El Eco de la Primavera Pasada

@diego_salas ·16 de marzo de 2026 · ★ 4.2 (4) · 97 lecturas · 3 min de lectura

Yo lo vi entrar por la puerta de cristal templado, con esa luz del atardecer que lo dibujaba en silueta, largo, ancho, con los hombros un poco más anchos de lo que recordaba. Lucas. Y a su lado, Mariana, que llevaba el cabello recogido en un nudo desordenado, una camisa blanca abierta sobre un top negro, y una sonrisa que no era solo de felicidad, sino de complicidad. Habían pasado dos años desde que nos separamos —Lucas y yo—, pero esa noche no era un reencuentro. Era una promesa cumplida.

—Te dije que volveríamos —me susurró Lucas, poniendo su mano sobre mi nuca, con la palma cálida y los dedos que conocen cada curva de mi piel como si fueran suyos.

Mariana se acercó, sin prisa, y me ofreció una copa de vino tinto, que acepté con los ojos bajos, evitando mirar su cuello, su cintura, el modo en que su falda ceñida se abría al caminar como una flor que se abre al sol. Había sido su amante antes de que yo lo fuera de Lucas. Había sido mi compañera de universidad, mi confidente, la persona que me enseñó a usar el velo de seda rojo que ahora colgaba de su muñeca. Todo estaba en su sitio. Todo había sido planeado con cariño y permiso.

—¿Te acuerdas cómo solíamos dormir juntos? —me preguntó Mariana, mientras se quitaba la camisa, dejando al descubierto una espalda alta, fina, con una línea de pelusas doradas que brillaban bajo la luz del farol de la terraza.

No respondí. En su lugar, cerré los ojos y dejé que Lucas me llevara hacia la cama grande, de acolchado blanco y sábanas de lino, como un lienzo nuevo. Me besó en el cuello, con ternura, pero con una urgencia que no había perdido con el tiempo. Sentí su barba corta rozándome la piel, el sabor a café y a él, ese aroma que no se olvida.

Mariana se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas, y me desabotonó la camisa lentamente, cada botón un latido. Cuando el tejido se abrió, Lucas me tomó el pecho derecho con la mano, mientras Mariana hacía lo mismo con el izquierdo. No hubo timidez, ni prisa. Solo el sonido de nuestra respiración entrelazada, el crujido de las sábanas, y el leve susurro de sus voces cuando se miraron —una mirada que decía todo: *ya no nos falta nada*.

Me volví hacia ella, la atraje hacia mí, y besé su cuello, su clavícula, hasta que sus ojos se cerraron y su cabeza se inclinó hacia atrás. Lucas me besó entonces en la boca, con la lengua, mientras sus dedos exploraban mi espalda baja, bajando hasta la cintura de mis pantalones. Mariana, ya sin camisa, se deslizó entre nosotros, y puso su mano sobre el pene de Lucas, que se estremeció apenas lo tocó.

—Tú primero —dije, besándole el hombro.

Así fue. Lucas se recostó, Mariana se subió sobre él, y yo me senté a su lado, con las piernas abiertas, sintiendo el calor de su cuerpo contra mi espalda mientras él me abrazaba por detrás, con su pecho pegado a mi espalda, sus manos en mis muslos. Ella subía y bajaba con lentitud, con una precisión que solo el tiempo y la práctica pueden dar. Escuché cómo Lucas me decía: *mírame*, y lo hice: vi sus ojos, vi cómo su boca se abría en un gemido contenida, vi cómo Mariana se mordía el labio inferior, cómo sus senos se balanceaban con cada movimiento.

Cuando se corrió, sus dedos se clavaron en mis muslos, y yo sentí el calor de su liberación en mi interior, mientras Mariana se dejaba llevar, con los ojos cerrados y el cabello pegado a la frente por el sudor. Me giré, la tomé de la barbilla, y le besé los párpados.

—Gracias —le dije.

Ella sonrió, y esta vez no fue una sonrisa de complicidad. Fue una sonrisa de pertenencia.

Lucas se incorporó, me abrazó por la cintura, y Mariana se acercó, poniendo su cabeza sobre mi hombro. No hubo palabras. Solo el eco de la primavera pasada, y el promise de la que venía, escrita en piel, respiración y latidos compartidos.

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