El Espejo del Quince
La primera vez que la vio, Mariana estaba sentada frente al espejo del baño de su departamento nuevo, desabrochándose el brassier con los dedos lentos. Diego la observaba desde el otro lado del vidrio empañado por el vapor del agua recién derramada —un truco del plomero que había dejado una grieta sutil en el cristal, apenas un trazo fino, como una cicatriz de luz. Ella no lo sabía. Y eso era lo que lo volvía loco.
—Mirá, pija, qué lindo es esto —murmuró Diego, pegado al ojo, sintiendo cómo el calor le subía por la espina dorsal.
Mariana se levantó, los pechos oscilando suaves bajo la luz del amanecer que entraba por la ventana. Se frotó los pezones con el pulgar y el índice, moviendo las caderas al ritmo de algo que solo ella escuchaba. Diego contuvo el aliento. La vió agacharse, separar las nalgas con las manos húmedas, y acercar el espejo más cerca de su cara. Allí estaba: la concha, recién depilada, los labiosrosados y hinchados, ya brillantes por algún ungüento que se había puesto. Se inclinó, estiró el clítoris entre dos dedos y lo frotó con un movimiento circular, lento, obsesivo. Un gemido bajo le escapó, ahogado, mientras su dedo índice entraba en ella, primero una falange, luego otra, metiéndose hasta el nudillo.
Diego sintió cómo su pija se ponía dura contra el pantalón, la punta pegándole el algodón. No se tocaba. Solo miraba. Quería que ella se sintiera sola, verdaderamente sola, que creyera que no había nadie más en el mundo que la observara. Eso lo excitaba más que cualquier posesión.
Esa noche, cuando regresó del trabajo, ella había encendido velas. La luz temblaba en el espejo. Diego la vio entrar con una botella de vino tinto, dos vasos, y ponerse una camiseta blanca casi transparente. Se sirvió una copa, se sentó frente al espejo, y se quitó la camiseta lentamente, dejando al descubierto el cuerpo que ya conocía con tanto detalle desde su escondite. Se pasó las manos por los costados, se apretó los pechos, y luego se llevó los dedos a la entrepierna. Se separó los labios, exploró su concha con dos dedos, y se metió uno solo, moviéndolo con un ritmo que ya le sabía.
—Sí, sí, garchá —le susurró Diego, sin poder contenerse.
Ella se detuvo. Giró la cabeza. Miró directo al espejo. No a la grieta, sino a *él*. Como si lo hubiera sentido desde siempre.
—¿Seguro que no te estás acercando demasiado, Diego? —dijo, con voz ronca, sin temor, con una sonrisa pícara que le hizo temblar las rodillas.
Se levantó de golpe, caminó hacia el espejo, y con un pañuelo seco limpió el vidrio, descubriendo la grieta. Lo miró fijo. No hubo sorpresa. Solo complicidad.
—Andá, vení —dijo ella—. Si ya me estás mirando, mejor que lo hagas de frente.
Diego cruzó el pasillo sin pensar. Ella abrió la puerta del baño y lo empujó adentro. Cerró la puerta con un clic seco. Lo desabrochó el pantalón con una mano, lo sacó: su pija ya erguida, la cabeza oscura y húmeda. Se agachó, le besó el glande con la lengua, y luego lo tomó todo. Mientras lo chupaba, lo miraba a los ojos, sin soltar el espejo con la otra mano.
—Hacé lo que querés —le susurró—. Acá somos los dos. Yo te veo, vos me ves. No hay más nadie.
Diego la empujó contra el espejo, le corrió los pantalones y la puso de cuclillas. La entró de una, sin cuidado, hasta la base. Ella gimió, arqueó el cuello, y él sintió su concha estrecha, caliente, *viva*. La cogió con fuerza, la sacudió, le pegó en el culo con la palma abierta hasta que el roce le hizo gritar. Él le acarició los pechos, le mordió el hombro, y cuando se acercó a su oreja, le dijo:
—Me tenés que agarrar fuerte, Mariana. Me tenés que agarrar como si no quisieras soltarme nunca más.
Ella se frotó contra él, se puso de puntillas, y le chupó el cuello mientras él la embestía con furia, los dos sudados, los dos gritando, los dos *vivos*. Y en el espejo, los dos se veían: sudor, saliva, piel rozándose, el cuerpo de ella abierta, su pija sumergida hasta la raíz, los dos sabiendo que eso, eso *exactamente*, jamás volvería a ser igual.
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