El jardín de las higueras

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En las afueras de un pueblo donde el tiempo se mide por el canto de los grillos y el olor de la tierra mojada, hay una casa de piedra antigua que nadie visita. O al menos eso creían los vecinos. Desde la carretera polvorienta, se ve apenas tras una hilera de higueras que crecen salvajes, como si el jardín mismo se hubiera rebelado contra el orden. Las ramas se entrelazan, formando túneles verdes que nadie se atreve a atravesar. Pero ella lo hizo.

Claudia llegó en una camioneta vieja, con el polvo pegado a las ventanas y una maleta de cuero gastado en el asiento del copiloto. No dijo a nadie que venía. No necesitaba hacerlo. La casa era suya, heredada de una tía lejana que nadie recordaba bien, solo que había vivido allí sola, escribiendo cartas que nunca enviaba y cultivando flores que nadie veía. Claudia, a sus treinta y siete años, venía a escapar. No de un hombre, ni de un trabajo, sino de la quietud de una vida que se le había ido entre los dedos como arena.

La primera tarde, abrió las ventanas y dejó que el aire entrara con fuerza. El olor a humedad y a madera vieja la recibió como un abrazo incómodo. Mientras barría el piso de terracota, escuchó un ruido en el fondo del jardín. Algo como una rama quebrándose. No asustada, sino con una curiosidad lenta, caminó hacia allí. Entre las higueras, vio a un hombre. Alto, con el torso desnudo bajo una camisa abierta, cortando una rama baja con una podadora pequeña. No se sorprendió al verla. Solo alzó la vista, limpió el sudor de su frente con el antebrazo y dijo:

—Las higueras se encogen si no se les recuerda que no son silvestres.

Ella no respondió. Se quedó allí, con el vestido claro pegado a la espalda por el calor, viendo cómo sus manos, morenas y seguras, movían la herramienta con precisión. El hombre se llamaba Mateo. Vivía en una cabaña más allá del cerro, y la tía de Claudia lo había contratado años atrás para cuidar el jardín. Nadie más sabía que seguía viniendo. Nadie más necesitaba saberlo.

Los días siguientes, Claudia se acostumbró a su presencia. Mateo no hablaba mucho. Venía al amanecer, cuando el cielo aún tenía ese tono gris perla que precede al sol. Ella lo escuchaba desde la cama: el crujido de las ramas, el roce de sus botas en la tierra seca. A veces, desde la ventana del dormitorio, lo veía pasar con la camisa desabrochada, el vello del pecho apenas visible bajo la tela clara. No era un hombre joven, pero tampoco viejo. Cuarenta quizás, o algo más. Tenía los ojos oscuros, como si hubiera aprendido a guardar silencios.

Un mediodía, después de una lluvia ligera que dejó el aire espeso y dulce, Claudia decidió salir al jardín. Llevaba un vestido sin mangas, largo hasta los tobillos, y los pies descalzos. Las higueras goteaban still, y el suelo estaba blando. Mateo estaba arrodillado junto a una planta de buganvillas, revisando las raíces. Ella se detuvo a un par de metros.

—¿Por qué esta planta en particular? —preguntó.

Él levantó la vista, lento, como si tuviera que salir de un sueño.

—Porque está viva —dijo—. Las demás están secas. Esta respira.

Ella se acercó. Se sentó en el suelo, sin importarle el barro. Entre ellos, solo el espacio de un suspiro.

—Yo también quiero respirar así —dijo ella, más para sí que para él.

Mateo no respondió con palabras. Solo asintió, y siguió con su trabajo. Pero ese día, al irse, dejó una higuera recién cortada sobre la mesa del comedor, dentro de un jarrón de cerámica que Claudia no conocía. La fruta, aún verde, pendía como una promesa.

Las visitas continuaron. Claudia empezó a dejar cosas en el jardín: una silla de madera, una bandeja con agua y rodajas de limón, un libro abierto en una página cualquiera. Él no decía nada, pero al día siguiente, la silla estaba en la sombra, la bandeja vacía, el libro cerrado con una hoja seca como marcador. Una tarde, cuando el calor era tan denso que parecía inmóvil, Claudia se tumbó en la hamaca bajo el árbol más grande. Cerró los ojos. Escuchó sus pasos antes de verlo. Mateo se detuvo a su lado.

—El aire —dijo él— está lleno de higos maduros. Si te quedas así, te caerá uno en la cabeza.

Ella sonrió sin abrir los ojos.

—Tal vez quiero que me caiga.

Él no se movió. Solo se quedó allí, de pie, mirándola. El vestido se le había subido un poco por el muslo, y una gota de sudor le bajaba desde la sien hasta el cuello. Mateo alargó la mano, no para tocarla, sino para coger una higuera del árbol. La sostuvo un instante, luego la dejó sobre la mesa junto a la hamaca.

—Cuando esté blanda —dijo—, te la daré.

Ella abrió los ojos. Lo miró fijo.

—¿Y si yo quiero una ahora?

Él la miró como si por primera vez viera algo más que a una mujer en su jardín. Vio a alguien que quería ser vista. Que quería ser elegida.

—Entonces —dijo—, tendrás que venir a buscarla.

Ella no se levantó. Solo alargó la mano, lenta, como si midiera el aire entre ellos. Mateo dio un paso. Luego otro. Hasta que estuvo frente a ella. La hamaca crujió cuando se inclinó. Sus dedos rozaron los de ella al entregarle la fruta. Un contacto mínimo, apenas un roce, pero suficiente para que el aire cambiara.

Esa noche, Claudia no durmió. Se quedó despierta, escuchando el jardín. A veces, creyó oír pasos. A veces, solo el viento. Al día siguiente, la higuera estaba intacta sobre la mesa. Ella no la había tocado. Solo la había mirado, como si contuviera un mensaje que aún no entendía.

Mateo no vino al amanecer. Ni al mediodía. A la hora en que el sol cae vertical, Claudia salió al jardín con la higuera en la mano. La puso bajo el árbol más viejo, donde las raíces salen a la superficie como venas. Se sentó allí, esperando. El aire olía a tierra caliente y a savia recién cortada.

Cuando él apareció, venía sin camisa, con la mirada baja. Se detuvo frente a ella.

—No vine porque pensé que no querías que viniera —dijo.

—¿Y ahora?

—Ahora vine porque no pude quedarme lejos.

Ella alzó la vista. El sol le daba de lado, iluminando el contorno de su cuerpo como si fuera de oro viejo.

—Entonces no te vayas —dijo ella—. No aún.

Mateo se arrodilló. No para hablar, ni para besarla. Solo para estar allí, a su altura. El silencio entre ellos ya no era vacío. Era denso, como el aire antes de la tormenta. Como si todo lo que no se había dicho estuviera por fin a punto de brotar.

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