El dueño del patio
La casa en El Poblado no era grande, pero tenía el patio más bien cuidado que Tomás había visto en años: piedra pulida, buganvillas colgando como cortinas moradas, un jacuzzi humeante bajo la luz tenue de los faroles de hierro forjado. Y en medio de todo eso, sentado en una silla de mimbre con el pantalón de seda entreabierto, estaba don Darío, el tipo que le había pagado mil dólares por una hora de compañía.
No era la primera vez que Tomás entraba en ese tipo de juego. Él no era un prostituto, pero sí un hombre que entendía el valor del cuerpo y el poder que se podía extraer de él. Sobre todo cuando el otro lado estaba dispuesto a pagar. Y don Darío, con sus cincuenta y tantos bien llevados, su reloj de oro y su mirada de quien ha tenido todo, estaba dispuesto a pagar más de lo que Tomás esperaba.
—Ven, muchacho —dijo Darío, con esa voz de ronquera suave que solo da el cigarro caro y los tragos de whisky añejado—. Siéntate aquí. No te quedes parado como si fueras un mozo.
Tomás se acercó con calma, descalzo, con solo un short de lino blanco que dejaba ver el contorno de su pito dormido. Sonrió, pero no con los dientes. Con los ojos. Como quien sabe que ya ganó.
—¿Y qué quiere que haga, don Darío? —preguntó, sentándose en el suelo, a los pies del hombre, sin pedir permiso.
—Mirame —ordenó Darío, sin alzar la voz—. Mírame bien. No como un hijo, no como un amigo. Mírame como si yo fuera el dueño de tu culo y tú lo supieras.
Tomás alzó la vista. El hombre tenía el pecho descubierto, con ese vello plateado que bajaba hasta el ombligo, y el pito apenas marcado bajo la seda, como si estuviera esperando a que alguien lo liberara. Pero no era urgencia lo que emanaba de él. Era dominio. Una lentitud que quemaba más que la prisa.
—Usted sí que es un hombre de verdad —dijo Tomás, con voz baja, casi un susurro—. Con huevos grandes y mirada de quien no perdona.
—Y tú —respondió Darío, pasándose un dedo por el labio— eres un muchacho que se cree listo. Pero yo sé que te gusta que te digan qué hacer. Que te digan cuándo parar, cuándo joder, cuándo mamar. Y te gusta porque te hace sentir pequeño. Rico. Y eso te pone el pito más duro que un palo de eucalipto.
Tomás no negó. Solo bajó la cabeza, como si aceptara una verdad que no necesitaba confirmar.
—Sí, don —dijo—. Me gusta que me digan cómo ser bueno.
—Entonces quítame el pantalón —ordenó Darío—. Con la boca.
Tomás no se apresuró. Se acercó despacio, oliendo el aire, sintiendo el calor que salía de la piel del hombre. Rozó la tela con los labios, primero, como si pidiera permiso. Luego, con los dientes, tiró del cordón de seda. El pantalón cedió. El pito apareció, grueso, con una vena marcada que latía despacio, como un corazón adormecido.
—No lo toques con las manos —advirtió Darío—. Solo con la boca. Y mirame a los ojos.
Tomás abrió la boca y envolvió apenas la punta. No chupó. No movió. Solo sostuvo, con los ojos clavados en los de Darío, que sonreía con media cara.
—Eso es —dijo—. Así, como un perro bueno. Pero no te confíes. No soy fácil de complacer.
Tomás sintió el sabor salado del prepucio, el leve olor a almizcle y sudor limpio. No era asco. Era poder. Estaba arrodillado, sí, pero también era dueño del momento. Porque él decidía cuánto tomar, cuándo detenerse, cómo hacer que el viejo se retorciera sin siquiera moverse.
—¿Te gusta mi pito, muchacho? —preguntó Darío, con voz más gruesa.
—Es grande —respondió Tomás, soltando solo un segundo—. Pero no es eso. Es que sé que con este pito usted ha tenido a muchos como yo. Y eso me pone más rico.
—Claro que sí —dijo Darío, echando la cabeza atrás—. Yo no cojo por hambre. Cojo por derecho. Y tú estás aquí porque sabes que merezco que me chupen bien.
Tomás volvió a la boca, ahora más hondo. Solo hasta la mitad. No quería que terminara rápido. Quería que el hombre se desesperara un poco. Que sintiera que no tenía control, aunque fingiera tenerlo todo.
—¿Y si me digo que pares? —preguntó Darío, con voz tensa.
—Pero no lo va a decir —respondió Tomás, mirándolo otra vez—. Porque sabe que esto es lo que quiere. Un muchacho joven, arrodillado, tragando su pito como si fuera lo más sagrado.
Darío rió, pero fue una risa corta, nerviosa. Como si le hubieran descubierto.
—Tienes lengua de serpiente —dijo—. Pero te voy a enseñar quién manda.
Se levantó con dificultad, aún con el pito fuera, y le dio una nalgada seca a Tomás.
—Ponte a cuatro. Ahora.
Tomás obedeció. Se arrodilló, luego apoyó las manos en la piedra fría. Su culo, prieto, moreno, se alzó en el aire como una ofrenda.
—¿Y ahora? —preguntó, sin mirar atrás.
—Ahora vas a sentir quién te llena —dijo Darío, acercándose.
No hubo preparación. Solo el sonido del cuerpo contra el cuerpo, el jadeo agudo de Tomás al sentir la punta rozando su entrada, y luego, poco a poco, el empujón firme, seguro.
—No te quejes —advirtió Darío—. Esto no es para llorar. Es para aguantar.
Y Tomás aguantó. Con los dientes apretados, con los ojos cerrados, con el pecho ardiendo. Porque no era dolor. Era posesión. Era saber que, por una hora, alguien lo había marcado como suyo. Y él, en silencio, lo aceptaba.
—¿Te gusta? —preguntó Darío, moviéndose despacio—. ¿Te gusta que te llenen así, como un objeto?
—Sí —dijo Tomás, con voz quebrada—. Me gusta que me use.
—Bien —respondió Darío—. Porque tú no eres nadie aquí. Solo carne. Solo culo. Solo lo que yo decida.
Las palabras dolían más que el pito. Pero dolían bien. Como un látigo de seda.
Y así siguieron, en el patio iluminado por la luna y los faroles, con el jacuzzi burbujeando al lado, como testigo mudo. Hasta que Darío, con un gemido ronco, se corrió dentro, sin avisar, sin preguntar.
Tomás se quedó quieto. Aún a cuatro. Aún con el pito del hombre saliendo de su culo.
—Levántate —dijo Darío, al fin.
Tomás obedeció. Se limpió con una toalla que el otro le dio, sin decir palabra.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora te vas —dijo Darío, encendiendo un cigarro—. Pero mañana vuelves. A la misma hora.
—¿Y si no vengo?
Darío sonrió.
—Vendrás. Porque sabes que aquí no te pagan solo por mamar. Te pagan por saber que no eres nada. Y eso, muchacho, es lo más rico que hay.
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