El Jardín de los Espejos Rotos
7 minEl Jardín de los Espejos Rotos
A los cuarenta y dos años, aún recuerdo el olor a cedro y azahar del invernadero donde todo comenzó: una mañana de junio con el cielo tan claro que parecía haberse olvidado de nublar su alma. Yo era entonces un hombre que había aprendido a vivir con la rutina como un abrigo demasiado grande: cómodo, pero sin calor. Había heredado la casa de mi tío en Chapala —un lugar que, según el notario, había sido construido sobre los cimientos de un antiguo convento franciscano— y, con el paso de los meses, me había acostumbrado a su silencio. Hasta que encontré la llave.
No estaba en la caja de herramientas, ni colgada en el gancho del comedor. La descubrí dentro de un libro de poemas de Neruda, entre las páginas de *Finisterre*, sellada por una cinta de seda casi polvo. Una llave antigua, de bronce oscuro, con el corte tallado en forma de hoja de lirio. En su extremo, una pequeña placa grabada: *A. M.* —Andrea Márquez, la única mujer cuyo nombre aparecía en los papeles del inmueble, aunque nunca la había visto. Solo una foto enmarcada en la biblioteca: una figura esbelta, pelo negro como ala de cuervo, ojos que parecían observar más allá del encuadre, y una sonrisa que no llegaba del todo.
La noche que hallé la llave, el calor ya se había instalado en los huesos. No había electricidad: el temporizador del generador había fallado dos días antes, y yo había decidido dormir en la terraza, bajo el cielo de verano. Me senté en el peldaño de madera del invernadero, esa estructura de cristal y hierro forjado que el tío solía llamar “el corazón de la casa”. Apoyé la espalda contra el cristal templado, frío al tacto, y escuché el silencio. No era silencio absoluto: había murmullos, sí, pero no de voces humanas. El viento movía las hojas de los plátanos, el agua de la fuente se desbordaba con lentitud, y algo más: un rozamiento sutil, como el de una seda deslizándose sobre sí misma.
No abrí la puerta enseguida. La llave estaba tibia en mi mano, como si ya hubiera sido usada. Giré el pomo con cuidado, sin fuerza innecesaria, y escuché el chasquido seco de los pernos. El aire que salió no era el del exterior: era denso, perfumado, con notas de clavo, miel y algo que no logré reconocer —una fragancia que me recordó a la infancia, a una abuela que fumaba puros y siempre tenía un ramo de jazmín colgando del cuello.
Dentro, todo estaba iluminado por velas. Docenas de velas, colgadas de alambres finos como nervios, que colocaban sombras danzantes sobre las paredes de cristal. Y allí, al fondo, entre filas de plantas exóticas y macetas de barro, estaba ella.
No usaba nada que ocultara su cuerpo, pero tampoco nada que lo explotara. Una túnica de lino blanco, casi transparente, ceñida a la cintura con una cinta de seda del mismo color. Sus pies estaban descalzos, las uñas pintadas de un rojo oscuro que recordaba a la tierra después de la primera lluvia. Tenía el pelo recogido en un nudo torcido, con algunas hebras sueltas que le acariciaban el cuello.
—Me dijeron que vendrías —dijo, y su voz no era aguda ni grave: simplemente era, como el sonido de una cuerda bien afinada.
No respondí. No entonces. Me limité a caminar hacia ella, paso a paso, sin apuro. El suelo estaba cubierto de pétalos secos, de flores que no reconocí, pero que soltaban un polvo dorado al pisarlas.
—¿Y tú quién eres? —pregunté, cuando estuvimos a un metro de distancia.
Ella se inclinó, recogió una hoja de buganvilia caída y la sostuvo entre los dedos.
—El jardín tiene memoria. Y a veces, la memoria es quien elige.
Entonces, por primera vez, me ofreció la mano. No como quien invita, sino como quien revela. Un gesto de confiananza absoluta, sin exigencias.
La seguí hasta el centro del invernadero, donde una mesa baja de madera maciza albergaba dos tazas de té humeante. El té era de manzanilla y jengibre, con una pizca de canela. Ella no me pidió si quería, ni esperó mi respuesta. Simplemente me tendió la taza, y cuando mis dedos rozaron los suyos, sentí un estremecimiento que subió por el brazo y se detuvo justo debajo del ombligo.
—¿Por qué ahora? —pregunté.
—Porque hoy es el primer día en que el sol no te quema. Solo calienta.
Me senté frente a ella. El silencio no fue incómodo, sino espeso, como una tela que se extiende entre dos cuerpos antes del primer beso. Ella se inclinó ligeramente hacia adelante, y por un instante, vi cómo el lino se abría en el cuello, dejando al descubierto la curva suave de su clavícula, la sombra que marcaba la hendidura entre sus pechos.
—¿Te gusta el jardín? —preguntó.
—Me gusta que huele a vida.
—No es vida. Es memoria. Es lo que quedó cuando el tiempo se olvidó de borrar.
Me levanté. Me acerqué a uno de los espejos que bordeaban el invernadero: cristal antiguo, con manchas de mercurio que lo hacían parecer una superficie flotante, casi ilusoria. Me vi en él, y luego vi cómo ella se levantaba detrás de mí, sin apuro, como si el mundo no tuviera prisa.
—¿Puedo tocarte? —pregunté, sin mirarla, con la voz más baja de lo esperado.
Ella no asintió. No dijo sí. Solo apoyó la palma de su mano sobre mi hombro, y dejó que sus dedos se deslizaran por la línea de mi clavícula, lenta, como si leyera algo en la piel.
—No necesitas permiso para lo que ya es tuyo —dijo, y su respiración me acarició la nuca.
Entonces, por primera vez, la toqué. Con la mano izquierda, rodeé su cintura, y con la derecha, deshice el nudo de su cabello. El lino se deslizó por sus hombros, no hasta el suelo, sino hasta la cadera, dejando al descubierto la curva de sus pechos, redondeados, firmes, con pezones que se erizaron apenas el aire los rozó.
Yo no la besé enseguida. Primero, con la yema de los dedos, recorrí el borde de su clavícula, luego el hueco de su cuello, y finalmente, con lentitud, el borde de su pecho, sintiendo cómo su respiración se hacía más profunda, más irregular. Ella no se echó hacia atrás. No se apartó. Solo cerró los ojos, y dejó que su cabeza descansara sobre mi hombro, como si confiara en mí algo que ni ella misma entendía.
—¿Y si alguien nos ve? —pregunté, sabiendo que no había nadie.
—Aquí no hay nadie —dijo, y por primera vez, me miró directo a los ojos—. Solo hay lo que elegimos ver.
Su mano bajó por mi abdomen, sin prisa, sin urgencia, y se detuvo en el borde de mis pantalones. No me desabotonó. Solo apoyó la palma allí, sobre la tela, y presionó con una suavidad que me hizo temblar.
—¿Te sientes aquí? —preguntó.
—No sé —respondí, honesto—. Pero quiero descubrirlo.
Ella sonrió entonces, una sonrisa que sí llegó hasta los ojos, y que iluminó todo el invernadero como si el sol hubiera decidido regresar.
—Entonces no mires el espejo —susurró—. Mira el jardín.
Y yo lo hice. Abrí los ojos, y vi cómo las flores se movían al compás del viento, cómo el agua de la fuente brillaba bajo la luna que aún no había salido, y cómo el aire, cargado de polen y calor, se volvía denso, casi líquido.
Ella se giró entonces, lentamente, y se sentó en el borde de la mesa baja, cruzando las piernas con naturalidad. Me indicó que me sentara frente a ella, y cuando lo hice, apoyó sus manos en mis muslos, y me dijo, con una voz que era casi un susurro, pero que resonó como un trueno en mis oídos:
—El jardín no te juzga. Solo te espera.
Y yo, sin más palabras, incliné la cabeza y besé su cuello, allí donde su pulso latía como un tambor de guerra.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato · 0% de 0
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.