El Jardín de los Membrillos

El Jardín de los Membrillos

@el_profesor ·20 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (33) · 179 lecturas · 6 min de lectura

La luz del atardecer se colaba por las persianas de madera del estudio de Federico, dejando rayas doradas sobre el piso de terracota y acariciando los bordes de los libros encuadernados en cuero. Era viernes, y el aire olía a albahaca y a tierra mojada por el riego reciente del jardín trasero, donde los membrillos maduraban lentamente bajo el sol de mayo. Federico —cuarenta y tantos, barba canosa bien recortada, ojos que siempre parecían estar leyendo entre líneas— ajustó la corbata con un gesto pausado. No esperaba a nadie. Pero sí había dejado una copa de tequila reposado sobre la mesa baja, con hielo apenas derretido, y una servilleta doblada al costado, como si hubiera estado esperando.

A las siete y cinco, la campanilla sonó. No la de la puerta principal, sino la de la reja del jardín: un toque breve, dos tímidos, como si no estuviera seguro de pertenecer ahí.

—Pásala —dijo Federico sin levantar la vista del libro que no estaba leyendo.

La puerta de madera chirrió al abrirse, y apareció Leticia. Vestía un vestido de algodón color crema, sencillo pero bien cortado, que le ceñía la cintura y dejaba al descubierto los hombros. El pelo, oscuro y suelto, le acariciaba las espaldas con movimientos lentos, casi conscientes. Llevaba sandalias de cuero y una bolsa de tela en la mano. No usaba perfume, pero Federico notó el olor natural de su piel, a jabón de avena y un poquito a sudor dulce.

—Perdón por la hora —dijo ella, entrando con una sonrisa que no era del todo segura—. El tránsito en la Vía Rapida era una trampa.

—Entraste justo a tiempo —respondió él—. El tequila está a punto de rendirse al hielo.

Ella se acercó, dejó la bolsa sobre una silla, y se detuvo frente a la mesa. No miró la copa. Miró sus ojos.

—¿Y si no quiero tequila?

—Entonces te ofrezco agua con limón. O silencio. O una caminata por el jardín mientras los membrillos empiezan a soltar su perfume.

Leticia soltó una risita baja, casi un suspiro. Se sentó, cruzó las piernas con naturalidad, y se inclinó un poco hacia adelante para coger la copa. Federico no apartó la vista de su cuello, donde una vena palpitaba despacio, al ritmo de una canción que solo ella oía.

—Tengo que confesarte algo —dijo ella, tomando un sorbo pequeño—. Esta no es la primera vez que vengo aquí.

Él asintió, como si ya lo supiera.

—Me viniste a buscar hace dos semanas, cuando subí a la azotea a ver las estrellas. Me habías dejado una botella de mezcal y un papel doblado entre las macetas.

—Y tú lo rompiste sin leerlo.

—Lo leí. Pero no lo guardé. No quería tener pruebas.

—¿Y por qué viniste hoy?

Ella lo miró fijo. No había miedo en su mirada, sino curiosidad, sí, pero también una especie de determinación que Federico conocía bien: la misma que se ve en quien decide abrir una puerta que ya sabe que está entreabierta.

—Porque tú no me miras como a una vecina. Ni como a la esposa de Rafael. Y yo… yo ya no sé si me gusta que lo sepa.

Federico se levantó, lento, y caminó hasta la ventana. La luz del sol se había desdibujado; ahora todo era azul pálido y sombras alargadas. Detrás de la reja, los membrillos colgaban pesados, casi dorados, como si estuvieran listos para caer.

—Rafael no te mira así —dijo él—. Tampoco te toca así.

—No es eso.

—Entonces es que no le das lo que quieres.

Ella se puso de pie, y esta vez no cruzó las piernas. Se plantó frente a él, con las manos a los costados, y levantó el mentón. Federico notó que tenía un lunar pequeño, casi invisible, justo bajo la oreja izquierda.

—¿Y si quiero que me mires así? ¿Y si quiero que me toques así?

Él no respondió de inmediato. En su lugar, tomó la botella de tequila, vertió un poco más en la copa de ella, y se la entregó. Luego, con el pulgar, pasó lentamente por el borde de la copa vacía que él había dejado sobre la mesa.

—Esto no es un juego —dijo—. No con nosotras.

—¿Nosotras?

—Tú y yo. No puedes fingir que no sabes lo que esto es. No puedes decir que no lo sientes.

Ella bebió otro sorbo, y esta vez no apartó los ojos de los suyos. Luego dejó la copa en la mesa, con un golpe seco, y dio un paso hacia adelante. Su pecho casi rozó el de él, y Federico sintió el calor de su piel a través de la tela del vestido. No la tomó. Solo esperó.

—¿Y si quiero que me cuestes? —preguntó ella, voz más baja, más rota.

—Entonces empieza por decirme qué es lo que quieres que te cueste.

—Que me quites esto —dijo ella, y tiró suavemente del hombro del vestido—. Que me lo saques con las manos, como si supieras dónde se deshace. Que me lo bajes despacio, para que el aire se enrede en la tela antes de tocar mi piel.

Federico no movió las manos. Solo asintió.

—Y después —añadió ella, acercando su boca casi a su oreja—, que me lo metas entre los muslos, que me lo aprietes allí donde ya está mojada, que me lo frotas hasta que me tiemble el culo y no sepa si quiero que pare o que siga.

Él exhaló, lento. Y por primera vez, levantó las manos. Las puso a los lados de su cintura, sin apretar. Con los pulgares, dibujó círculos pequeños sobre la tela del vestido, justo donde comenzaba la curva de sus nalgas.

—¿Y si te dijera que no tengo verga de mentira? —preguntó—. Que lo que quiero es metérmela dentro de ti, que es lo que he soñado desde que subiste a la azotea y me miraste sin miedo.

Ella no respondió con palabras. Solo se inclinó, le apoyó la frente en el pecho, y dejó que él le enredara los dedos en el cabello. Con cuidado, le desprendió el resto del vestido, dejándolo caer a sus pies sin soltarla. Ella se quedó allí, con el sostén blanco y la braguita de encaje, la piel más suave de lo que él imaginaba, y los pechos pequeños pero firmes, con pezones que ya se habían endurecido al contacto con el aire y con su mirada.

—¿Estás segura? —preguntó él, voz ronca.

—Si no lo estuviera, no estaría aquí —dijo ella, y le tomó la mano—. Vamos al cuarto.

No corrieron. No necesitaron. Subieron los peldaños de madera uno por uno, con el corazón latiendo fuerte pero sin prisa, como si ya tuvieran toda la noche, como si ya hubieran empezado hace mucho tiempo y solo estuvieran recobrando el aliento para seguir.

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