El Espejo de la Alcobazul
7 minEl Espejo de la Alcobazul
La primera vez que la vi, estaba sentada frente al espejo de cuerpo entero de su habitación, desabotonándose la blusa con una lentitud que parecía una oración. Yo estaba en el cuarto contiguo, el que compartía con mi hermana menor en aquella casa de Chicago que alquilábamos por verano. Ella se había ido a trabajar, y yo, para no interrumpir su rutina, había tomado la costumbre de observarla desde la rendija de la puerta entreabierta, sin hacer ruido, como si el silencio fuera un trato sagrado entre el que mira y el que se muestra.
Ella no sabía que yo la veía. Nunca lo había mencionado. Pero yo sí lo sabía: yo sabía que cada mañana, entre las 9:15 y las 9:30, la luz del sol se colaba por la ventana orientada al este, iluminando su espalda baja mientras se vestía, y que eso era lo que yo esperaba. No era un acto de invasión. Era una elección. Yo elegía verla. Ella, sin saberlo, elegía mostrarse.
Se llamaba Valeria. Treinta y dos años, cutis moreno claro, ojos café oscuros que parecían haber nacido con la capacidad de meditar. No era guapa de forma convencional; tenía los hombros un poco anchos, los muslos firmes por correr, las manos grandes para una mujer, pero lo que realmente me desajustaba era la forma en que se movía: con una calma que no era pausa, sino intención. Cada gesto era una decisión.
Aquella mañana, se puso un vestido negro de tirantes finos, sin espalda, que le quedaba ajustado desde los pechos hasta las caderas. Se peinó con un cepillo de cerdas naturales, trescientos golpes lentos, cada uno en su tiempo. Luego, se sentó frente al espejo, se pasó un poco de bálsamo labial en los labios —nada rojo, nada llamativo, solo un tono natural, como si se estuviera preparando para algo que solo ella conocía— y exhaló, como si soltara un peso invisible.
No me moví. Me quedé allí, con la mano apretada contra la puerta, la frente rozando la madera, respirando apenas.
Ella se levantó, caminó hacia la ventana y la abrió de par en par. El aire entró, movió la punta de su pelo oscuro, y entonces, como si hubiera sentido mi presencia allí, detrás de la pared, giró lentamente. No hacia la ventana, sino hacia la pared opuesta, hacia el espejo. Se miró. Se miró bien: los pechos, redondos y firmes, las cicatrices sutiles de dos cesáreas en el bajo vientre, las venas azuladas que subían por los muslos. Y luego, lentamente, se llevó una mano al cuello, se quitó una cadena fina con una pequeña cruz de plata —un regalo de su madre fallecida— y la dejó sobre la mesita de noche.
Y entonces, con la palma abierta, pasó la mano por su propio pecho, desde el hombro hasta la clavícula, como si estuviera midiendo algo. No era masturbación. No aún. Era reconocimiento. Como si estuviera diciéndole al cuerpo: *aquí estoy. Aquí me encuentro.*
Me costó trabajo tragar. Me costó trabajo mantener los ojos abiertos. No por vergüenza. Por reverencia.
Esa noche, cuando ella ya estaba en cama, yo bajé al sótano. La casa tenía una antigua sala de juegos, con un espejo enorme en una pared y un colchón en el suelo, cubierto con una sábana blanca. Había estado vacía años. Pero esa noche, la limpié. Quité el polvo, encendí una sola vela, y coloqué el espejo frente a la cama, como un altar.
Me desvistí despacio. No con prisa, no con urgencia. Me senté en el colchón, con las piernas ligeramente separadas, y me miré en el espejo. Me vi la piel, las marcas del tiempo, el vello suave en el pecho, los músculos de los brazos que había desarrollado con el entrenamiento. Me vi el pene, flácido pero presente, como un testigo callado. Me vi los testículos, pesados, oscuros, como dos frutos maduros colgando en su bolsa.
Y entonces, con la mano derecha, me toqué la entrepierna. Solo un roce. Luego, con la izquierda, pasé los dedos por el pecho. No era para excitarme. Era para recordarme quién era yo cuando ella me veía. No para ser visto por ella. Para ser visto por mí, en su lugar.
Al día siguiente, la vi desde la rendija de la puerta otra vez. Pero esta vez, cuando se sentó frente al espejo, no se desabotonó la blusa. Se quedó quieto, con las manos sobre las rodillas, como esperando algo.
Me acerqué.
La puerta estaba entreabierta. No la abrí del todo. Solo la dejé como estaba.
—¿Vas a entrar o seguir mirando desde ahí? —dijo, sin voltear.
No mentí.
—No sabía que me habías escuchado ayer.
—Te escuché cada mañana. Cada vez que respiras tan fuerte por la pared.
Me senté en el suelo, frente a la puerta, con la espalda apoyada en el marco.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque quería ver si lo harías tú. Porque quería saber si tenías el coraje de elegir verse a ti mismo, antes que ser visto.
Se levantó. Caminó hacia la puerta, pero no la abrió. Se detuvo a un metro, con la espalda hacia mí.
—¿Tienes un espejo en casa? —preguntó.
—Sí. En el sótano.
—¿Me lo muestras?
—¿Y si no quieres?
—Entonces no vas a mirar más.
—Entonces no voy a mirar más.
Se giró. Me miró. Me miró como si me estuviera midiendo, como yo me había medido a mí mismo la noche anterior.
—Pues mira bien.
Abrió la puerta del todo. Entró. Cerró tras de sí. Se sentó frente a mí, con las piernas juntas, las manos sobre los muslos. Se desabotonó la blusa, lentamente, hasta el ombligo. Se la quitó y la dejó sobre el suelo. Debajo, un sostén de encaje negro, sin alambres, solo malla suave que dejaba entrever la curva de sus pechos.
—¿Tienes una cuerda? —preguntó.
—Una, en el cajón de la cocina.
—Trae la.
No pregunté por qué. Le traje la cuerda. Una delgada de yute, de unas dos varas.
Se la ató alrededor de la muñeca izquierda, pasó el extremo por debajo del muslo derecho y lo unió a la muñeca derecha, creando un nudo que le dejaba los brazos abiertos, como si estuviera en una cruz pequeña. Luego, con la pierna derecha estirada, pasó la cuerda por debajo del pie y la ató a la muñeca izquierda. Quedó sentada, inmóvil, los pechos al descanso, el estómago plano, los muslos tensos.
—¿Quieres tocar? —preguntó.
—No. Hoy solo quiero mirar.
—Entonces mira bien.
Me acerqué. Me puse de rodillas frente a ella. La miré con calma. La línea de su clavícula, el hueco entre sus pechos, la curva de su ombligo. Le pasé la yema de los dedos por el muslo, sin presión. Ella no se movió. Solo me miró, con los ojos semicerrados, como si estuviera soñando despierta.
—¿Por qué hoy no quieres tocar? —preguntó.
—Porque quiero que te veas a ti misma como yo te veo.
Me levanté. La tomé de la mano libre —la izquierda— y la llevé hasta el espejo del cuarto contiguo. La puse frente a él, con las manos atadas a la espalda. Ella se miró. Se miró bien. Se miró como nunca se había mirado.
—¿Me ves? —pregunté.
—Sí —dijo, con la voz más baja, más ahogada—. Me veo.
—¿Qué ves?
—Veo a una mujer que se dejó ver.
—¿Y eso qué significa?
—Que no tiene miedo.
Le solté las manos. Ella se giró, lentamente, y se quitó el sostén. Se lo puso en la cabeza, como una corona. Luego, se inclinó hacia mí, me besó en los labios, suave, sin lengua, como si fuera una promesa.
—Mañana —dijo—, te voy a esperar a la misma hora.
—¿Y si no vine?
—Entonces no vendré a verte.
Y se fue, con la camisa blanca desabotonada, los pechos al descubierto, los labios húmedos, la mirada firme.
Y yo, esa noche, volví al sótano. Me senté frente al espejo. Me miré. Me toqué. Me vi entrar en mí mismo. Y mientras lo hacía, pensé en Valeria, en cómo se dejó ver. En cómo, al final, no se trató de ser visto. Se trató de elegir ser mirado.
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.