El Eco del Agua en la Alcoba
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La lluvia golpeaba suave contra los cristales del balcón, como si el cielo hubiera decidido encerrar en gotas el silencio que se había instalado entre ellos. Ella estaba de pie, con la espalda descubierta, el cabello húmedo pegado a la nuca, y él —Lautaro— la observaba desde la puerta entreabierta, sin atreverse a cruzar el umbral. No por miedo, sino por respeto: cada uno sabía que el reencuentro no era un comienzo cualquiera, y que la primera palabra debía ser callada.
—¿Te acuerdas cómo era antes? —preguntó ella sin voltear, mientras deslizaba los dedos por el borde de la taza de té humeante que sostenía en ambas manos.
—No —respondió él, acercándose despacio—. Me acordaba de lo que imaginaste. De lo que inventaste para no sentir vacío.
Ella finalmente se giró. Sus ojos, oscuros como el café recién hecho, lo recorrieron sin prisa: el brillo en la frente por el calor de la cocina, las arrugas nuevas cerca de las cejas que no estaban antes, la forma en que ahora llevaba la barba más larga, como si hubiera crecido sin apuro. No había reproches en su mirada, solo curiosidad, y algo más: una brasa que aún latía, apenas tapada por los años.
—Imaginé esto —dijo ella, dejando la taza en la mesa—. Que un día, por casualidad o por algo más antiguo que la casualidad, te vería de pie en mi cocina, con las manos vacías pero el cuerpo lleno de promesas viejas.
Él no respondió de inmediato. En su lugar, se quitó la chaqueta con lentitud, la colgó en el respaldo de una silla, y caminó hasta ella. No la tocó. Solo se detuvo a un palmo de distancia, lo suficiente para sentir el calor que irradiaba su piel, el leve movimiento de su pecho al respirar. En el silencio, el sonido de la lluvia se volvió música. Un ritmo constante, como una manta húmeda sobre la piel.
—¿Por qué ahora? —preguntó Lautaro, por fin.
—Porque el agua no olvida el cauce —dijo ella—. A veces, solo necesita que alguien se acuerde de dónde está el grifo.
Él sonrió, apenas. Una sonrisa que empezó en los labios y terminó en los ojos, donde el tiempo había dejado huellas pero no apagado la luz.
—¿Y si no encuentro el grifo?
Ella levantó la mano, lenta, y rozó con el pulgar su mejilla. El contacto fue breve, pero suficiente para que ambos sintieran el zumbido en los nudillos, en la muñeca, en la base de la garganta.
—Entonces lo construimos juntos —susurró—. Con paciencia. Con manos que aprendan otra vez.
Él la tomó entonces por la cintura, sin apuro, como si el mundo se hubiera hecho más grande para que cupiera en ese abrazo. Ella se inclinó hacia adelante, y su frente tocó la suya. Respiraron juntos, como si el aire entre ellos fuera algo que se compartía, como si cada inspiración fuera un acto de confianza. Sus pechos se rozaban con el movimiento, suaves, casi imperceptibles, pero suficientes para que sus cuerpos recordaran la forma del otro.
—Me dijiste que no volveríamos a estar así —murmuró Lautaro.
—Te dije que no *podíamos* —corrigió ella—. No que no *quisiéramos*.
La lluvia se intensificó un momento, estallando contra el cristal como un suspiro que se hacía eco. Él deslizó las manos por su espalda, bajo la camisa, sintiendo la curva de sus omóplatos, la suavidad de la piel que había aprendido a conocer con los ojos cerrados. Ella estremeció, apenas, y apoyó la mejilla en su cuello, donde el latido era más fuerte.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te besé aquí? —preguntó ella, trazando círculos con la lengua sobre su piel—. Cerca del hueso del cuello. Dijiste que sentías el eco del mar.
—Lo sentí otra vez hoy —respondió él, con la voz grave—. Al entrar. En tu risa. En cómo dejaste que el té se enfriara solo para seguir hablando.
Ella se separó, apenas, lo suficiente para mirarlo fijamente. En sus ojos no había dudas, solo una promesa hecha de esperanza y memoria.
—Entonces —dijo ella, tomando su mano y llevándosela al centro de su pecho—. Escucha.
Él apoyó la palma contra su camiseta, y sintió el latido, fuerte, constante, como el pulso de un reloj que nunca se detuvo, solo se puso en modo silencioso.
—¿Lo escuchas? —preguntó ella.
—Sí —respondió él—. Es el mismo que cuando nos perdimos.
—Entonces no estamos perdidos —dijo ella—. Solo nos estamos encontrando.
Él la atrajo hacia sí, esta vez sin titubear. Sus labios se unieron en un beso que no era un comienzo ni un final, sino un puente. Un puente hecho de gestos lentos, de manos que exploraban con familiaridad, de roces que decían más que las palabras. Su lengua encontró la de ella con suavidad, como quien abre una puerta que ya conoce, pero que hoy decide volver a girar con cuidado.
Ella soltó un susurro ahogado, no de placer, sino de reconocimiento. De confirmación.
—Todavía hueles a mar —dijo.
—Todavía hueles a lluvia —respondió él.
Se separaron apenas, lo justo para que sus respiraciones se mezclaran, para que sus frentes se tocaran otra vez, para que sus dedos entrelazaran sus manos, con fuerza, como si el mundo fuera a temblar y necesitaran estar unidos para no caer.
Él besó su frente, luego sus pestañas, luego la comisura de la boca, sin apuro, como si el tiempo fuera un lujo que ambos habían ganado.
—¿Te acuerdas de lo que dijimos al final? —preguntó ella, con la voz quebrada por la emoción.
—Que lo nuestro no tenía fecha de vencimiento —respondió él—. Solo de reencuentro.
Ella sonrió, y por primera vez en años, su risa no fue un eco, sino un canto nuevo.
—Entonces —dijo, desabrochándole lentamente la camisa—. Empecemos de nuevo.
Él la tomó por la cintura, esta vez con seguridad, y la llevó hacia la habitación. No con prisa, sino con intención. Con decisión. Porque sabían que esto no era un error, ni una fugacidad. Era el eco del agua que, después de largo tiempo en silencio, volvía a fluir.
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