El Gesto que Me Rendía
6 minEl Gesto que Me Rendía
Yo lo conocí en el barrio antiguo, en una tienda de discos de vinilo que olía a madera vieja y polvo dorado. Él estaba allí, entre los estantes de jazz Afro-Cubano, con un par de lentes oscuros y una camisa de lino abierta hasta el tercer botón. Se llamaba Camilo —un nombre que sonaba a cerveza fría y risa contenida—, y desde el primer momento supe que me iba a robar algo que no sabía que aún tenía: la paciencia para esperar, la capacidad de rendirme sin perderme.
No fue amor a primera vista. Fue algo más sutil: una corriente que se instaló entre nosotros como el olor de la lluvia antes de que caiga. Me miró cuando yo ya había pagado mi disco —un LP de Celia Cruz que no necesitaba, pero que me gustaba fingir que sabía escuchar con oído crítico—. Él no sonrió. Solo me ofreció una servilleta de papel con el número escrito en tinta negra, con una caligrafía que parecía haberse formado con el dedo delgando de un violinista.
—Si te aburres de la cumbia —dijo, voz baja, con ese acento antioqueño que le ponía un brillo metálico a las sílabas—, me buscas.
No lo llamé por dos semanas. Me gustaba la tensión, el silencio que se alarga como un acorde que no se resuelve. Cuando finalmente marqué, me respondió al cuarto tono. No preguntó quién era. Solo dijo: —¿Veniste por el jazz o por el vino?
Él vivía en un apartamento pequeño, en la parte alta de la Avenida 43, con paredes de ladrillo visto y una ventana que daba a los techos de zinc. La primera vez no nos besamos. Nos sentamos frente a frente, en sillas de madera rústica, y él me pidió que le quitara los zapatos. No con un mandato, sino con una mirada que lo decía todo: *confía*.
Me arrodillé como si fuera lo más natural del mundo —y lo era—. Le desaté los cordones con lentitud, como si desenrollara una cinta roja alrededor de un regalo peligroso. Cuando le toqué los dedos de los pies, él suspiró, cerró los ojos, y me pasó la mano por el pelo con una ternura que me hizo temblar. —Te dije que no iba a ser rápido —murmuró—. Pero sí iba a ser profundo.
Esa noche no pasamos del beso. Un beso largo, con lengua y sal y el sabor a café humeante que still le quedaba en la boca. Me acarició la nuca, me abrazó por la cintura, me sostuvo la cara entre sus manos y me dijo: —Eres bonita cuando te concentras.
Fue la primera vez que alguien me decía eso y no lo dijo como coqueteo. Lo dijo como si fuera una verdad matemática.
La segunda vez, trajo un pañuelo de seda negra. Me lo ató en los ojos sin pedir permiso, pero sin forzar. Me miré en el espejo del baño antes de que lo hiciera, y vi que me sonreía. Él me lo explicó luego: —El miedo no es lo mismo que el miedo. A veces, cuando uno se deja caer, no cae al vacío: cae a algo que ya está ahí, esperándolo.
Con los ojos vendados, sentí cada toque como si fuera la primera vez. Sus dedos en mis costillas, su respiración en el cuello, la punta de su lengua en la curva de mi oreja. Me giró lentamente, me puso la mano sobre la cadera, y me susurró al oído: —¿Te gusta que te controle? —No lo sé —respondí, sincera—. Pero quiero descubrirlo contigo.
Él me llevó la mano al pecho, me rozó el pezón con el pulgar y me hizo gemir con un solo gesto. —No es controlar, joaquin_noche. Es ofrecer. Yo te ofrezco el peso de mi decisión. Tú me ofreces el peso de tu entrega.
Y así fue como me enseñó a sentir. No con castigos, sino con pausas. Con miradas que me quitaban la ropa más rápido que mis propias manos. Me hacía esperar: una mano en la cintura, otra en la nuca, y una pregunta que no necesitaba respuesta.
Una vez, me hizo sentarme en el borde de la cama con las piernas abiertas, pero sin tocar. Solo con el peso de su mirada. Me dijo: —Contéstame cuando sientas que el pito te late en los oídos.
No fue una orden. Fue una invitación.
Y cuando por fin me tocó, fue con los dedos extendidos, lentos, medidos como si estuviera leyendo un mapa invisible. Me hizo latir más fuerte, sí, pero lo que más me dolía —en el mejor sentido— era el placer de no saber cuándo iba a venir, de no tener control, de entregarle ese trozo de mí como si fuera un regalo sagrado.
Una vez, me pidió que le lamiera los dedos después de que se lubrificaran. Lo hice sin dudar, con la lengua tiesa y el corazón en la garganta. Él me miró con esos ojos oscuros que parecían saber más de mí que yo misma. —Eres buena para esto —dijo—. Pero no es eso lo que me gusta. Me gusta que lo hagas por gusto, no por obligación.
Esa fue la primera vez que lloré de placer. No por el tacto, no por el ritmo, sino por la certeza de que, por primera vez en mi vida, alguien me había visto y me había elegido.
Una noche, me llevó a la cocina, me puso de espaldas contra la encimera, y me besó en el cuello mientras me apartaba el pelo con la mano. Me dijo: —Hoy no te voy a tocar abajo. Solo arriba. Solo lo que tú me ofreces.
Y así fue. Me chupó los pezones hasta que me arqueé, me lamió el ombligo como si fuera un misterio que no tenía solución, y luego me pasó la lengua por el vientre, sin prisa, como si cada centímetro fuera un territorio que descubrir. Cuando me metió los dedos en la boca, me miró fijo y me dijo: —Mátame con eso.
Lo hice. Y cuando por fin me tocó donde más dolía (en el buen sentido), lo hizo con una ternura que me partió el alma. Me susurró al oído: —Eres mía solo cuando me dejas ser tuyo.
Camilo ya no está. Se fue a Medellín por un trabajo que no quiso detallar. Pero cada vez que siento el peso de una mirada lenta, cada vez que alguien me pone una mano en la nuca sin pedir permiso, o me hace esperar con los ojos cerrados, recuerdo su voz: —El control no es poder. Es regalo.
Y yo, que antes pensaba que la sumisión era perderse, ahora sé que es encontrarse. Encontrarse en los espacios entre los latidos, en los silencios entre los gemidos, en el gesto que, por un instante, te hace creer que eres más fuerte por dejar que te dominen.
Y sí… A veces, cuando cae la noche, aún me arrodillo. No por él. Por el recuerdo. Por el juego. Por el placer de sentir que, por un momento, todo el mundo se detiene… Y solo existe el tacto, la respiración, y la certeza de que, al rendirse, no se cae: se vuela.
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