El espejo del pasillo

El espejo del pasillo

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (6) · 231 lecturas · 6 min de lectura

Nunca creí que un espejo pudiera cambiar mi vida. No uno de esos baratos, empañado en las orillas, sino ese que mi mamá colgó en el pasillo de la casa vieja, justo antes de que se fuera a vivir con su novio de Guadalajara. Un espejo grande, de cuerpo completo, con marco de madera oscura y vetas que parecían lagos profundos si uno se quedaba viéndolo demasiado rato. Lo dejó allí, como si supiera que algún día yo iba a necesitarlo.

Yo volví a vivir en esa casa hace seis meses. Trabajo de noche, en una editorial que apenas sobrevive, y duermo hasta la una de la tarde. El edificio, un viejo caserón repartido en departamentos, está casi vacío. Solo vive una pareja en el primero, y una mujer en el segundo, al fondo del pasillo. Ella se llama Lucía. La conocí el día que me devolvió mi paquete de Amazon —un libro de poesía erótica francesa que pedí por puro morbo—. Traía una blusa escotada, sin sostén, y una falda que le marcaba el culo como si fuera de terciopelo. Me dijo “aquí tienes, vecinito” con una sonrisa que no se le llegó a los ojos, pero que me encendió igual.

Desde entonces, empecé a notarla. No por maldad, sino porque el espejo no perdona. Yo salía a la cocina por agua a las tres de la mañana, y la veía, sin querer, en ese reflejo largo del pasillo. Una noche, se desvistió frente a su ventana, sin cortinas, con la luz encendida. No fue obsceno. Fue lento. Como si supiera que alguien la miraba. Se desabrochó la blusa con parsimonia, se quitó la falda como si se desprendiera de una piel vieja, y luego, de pie, se pasó las manos por las nalgas con una caricia que me hizo apretar la botella de agua hasta reventarla.

No dije nada. Me quedé ahí, con el corazón en la garganta, viéndola desaparecer entre las sombras de su cuarto. Pero al día siguiente, al cruzarnos en el pasillo, me miró con una intensidad que no pude ignorar.

—¿Dormiste bien anoche, Diego? —me preguntó, con una sonrisa apenas insinuada.

—Como un muerto —le dije, y ella soltó una risa corta, seca, como un trago de tequila.

—Qué bueno —dijo, y siguió su camino, contoneándose más de lo necesario.

Esa noche, no pude dormir. A las dos, me paré frente al espejo. Quería verme como ella me habría visto. Me quité la playera, me pasé las manos por el pecho, me ajusté la ropa interior. Me sentí ridículo. Pero entonces escuché un ruido. Una puerta. Y la luz en el pasillo.

Lucía salió con una bata de seda negra, apenas atada. No llevaba nada debajo. Se paró frente a mi puerta, como si dudara. Yo me escondí en la penumbra de mi cuarto, sin encender nada. Ella no entró. Solo se acercó al espejo. Y se miró.

Pero no fue un simple vistazo. Se giró de lado, se alzó un poco el cabello, se pasó los dedos por el cuello, por los hombros. Luego, con una lentitud que me encendió las entrañas, se desató la bata. Se abrió. Quedó desnuda frente al reflejo. Yo, desde mi oscuridad, vi todo. Sus tetas firmes, con pezones oscuros que apuntaban al techo. Su cintura estrecha, sus caderas anchas, el vello oscuro entre las piernas. Y sus nalgas, redondas, prietas, como dos lunas gemelas.

No me moví. No respiré. Ella se pasó las manos por las nalgas, se abrió un poco, se tocó el culo con dos dedos. Luego, con una sonrisa, se giró hacia mi puerta.

—Sé que estás ahí, Diego —dijo, sin alzar la voz—. No soy tonta. Y no soy una niña.

No respondí.

Ella dio un paso hacia mi puerta, luego otro. Y se quedó allí, desnuda, con la bata en una mano, mirando hacia mi oscuridad.

—Si quieres ver, puedes salir. No voy a gritar.

Yo tragué saliva. Sentía la verga dura como una vara. Caminé despacio, con el corazón en la boca. Abrí la puerta. Ella no se movió.

—¿Y si no quiero solo ver? —le dije.

Ella sonrió. Se acercó. Me puso una mano en el pecho.

—Entonces ven —dijo—. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que todo lo que pase… pase frente al espejo.

Asentí. Y ella me tomó de la mano.

Entró a mi cuarto, pero no encendió la luz. Me empujó suavemente contra la pared, junto al pasillo. Me besó. Su boca era caliente, húmeda, exigente. Me mordió el labio, me pasó la lengua por el cuello. Yo le agarré las nalgas con fuerza, las apreté, las separé. Ella gimió bajito.

—Así —dijo—. Así nomás.

Me desabrochó el pantalón, me bajó la ropa interior. Tomó mi verga con la mano, la acarició lento, como si la estuviera midiendo. Luego, sin aviso, se arrodilló.

—No —le dije—. No quiero que me la chupes aquí.

Ella levantó la vista.

—¿Dónde, entonces?

—En el pasillo —dije—. Frente al espejo.

Lucía sonrió. Se paró. Me jaló del brazo. Caminamos desnudos por el pasillo, bajo la luz amarilla del techo. Ella se paró frente al espejo, se dio la vuelta, se inclinó un poco, se tomó las nalgas con ambas manos y me miró por encima del hombro.

—¿Así? —preguntó.

—Así —dije.

Me acerqué. Pasé mi verga por entre sus nalgas, la froté contra su culo, contra su agujero. Ella gemía bajito. Me miré en el espejo: mi cuerpo tenso, mi verga dura, su culo abierto, esperándome.

Entré lento. Ella gritó un poco, pero no se movió. Me dejó entrar hasta el fondo. Y entonces, en el espejo, vi todo: cómo se me hundía, cómo sus nalgas se apretaban con cada embestida, cómo sus tetas se mecían con el ritmo. Yo la tomé de las caderas, la cogí fuerte, sin piedad, como si el mundo se fuera a acabar. Ella gritaba, pedía más, me decía “más fuerte, Diego, más fuerte”.

Y así estuvimos, veinte minutos, media hora, no sé. Solo sé que al final, cuando sentí que iba a correrme, ella se dio vuelta, me jaló al suelo, se subió encima y se dejó caer sobre mi verga. Nos miramos en el espejo mientras yo me corría dentro de ella, con los ojos bien abiertos, viéndonos como si nunca nos hubiéramos visto.

Después, nos quedamos en el piso, sudados, respirando como si hubiéramos corrido una carrera. Ella apoyó la cabeza en mi pecho.

—Mañana —dijo—, otra vez. Pero con velas.

Yo asentí. No dije nada. Solo la abracé. Y en el espejo, vi nuestras figuras desnudas, brillando bajo la luz amarilla, como si el reflejo también respirara.

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