El Encuentro del Almendro
El sol de la tarde se colaba entre los almendros del viejo jardín de la casona, pintando el patio de tonos cobrizos y alargando las sombras como si el tiempo se hubiera vuelto más lento, más espeso. Don Raúl acababa de regar las plantas, el sudor le corría por la nuca y se le pegaba la camisa de lino al pecho. A sus cincuenta y ocho, todavía tenía ese aire de galán de cine viejo: canas en las sienes, ojos oscuros y profundos, y una mirada que no necesitaba hablar para decir demasiado. Dejó el regador en el suelo y se pasó el dorso de la mano por la frente, respirando hondo el aire caliente que olía a tierra mojada y jazmín.
Fue entonces cuando la vio. Doña Leticia, su vecina, cruzaba la reja del fondo, como si hubiera estado esperando ese momento. Llevaba un vestido de algodón ligero, estampado con flores pequeñas, y zapatos bajos que crujían en la grava. Apenas le faltaban unos años para los sesenta, pero se movía con una cadencia que no se aprende, que se nace con ella: caderas que ondulaban sin prisa, senos firmes bajo la tela, una boca que parecía hecha para morder y besar al mismo tiempo.
—¿Tan caliente está el día, Raúl, o es solo usted? —dijo ella, sonriendo con media boca, sin quitarle la mirada.
Él soltó una risa corta, se quitó la camisa y la colgó del gancho junto a la puerta. Quedó desnudo de cintura para arriba, el torso curtido por el sol, con ese vello canoso que bajaba en línea recta desde el ombligo.
—El calor es de los dos, Leticia. Usted acaba de encender el termómetro.
Ella dio un paso más, se acercó hasta que el aire entre ellos se volvió denso, eléctrico. No se tocaron, pero el deseo ya estaba ahí, flotando como el polvo dorado sobre las hojas.
—Hace mucho que no me coges, Raúl —dijo ella, bajo, como un secreto entre dientes—. Desde aquella vez en el cuarto de la lavandería, con la luz apagada y el ventilador girando como loco.
Él la miró fijo, sin parpadear.
—Y tú sigues teniendo ese culo que me vuelve loco. Como dos mangos maduros, prietos y listos para chuparlos.
Ella rio, pero no se alejó. Al contrario, dio otro paso. Sus pechos casi rozaron el pecho de él. El silencio se hizo más pesado, cargado de promesas.
—Sube —dijo Raúl, ronco—. A la recámara. Ahora.
No hubo más palabras. Ella asintió con la cabeza, y los dos subieron por la escalera de madera, los pasos apagados por la alfombra deshilachada. En la habitación, el ventilador giraba perezoso, moviendo apenas el aire. Raúl cerró la puerta con pestillo y se volvió hacia ella.
—Quítate el vestido —ordenó, sin rudeza, con voz de quien sabe lo que quiere.
Ella no dudó. Con dedos lentos, se desabotonó por delante, dejando caer la tela al suelo en un suspiro. Quedó en ropa interior: un brasier negro de encaje, liguero, medias. Nada de viejo. Todo tan provocador como si tuviera veinte años menos.
—Carajo, Leticia —murmuró Raúl, pasándose la lengua por los labios—. Parece que te hiciste la cirugía del deseo.
Ella sonrió, se acercó y le puso las manos en el pecho.
—Esto no se opera —dijo, apretando sus senos contra él—. Esto nace.
Él la tomó por las nalgas, fuerte, y la levantó como si no pesara. Ella rodeó su cintura con las piernas, y Raúl la llevó hasta la cama, donde cayeron juntos en un revoltijo de piel y risas ahogadas.
La besó en la boca, profundo, con hambre de años. Sus lenguas se encontraron como si ya supieran el camino. Ella le mordió el labio inferior, le jaló el pelo canoso con una mano mientras con la otra le desabrochaba el pantalón. La verga de Raúl saltó libre, dura como una barra de hierro, gruesa y con venas marcadas. Ella la tomó con la mano, la acarició despacio, arriba y abajo, mientras gemía entre dientes.
—Todavía me cabes entero —dijo, con voz ronca—. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Él no respondió con palabras. Se puso de rodillas sobre la cama, le bajó las medias con los dientes, besó cada muslo, lamió la piel tierna del interior, hasta que llegó a la ropa interior. Le quitó las bragas con un tirón y hundió la cara entre sus piernas. Ella gritó, agarró las sábanas con fuerza.
—¡Sí, Raúl, así! ¡Chíngame con la boca!
Él no se detuvo. Lamía, chupaba, mordía suavemente el clítoris hinchado, mientras con un dedo le abría la entrada, y luego otro. Ella se retorcía, gemía como si el mundo se fuera en cada jadeo.
—Voy a correrme, Raúl… ya, ya…
Y cuando llegó, lo hizo con un grito largo, las piernas temblando, el cuerpo arqueado como un arco. Él esperó a que bajara, a que recuperara el aliento, y entonces se subió sobre ella.
—Ahora te voy a coger como hace veinte años —dijo, guiando su verga a la entrada húmeda—. Lento, profundo, sin prisa.
Ella abrió los ojos, le miró con amor y deseo mezclados.
—Hazlo. Y no pares hasta que los dos caigamos rendidos.
Raúl empujó. Entró entero de una sola vez. Ella soltó un gemido largo, profundo, de satisfacción pura. Él empezó a moverse, lento al principio, luego más fuerte, más rápido. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los crujidos de la cama, con los gemidos que ya no podían contener.
—Dame más —decía ella—. Dámelo todo, Raúl. No guardes nada.
Él aumentó el ritmo, agarrándole las nalgas con fuerza, embistiéndola con cada centímetro de su verga. El sudor les corría por la espalda, se mezclaba en la piel. Los pechos de ella rebotaban con cada envestida, y él no resistió más: se inclinó y le chupó un pezón, fuerte, mientras seguía follando.
—Te voy a llenar —gruñó—. Todo adentro, como me gusta.
—Hazlo —gimió ella—. Cógeme hasta que no puedas más.
Y cuando llegó el momento, Raúl se corrió con un rugido, adentro de ella, profundo, largo, como un río que por fin encuentra su cauce. Ella, con un último espasmo, volvió a correrse, agarrándolo con fuerza, clavándole las uñas en la espalda.
Se quedaron así, jadeando, sudorosos, pegados como si fueran uno solo. Fuera, el sol se ponía tras los almendros, y el aire se volvía más fresco.
Raúl se apartó despacio, se acostó a su lado, le acarició el pelo con ternura.
—Mañana —dijo—, regamos las plantas otra vez.
Ella rio, le besó el pecho.
—Y luego subes otra vez.
Él asintió, con los ojos cerrados.
—Claro que sí.
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