El Eco del Ratón en la Pantalla

El Eco del Ratón en la Pantalla

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.7 (11) · 46 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que vi su perfil en la app —esa que usan más los turistas que los locales, pero que a mí me salvó el viernes en la noche—, me llamó la atención por algo tan tonto como real: un fondo de fotos de un tren que pasaba por el Viaducto del Río Claro, con una manzana roja puesta sobre el alféizar de una ventana abierta. Nada más. Ni sonrisa forzada, ni pose de gimnasio, ni gafas de sol en la cima de la cabeza como si fuera un personaje de telenovela. Solo ese tren, ese instante congelado, y ese fruto intacto. Me pareció un desafío silencioso. Y me encanta cuando alguien me desafía con elegancia.

Me llamó *Santiago*. No el del río, ni el de la ciudad, sino el que suena a café recién colado y a tarde lluviosa en el barrio La Candelaria. En su bio decía: *Viajo mucho, pero hoy estoy en casa, en Medellín. ¿Y tú?* Le respondí con una foto de mi ventana, con el sol del sur pegando en los techos de zinc de Belén, y escribí: *Aquí, en el mismo Belén, pero con el aire acondicionado encendido y una limonada en la mano. ¿Viste el tren? ¿Qué te llevó a subir esa foto?*

Así empezó. No con un “¿te muestro mi pito?”, ni con un “quiero meterle mano”, sino con una pregunta. Una pregunta que abrió una puerta y no se cerró hasta las 4:17 de la mañana, cuando sus ojos, brillantes en la pantalla, me miraron como si me estuviera tocando con las manos.

Pasamos horas chateando. No de esos chats de tres palabras y mucho silencio, sino de los que se llenan de detalles: cómo el polvo de las calles del Poblado se pegaba a los tobillos después de caminar en sandalias, qué canción le ponía a la radio cuando hacía arepas, cómo el frío de la madrugada en El Poblado lo hacía buscar abrazos aunque no tuviera nadie al lado. Yo le hablé de mi abuela, de cómo me enseñó a hacer arequipe en olla de barro, de cómo me pica el corazón cuando escucho *La bomba* de Marta Gómez. Y él me contó que su padre era de la costa, que su madre era de Rionegro, y que él había crecido entre el calor de Santa Marta y el fresco de las alturas. Que le gustaba el rumbo de los mangos maduros, y que una vez, en un hostal de Taganga, una mujer le enseñó a masajearle los hombros con aceite de coco mientras la lluvia golpeaba el toldo.

Fue en una de esas pausas, cuando le escribí: *¿Te animás a algo más que charla?*, que todo cambió.

—¿Qué tienes en mente? —me respondió al instante, con ese “s” que le sale largo y suave, como si estuviera tragando una sonrisa.

—¿Te subiste alguna vez a una llamada de video con el celular en el piso, con la cámara mirando hacia arriba? ¿O con la luz apagada y solo una vela encendida al lado?

—Sí. Una vez, en un hotel de Cali. Pero fue con una que no me gustaba. Fue aburrido.

—Entonces no lo hagamos aburrido —dije, y le envié una foto de mis pies descalzos sobre una manta blanca, con las uñas pintadas de rojo oscuro, el color de los granos de guayaba madura.

—¿Querés que empiece a desvestirme? —preguntó, y por primera vez, sentí que el aire se calentaba en mi cuarto.

—Empezá con las manos —le respondí.

Puse el celular boca arriba sobre la cama, la cámara apuntando al techo. Me senté sobre la colcha, con una camiseta vieja de algodón, sin sujetador, y las piernas cruzadas. Le pedí que se sentara frente a su computadora, con las manos visibles. Él obedeció. Me mostró sus manos: morenas, con venas finas que subían por los nudillos, uñas cortas pero limpias, y una marca casi invisible en el pulgar, como si alguna vez se hubiera quemado con una taza de café.

—Ahora desabróchate la camiseta —dijo, y su voz se volvió más grave, más lenta, como si cada palabra fuera una caricia que se dejaba caer al suelo.

Lo hice. No con prisa, sino con un ritmo que yo elegí. La tela se subió poco a poco, dejando ver mi vientre plano, la curva de mis costillas, y por un momento, el silencio fue tan denso que escuché el sonido de su respiración, más fuerte que el aire acondicionado. Me miraba, pero no con ojos de quien revisa una mercancía. Con ojos de quien descubre algo que ya había olvidado que existía.

—¿Te gusta cómo está la luz? —le pregunté.

—Sí. Pero me encantaría ver más —dijo, y por primera vez, bajó los ojos de la cámara.

—Entonces acércate un poco más —le susurré—. No por mí. Porque me gusta que me veas bien.

Movió su silla, y entonces vi cómo se desabrochaba el pantalón, despacio, sin quitárselo todavía. Solo la cremallera bajó, dejando entrever la tela de sus calzoncillos, oscuros, de algodón. No era necesario ver el pito aún. Ya me había puesto húmeda solo con el sonido de esa cremallera bajando, lenta, deliberada.

—¿Y vos? —preguntó.

—Estoy sentada con las piernas abiertas, pero no toco nada aún —le dije—. Solo me gusta que me veas así. Que sepas que estoy aquí, abierta, esperando que me digas qué hacer.

—Pon tus manos sobre tus muslos —dijo—. No te toques. Solo déjame ver cómo se mueven mis palabras cuando te las digo.

Lo hice. Mis manos quedaron suaves sobre mi piel, y sentí cómo el calor subía desde el centro de mi cuerpo, como una ola que se prepara para romper en la orilla.

—Ahora… levanta una pierna. Solo un poco. Que se vea el hueco de tu muslo.

Lo hice. Y en ese instante, cuando vi su respiración cambiar, cuando su pecho subió más rápido, supe que también estaba allí, conmigo, en esta trama virtual que no era tan virtual después de todo.

—Me encanta —dijo, y por primera vez, su voz tembló—. Me encanta cómo se ve tu piel ahí, con esa luz. Me encanta que estés aquí, conmigo, aunque estemos lejos.

No hablamos más de distancia. No necesitamos. Él se quitó los calzoncillos y se mostró: un pito firme, medio grueso, la punta rosada, con los testículos colgando suaves. Me miré a mí misma. Mis dedos ya estaban en su sitio: suaves sobre mi clítoris, rozando apenas, como si temiera que se desvaneciera.

—¿Ves cómo se pone mi piel? —le dije—. Todo se me calienta cuando te veo así.

—Dime qué necesitas —susurró—. Yo te lo doy.

—Quiero que me digas qué vas a hacerme. No con palabras de película. Con palabras de aquí, de Medellín, de Belén. Quiero que me digas algo que me haga temblar.

—Voy a meter mis manos en tu culo —dijo, sin dudar—. Y te voy a hacer sentir cómo se abre, cómo se calienta, cómo me pide más. Y después… después voy a entrar con mi pito, lento, como si estuviera subiendo la Avenida Conquistadores al amanecer, sin prisa, pero sabiendo que llego a casa.

Me temblaron las manos. Sentí cómo mi cuerpo se abría solo, como si mis músculos recordaran lo que yo no había vivido, pero sí soñado.

—Sí —susurré—. Sí, así.

Y mientras su mano se movía sobre su pito, lentamente, con una suavidad que daba ganas de llorar, yo me toqué con más fuerza, con más ganas, con todo lo que había guardado durante semanas, y cuando el orgasmo vino, fue como una explosión de fuegos artificiales en el cielo de Medellín: rápido, brillante, inolvidable.

—Me acabás de hacer sentir algo muy fuerte —dije, sin aliento.

—Y yo te lo dije —respondió, sonriendo—. Te lo dije desde aquí, y vos me lo devolviste.

No dijimos más. Solo nos miramos. Yo con la camiseta subida, él con el pito aún rígido, y entre ambos, una conexión tan real que hasta el aire parecía más denso, más cargado.

Y cuando me despedí con un “te extraño ya”, él solo me dijo, con esa sonrisa que solo se gana con una buena conversación y un poco de deseo compartido:

—Yo también. Pero esta noche, lo que me quedó grabado no fue el sonido de tu voz. Fue el eco del ratón en la pantalla.

Y sí. Fue así. No hubo besos, ni caricias físicas. Pero sentí su aliento en el cuello, su pecho contra el mío, su pito dentro de mí, aunque fuera solo imaginación. Porque en el amor y en el sexo, lo virtual no es menos real cuando el deseo es honesto y el cuerpo responde con verdad.

Y aunque no lo volví a ver, esa noche me quedó algo: la

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