitándose el sombrero de paja.
—Pasa, Raúl. Y no me digas doña, me hace sentir vieja —respondió ella, sonriendo con los labios pintados de rojo oscuro—. Aquí nadie me llama así desde que mi difunto dejó de llamarme “puta” en la cama.
Raúl soltó una carcajada ronca. Dejó las herramientas en el suelo y se pasó una toalla por el cuello. El sudor le bajaba por el pecho, empapando la camisa. Elena no se hizo rogar. Se acercó, le tomó la muñeca y le dijo al oído:
—¿Te gusta lo que ves? Porque yo llevo rato mirándote el culo.
No hubo más palabras. Raúl la agarró por la cintura, la pegó contra la pared del pasillo y le metió la lengua en la boca con fuerza. Elena gimió, abriendo los labios, chupándole la lengua como si llevara años sin probar carne. Él le subió el vestido de un tirón, le rompió la tanga con los dientes y le separó las nalgas con ambas manos.
—Qué rico tienes el coño, Elena —gruñó—. Peludo, hinchado, mojado como si me hubieras esperado toda la vida.
—Porque sí —jadeó ella—. Desde que vi tu pija ayer por la ventana, supe que quería sentarme encima y comérmela entera.
Raúl se desabrochó el pantalón. Su polla salió dura, gruesa, con venas marcadas y una cabeza color morado que goteaba. Elena se arrodilló ahí mismo, en el piso de mosaico, y se la metió hasta la garganta. Chupó con hambre, con ansiedad, con los ojos en blanco, mientras Raúl le sostenía la cabeza y empujaba profundo.
—Así, carajo, así —murmuraba él—. Chúpamela como si fuera tu último trago.
Cuando sintió que iba a correrse, la apartó con suavidad y la levantó. La cargó hasta el sillón del comedor, le abrió las piernas y le clavó la polla de una estocada. Elena gritó, no de dolor, sino de placer brutal. El pene de Raúl entraba y salía con ritmo pesado, golpeando su clítoris con cada embestida.
—Dame más —gemía ella—. Mátame con esa verga, Raúl. Métela hasta que me duela.
Él no se contuvo. Le agarró un pecho con fuerza, se lo mordió, le chupó el pezón mientras la follaba con furia. El sonido de los cuerpos chocando llenaba la casa. Sudor, saliva, jadeos, el crujido del sillón. Elena se corrió primero, con un espasmo que le subió desde los pies, apretando la polla de Raúl como un puño húmedo.
—No pares, no pares —suplicó.
Él no paró. La giró, la puso de cuatro, le separó las nalgas y volvió a entrar. Esta vez más profundo, más lento, más cruel. Le azotó el culo con las manos, le marcó las nalgas con dedos rojos, y luego, con un gruñido animal, se corrió dentro. Elena sintió el calor de la leche recorriendo su interior, llenándola como hacía años nadie lo hacía.
Raúl se desplomó sobre ella, respirando agitado.
—Mañana vengo a cortar el césped —dijo, riendo.
Elena sonrió, con la cara en el cojín, la polla aún dentro, el semen chorreando por sus muslos.
—Y yo sin ropa. Prometido.
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