El intercambio de la semana
La luz del atardecer se derramaba por el piso de madera de la terraza como miel tibia. Vero apoyaba los codos en el balcón de madera, con la camiseta holgada que le subió un poco cuando se inclinó para encender un cigarrillo. La brisa del río le jugueteaba con las puntas del pelo, oscuro y suelto, y le hacía temblar la ceniza. A su lado, Agustín la miraba sin decir nada, con los ojos medio cerrados, como si ya estuviera dentro del calor que se venía encima.
—¿Viste que llegó el mensaje? —preguntó Vero, sin voltear.
—Sí —respondió Agustín, y se acercó más, hasta que su muslo rozó el suyo. La tela de su shorts era fina, y el calor de su piel se transmitía ya sin disimulo—. Dijo que viene a las ocho.
—Y la puerta de atrás siempre está abierta, como acordamos —dijo Vero, y soltó una risita baja, casi un suspiro.
A las ocho y cinco, la campanilla del portón sonó suave, como si temiera molestar. Vero fue a abrir. En el umbral estaba Martina, con una blusa blanca abierta sobre un body negro, y pantalón ajustado que le marcaba las caderas anchas, redondeadas, de mujer que ya había parido y aún conservaba la curva de la juventud. Su pelo rubio estaba recogido en un moño suelto, con hebras sueltas que le rozaban el cuello. Tenía los labios pintados de rojo oscuro, pero no para llamar la atención: parecía natural, como si los hubiera mordido un par de veces y quedara ese color.
—Entrá, Martina —dijo Vero, y la tomó de la mano—. Acá es todo tranquilo.
Agustín apareció detrás de ella, con una botella de vino en la mano y dos vasos colgando del dedo. Se detuvo frente a Martina, la miró de pies a cabeza sin apuro, y luego le sonrió. No era una sonrisa de conquista, sino de reconocimiento: *acá está lo que me faltaba*, como si ya la hubiera soñado antes de conocerla.
—Sentate, querés un vino? —preguntó, y le tendió uno.
Martina lo tomó, cruzó la mirada con Agustín, y bebió un trago largo. El líquido le resbaló por la garganta, y Vero lo vio todo: la forma en que sus párpados se pesaron, la forma en que su pecho subió, la forma en que su lengua pasó por los labios antes de volver a hablar.
—¿Y vos? —le preguntó Vero, acercándose.
—No me mames tanto —dijo Martina, riendo—. Yo vengo a ver qué pasa.
Agustín se puso de pie, y le ofreció la mano. Ella se levantó sin dudar, dejando el vino sobre la mesa. Él la tomó de la cintura, la acercó a su cuerpo, y besó su cuello, despacio, como si estuviera probando el sabor. Martina soltó un gemido bajo, apenas perceptible, pero Vero lo escuchó. Lo sintió.
—Vamos al cuarto —dijo Vero, y se puso frente a Agustín, quitándole la camiseta con un movimiento suave.
Martina no dijo nada. Sólo se desabrochó la blusa, dejando ver el body negro con encajes finos, y se quitó los zapatos. Se acercó a la cama, y se sentó con lentitud, como si temiera que el momento se rompiera si se movía de golpe.
Vero se quitó su camiseta y se tendió a su lado, acariciándole el muslo con la punta de los dedos, subiendo despacio, hasta que su mano rozó el borde del body. Martina la miró, y esta vez sí le sonrió, con los ojos brillantes.
—¿Y vos? —preguntó Agustín, ya sin camiseta, sentado al borde de la cama.
—Voy a garcharte con calma —dijo Vero, y se arrastró hasta él, acariciándole el pecho con la boca cerrada, sin besarlo aún.
Agustín la tomó de la nuca, la acercó, y por fin la besó. Un beso largo, húmedo, con lenguas que se buscaban como si ya se conocieran desde siempre. Vero sintió el sabor de la sal, del vino, de él mismo. Y cuando se separaron, se volvió hacia Martina, que ya se había quitado el body, y estaba recostada sobre una mano, con el pecho al aire, los pezones duros, oscuros.
—Verga hermosa —dijo Martina, y le pasó la mano por el pene, ya medio erguido.
—Y vos tenés una concha que me hace temblar sólamente con mirarla —respondió Agustín, y se arrodilló entre sus piernas.
No hubo prisa. Cada gesto fue un acto de descubrimiento. Agustín besó la concha de Martina con la delicadeza de quien lee un poema en voz baja, y Vero se deslizó detrás de él, acariciándole la espalda, el culo, los muslos, hasta que se sintió su respiración entrecortada. Se puso de pie, se quitó los pantalones, y se sentó frente a Agustín, con las piernas abiertas, y lo tomó por la polla, guía suya, y lo guionó hasta su entrada, ya mojada, ya lista.
—Más lento —dijo Vero, con los ojos cerrados.
Agustín asintió, y entró en ella con lentitud, cada centímetro como un suspiro contenido. Martina los miraba, con las manos apoyadas en la cama, los dedos crispados, y cuando sintió el ritmo de su cuerpo contra el de Agustín, se ac
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