El Espejo del Balcón
5 minEl Espejo del Balcón
Yo la vi por primera vez a las seis y media de la tarde, cuando el sol se colaba por el oeste como un puñado de brasa derretida. Estaba en mi apartamento —el tercero del edificio—, con la ventana entreabierta y el ventilador de techo girando lento, arrastrando el calor húmedo del Caribe. Me preparaba un gin-tonic con pomelo y menta, congelando las rodajas de lima en el hielo recién hecho, cuando el movimiento de la cortina del vecino me atrajo: la ventana del departamento 4B se abrió de golpe, y ella apareció, desnuda, como si el aire la hubiera sacado de dentro de sí misma.
Era nueva en el edificio. Me había fijado en sus pasos antes: tacones agudos que golpeaban el metal de las escaleras como latidos apresurados, pelo rubio ceniza recogido en un nudo deshecho, y una cicatriz fina en la espinilla izquierda que se veía cuando se levantaba la falda. Pero no la había visto *así*. Entera. Cruda. Viva.
Se asomó al balcón con la postura de quien no se disculpa por existir. Se estiró lentamente, como una gata que acaba de despertar, y sus pechos se alzaron con el movimiento: redondos, firmes, pezones oscuros como semillas de café tostado. No llevaba nada puesto, ni siquiera una pulsera. El sol le doró los hombros, el estómago plano, el vello púbico rubio y bien recortado. Bajó los brazos con calma, y entonces se puso de cuclillas frente al espejo de cuerpo entero que había allí, colgado de la pared de madera rústica.
Yo no me moví. No respiré. Me quedé pegado a la cortina, con el vaso frío en la mano, el hielo derretiéndose en gotas que bajaban por mis nudillos.
Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las palmas en las rodillas, y el espejo reflejó su cuerpo entero: la curva de la espalda baja, la hendidura suave de las nalgas, el monte de Venus ligeramente hinchado, los labios de su vagina cerrados como un botón apretado. Se llevó una mano al pecho, rozó un pezón con la yema del dedo, y luego lo frotó con lentitud, apretando la yema entre índice y pulgar. Un gemido bajo salió de su garganta, apenas audible, pero yo lo sentí en los dientes.
Sus dedos descendieron. Bajó una pierna, doblando la rodilla, y separó los labios con las yemas. Se miró en el espejo mientras se abría, mientras se estiraba consigo misma, los ojos fijos en su propia imagen. Se metió dos dedos. Lentamente. Hasta la segunda falange. Se arqueó, mordió el puño izquierdo, y empezó a moverlos con un ritmo suave, constante, como si contara los latidos.
—Ah… sí —murmuró, con la voz ronca, arrastrada por la humedad—. Así…
El pene me creció en el pantalón, duro y pesado, presionando contra la tela. No me toqué. Solo la observé, con la lengua pegada al paladar, con la boca seca pero el corazón bombeando como un tambor en las sienes.
Ella cambió el ángulo. Introdujo un tercer dedo, y entonces separó las piernas más, inclinándose aún más, hasta que su vagina quedó completamente expuesta en el espejo: los labios dilatados, húmedos, brillantes bajo el sol poniente, el clítoris hinchado y oscuro, como un pequeño fruto maduro. Se frotó el clítoris con el pulgar mientras los dedos seguían metidos, introduciéndose y saliendo con un sonido suave, húmedo, *sabroso*.
—Mierda… —exhaló, cerrando los ojos—. Qué rico.
Se detuvo un segundo. Respiró profundo. Luego, con la mano libre, se llevó la boca al oído y chupó su propio lóbulo, los ojos aún cerrados, la lengua asomando entre los labios.
Fue entonces cuando me vio.
No sé si fue el reflejo del espejo o la casualidad de que yo hubiera inclinado la cabeza. Pero sus párpados se abrieron. Y miró directo a mí. No asustada. No avergonzada. Con los ojos entrecerrados, con la boca entreabierta, con la lengua still húmeda en los labios. Me sonrió. Lento. Calculador.
Y siguió moviendo los dedos.
Pero ahora lo hacía *para mí*.
Se giró ligeramente en el espejo, mostrando su perfil: la curva de su cuello, la punta de su clítoris que ahora se alzaba como una cereza negra, los pechos colgando suaves al lado, los pezones duros como clavos. Se tocó con más fuerza. Tres dedos ya se hundían hasta la muñeca, y el ritmo se aceleró: subía, bajaba, giraba la mano, presionando el punto interno, el punto G, ese que la hacía estremecer.
—Sí… sí… —respiraba—. Ven… ven…
Su voz ya no era un murmullo. Era una orden. Un ruego. Una promesa.
Me desabroché los pantalones. No me quité la camisa. Solo me sacudí el pene, que ya estaba tieso, grueso, la punta húmeda de preseminal. Me sujeté con la mano, apretando la base, sintiendo la palpitación en el glande.
Ella me miraba. Me miraba *verdaderamente* ahora. No como un extraño en una ventana, sino como una mujer que reconoce el deseo en otro cuerpo. Me vi en su reflejo: piel morena, barba de tres días, pene en la mano, ojos fijos, respiración cortada.
—Tú también lo estás haciendo —dijo, en voz alta, con esa voz que ahora sabía que era suya, fuerte, sensual, caribeña como el viento del norte en junio—. Adiós, mi pene.
Me puse de pie. Me acerqué a la ventana. La abrí del todo. El aire entró, cálido, con olor a jazmín y sal.
—Sí —respondí, con voz ronca—. Estoy aquí.
Ella me sonrió otra vez. Se separó del espejo. Se giró. Y entonces, lentamente, con una mano se llevó el dedo índice a la boca. Lo chupó. Me miró mientras lo hacía. Me miró mientras lamía el vello púbico que aún quedaba en la piel.
—¿Quieres que te toque? —pregunté.
Ella asintió. Solo con la cabeza. Pero sus ojos dijeron más que mil palabras.
—Pasa.
No fue una invitación. Fue una orden. Una promesa cumplida.
Me deslicé por la escalera de incendios, los peldaños crujieron bajo mis zapatos. Subí al balcón de ella. La puerta estaba entreabierta. No la toqué. Ella ya me esperaba, sentada en el borde del espejo, las piernas abiertas, el cuerpo aún tibio por el sol, la piel brillante de sudor y deseo.
—Tú miraste primero —dijo, extendiendo la mano—. Ahora soy yo quien te toca.
Me tomó la mano y la puso sobre su muslo. Luego bajó, hacia el interior. Hacia su vagina.
Y entonces me obligó a tocarla.
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Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.