El fin de semana en la quinta de Villa Gesell
La primera vez que vi a Sol en bikini, supe que no iba a poder aguantar las manos quietas. Estábamos en la quinta de un amigo, en medio de ese calor pegajoso de enero, con el olor a eucalipto y a crema protectora flotando en el aire. Vos tenés un culo que parece hecho a mano, le dije mientras se estiraba en la reposera, y ella me miró con esa sonrisa de medio lado, la que dice *yo también te vi a vos, Diego, y no me asusta nada*.
Nos conocimos en una cena de intercambio, hace dos meses. Ella y su marido, Juan, se habían separado hacía un año, pero seguían juntos en este juego: parejas liberales, sin ataduras, con reglas claras. Y una de esas reglas era que si alguno de los dos se prendía con alguien, el otro tenía derecho a mirar. A veces, incluso, a sumarse.
Esa tarde, Juan estaba adentro, durmiendo la siesta. Yo me senté al borde de la pileta, mojado hasta las rodillas, y le ofrecí una copa de vino blanco helado. Sol se incorporó, el bikini azul marino apenas tapándole la concha, los pezones duros por el contraste del sol y el frío del vaso. Me miró, bebió un sorbo y dijo: *¿Querés que te la chupe? Sin que Juan nos vea. Acá, ahora*.
No me lo pensé dos veces. Me paré, me saqué el short de baño y le mostré la pija dura, venosa, con la cabeza roja de sangre. Ella se acercó gateando, con el culo levantado como una gata en celo. Me agarró la base con una mano y me metió la boca entera, hasta el fondo. Sentí su garganta cerrarse, el calor húmedo, su lengua lamiéndome el frenillo. Me agarré de sus hombros y empecé a cogerle la boca, suave al principio, después más fuerte, hasta que me dijo con la voz entrecortada: *Dale, Diego, garchame la boca como si fuera tu concha*.
Estaba a punto de correrme cuando escuchamos pasos. Era Juan, con los ojos entrecerrados por el sol, una sonrisa pícara en la boca. *No se detengan por mí*, dijo, y se sacó la camiseta de un tirón. Se acercó, se arrodilló al lado de Sol y le bajó el elástico del bikini por la cadera. Yo vi su concha por primera vez: húmeda, con los labios hinchados, el vello recortado en línea, como un triángulo que invitaba a entrar.
Juan se paró, se bajó el pantalón y sacó una pija gruesa, media caída todavía. Me miró y dijo: *¿Querés cogerlo a él?*. Sol se dio vuelta, todavía arrodillada, y me miró con ojos brillantes. *Dale, Diego. Yo te miro. Después te toca a vos conmigo*.
Me paré, le di la espalda a Juan y me agaché un poco. Sentí sus dedos en la raja, lubricándome con saliva, después con crema. El primer dedo me hizo gruñir. El segundo, más adentro, me abrió como una concha. Cuando me penetró, fue lento, pero profundo. Sentí cada centímetro de su pija entrando, estirándome, llenándome. Me agarré del borde de la pileta y empecé a mover el culo, pidiéndole más.
Sol se paró, se sacó el bikini y se acostó en la reposera, abierta, con las piernas separadas. Me llamó con la mano: *Vení, Diego, cogéme ahora*.
Me saqué de adentro de Juan, con un jadeo, y fui directo a ella. Me acomodé entre sus piernas y le metí la pija de una, hasta el fondo. *¡Sí, así, garchame!*, gritó, con las uñas clavadas en mis nalgas. Mientras yo la cogía, Juan se paró al lado, se masturbaba mirando, y después se acercó y le metió un dedo en el culo a Sol, mientras yo no paraba de embestir.
Cuando sentí que me venía, no me salí. Me corrí adentro, a fondo, con un gruñido largo, mientras ella se corría gritando, temblando, apretándome la pija con su concha.
Después, mientras nos duchábamos juntos, bajo el agua fría, Sol me besó en la boca y me dijo: *El año que viene, venite antes del verano. Quiero que me garches toda la semana*.
Y yo supe que no iba a poder esperar.
¿Te ha gustado? Valóralo