Cuando me follé a la vecina por primera vez, cuando creí que era imposible

Cuando me follé a la vecina por primera vez, cuando creí que era imposible

@tomas_leon ·5 de julio de 2026 · 🔥 4.1 (35) · 303 lecturas · 10 min de lectura

La primera vez que la vi desnuda fue un viernes a las ocho y pico, cuando el sol ya se había rendido contra el alero del edificio de enfrente y dejaba caer una luz anaranjada, cálida, que se colaba por la rendija entre las persianas de su ventana. Ella estaba frente al espejo del baño, con una toalla apenas ceñida a la cintura, peinándose con la mano izquierda mientras con la derecha se frotaba una crema en los muslos. Y yo, Tomas, estaba ahí, en mi cuarto, con la cara pegada al cristal frío del balcón, el pecho pegado al alféizar, como si el mero hecho de mirarla pudiera hacerla desaparecer. Pero no desapareció. Al contrario: sentí que algo se me levantaba dentro del pantalón, pesado, insistente, como si mi cuerpo me estuviera adelantando una respuesta que mi mente aún no había aceptado.

Llevábamos seis meses viviendo en el mismo piso: ella en el 3B, yo en el 3A. En el ascensor, siempre nos saludábamos con una sonrisa rápida, un “buenas”, un “cómo estás”, sin entrar en detalles. Ella se llamaba Sofía, tenía treinta y dos años, trabajaba en una agencia de diseño gráfico, y tenía ese tipo de cuerpo que no grita, pero que te hace girar la cabeza igual: caderas anchas, tetas medianas pero firmes, pies pequeños, y una cintura que parecía hecha para agarrarla con las dos manos. Y una cara… Dios, una cara que no era de esas perfectas, pero que te hacía imaginar qué expresión tendría cuando le metías el dedo a la boca.

Todo cambió cuando se cayó el agua caliente. Yo estaba en la ducha, con la espuma de jabón en los brazos, cuando escuché el grito. No un grito de dolor, sino de frustración: “¡Joder, no me digás que otra vez!”. Me puse una toalla al vuelo y salí. Ella estaba frente a su puerta, con el pelo mojado, los hombros al aire, y una mirada de pánico real.

—¿Estás bien? —le pregunté, acercándome.

—Sí, sí… —dijo, sin mirarme—. El termotanque se rompió de nuevo. No sale nada, Tomas.

—Aguantaré un rato con el de abajo, si querés. Es rápido.

—¿Sí? —me miró entonces, con los ojos entreabiertos, como si estuviera evaluando si era seguro o no—. Estaría bien. No me late esperar otra hora.

Subió conmigo. El ascensor era chico, y cuando se paró atrás mío, sentí su respiración en el cuello. No se movió. Yo tampoco. Me di cuenta de que me estaba olfateando, como si estuviera chequando si era o no peligroso. Me puse rígido. Pero no por miedo. Por algo más peligroso: deseo.

En casa, le pasé una toalla limpia y me senté en el sillón, con la espalda derecha, como si fuera a dar una clase. Ella se sentó en el borde del colchón, que no estaba hecho. Se secó el pelo lentamente, con movimientos suaves, como si estuviera acariciándose. Y yo la miraba, pero no con los ojos: con la entrepierna. Con la boca seca. Con las manos apretadas en las rodillas.

—¿Querés un vaso de vino? —le pregunté, cuando ya llevaba diez minutos sin decir nada.

—Sí. Un poco. Si no te molesta.

Bajé dos copas, un Malbec barato que me había traído mi viejo. Cuando volví, ella ya no se había secado del todo: las puntas del pelo le goteaban en los hombros, y una gota le resbaló por la clavícula hasta el hueco entre los pechos. Me costó no tragarme la saliva.

—Che, vení —dije, tendiéndole una copa.

—Gracias.

No fue casualidad que el vino se terminara rápido. No fue casualidad que ella se quedara más de la cuenta. No fue casualidad que cuando salimos del balcón al dormitorio, con el viento entrando por la ventana abierta, ella se sentó en el borde de la cama y me miró con los ojos humedecidos, como si ya supiera lo que iba a pasar.

—Sos muy amable, Tomas —dijo, jugando con el borde de la copa.

—Sos linda —le respondí, sin pensarlo.

Ella se río, una risa baja, suave, como si le hiciera cosquillas en la nuca.

—Andá a la mierda —dijo, pero sin moverse.

Yo me acerqué. No con prisa, pero tampoco con dudas. Me senté a un lado de ella, a veinte centímetros, sin tocarla. Pero ella se movió. Giró el cuerpo, como si el movimiento viniera de adentro, y me dejó ver el costado: la curva de su cintura, el leve bulto de su ombligo, y la línea oscura que bajaba desde el ombligo hasta el borde de la toalla.

—Che —dijo, con la voz más grave—. ¿Y si te metés acá un ratito?

No fue una invitación. Fue una confirmación. Como si ya hubiera decidido algo antes de que yo dijera algo.

Me paré. Me deshice la camisa. Me desabroché el cinturón, despacio, con la mirada de ella pegada a mis manos. Me bajé los pantalones y la ropa interior, y dejé que mi verga saliera al aire: larga, gruesa, ya dura, con la punta húmeda. Ella no se movió. Solo me miró, con los ojos más oscuros, con los labios entreabiertos.

—Capaz que no soy tan inocente —dije.

—Yo tampoco —respondió, y se paró.

Se deshizo la toalla con un movimiento suave, como si fuera un velo. Quedó desnuda frente a mí, con la luz del atardecer pegándole en la piel, en el vello pubiano oscuro y bien cuidado, en el ombligo, en los pechos, en el vello de las axilas, en las piernas. Y en la concha: una concha grande, bien abierta, con los labios carnosos, oscuros, ya húmedos. Me costó no agarrarla y meterla de una. Pero no lo hice. Me arrodillé frente a ella.

—Déjame mirarte un poco —dije.

Me levanté la camiseta, me bajé la bóxer, y me puse de pie frente a ella. Le acaricié el muslo con la mano izquierda, con la yema de los dedos, subiendo despacio, despacio, hasta la parte interna, donde la piel era más suave. Ella suspiró, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados. Le toqué la entrepierna con la otra mano: la concha ya estaba húmeda, sudada, viva. Le separé los labios con el índice y el pulgar, y vi su agujerito, oscuro, apretado, y su clítoris, hinchado, como una cereza madura.

—Estás tremenda —le susurré.

—Mirá vos —dijo, y me tomó la verga con la mano. La apretó, con suavidad, con seguridad. Me di cuenta de que me estaba midiendo. No con los ojos, con la mano. Le dije:

—Si querés, la podés probar. El agujerito, si querés. O la concha, si preferís.

—La concha —dijo, sin dudar—. Me gusta que me la metan bien.

Me puse frente a ella, con la verga apuntando a su entrada. Le aparté los labios con el glande, y la empujé un poco. Ella se estremeció. Me tomó de la cintura y me empujó hacia adentro, con fuerza. Me metí un poco, hasta la mitad. Sentí su calor, su apretura, su pulso. Se sintió como un puño que me cerraba la verga, como si me estuviera chupando la punta. Me detuve. Ella me miró, con los ojos abiertos, con la respiración corta.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí. Mirá, che —dijo, y me agarró las nalgas, me las apretó, me empujó hacia adentro—. Meté todo, Tomas. Que me la querés meter bien.

La metí toda. Con un movimiento lento, pero seguro. Me hundí hasta la raíz, con la verga pegada a su útero, con el vello de su pubis rozándome el vello de la entrepierna. Ella soltó un grito bajo, como un quejido, como un gemido que no sabía si era de dolor o de placer. Se apretó a mí, con las uñas clavadas en mis nalgas, y me pidió:

—Andá. Andá, que me la querés meter.

Empecé a moverme. Con una cadencia lenta, con las caderas rígidas, como si estuviera en una misa. Pero cada empujón era más fuerte. Cada vez que me sacaba, sentía su calor agarrándome la verga, y cada vez que la metía, sentía su concha abriéndose para dejarme entrar. Me miraba con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con los pechos oscilando cada vez que me hundía más.

—Sos buen chico, Tomas —me dijo, entre jadeos—. Me la estás garchando bien.

Le besé el cuello. Le mordí la oreja. Le lamió el hombro. Me puso una mano en la nuca y me dijo:

—Ahora, con más fuerza. Que me la querés meter de a poco, pero con fuerza.

Aceleré. La cogí con más fuerza, con las caderas en movimiento, con la verga dura como una piedra, con la punta golpeando su clítoris en cada empujón. Ella empezó a gemir, con los ojos cerrados, con la cabeza hacia atrás, con los pechos hacia adelante. Me agarró de los hombros y me dijo:

—Sí, así. Que me la querés meter hasta el fondo. Que me la querés meter bien.

Le aparté el pelo de la cara. Le besé la frente. Le susurré al oído:

—Sofía, vos sabés que me tenés loco.

—Sí —dijo—. Yo también. Me tenés loca.

Me agarró la verga con la mano y me dijo:

—Ahora, con la otra mano, meté un dedo en mi culo. Que me la querés hacer joder de a dos.

Le separé los glúteos con la otra mano, y le metí un dedo en el ano, con suavidad. Ella se tensó un poco, pero no se movió. Le besé el cuello, le lamió la nuca, y le metí un segundo dedo. Ella soltó un suspiro largo, y me dijo:

—Sí. Ahora, meté más. Que me la querés meter bien.

La cogí con más fuerza, con la verga dura como una barra, con la concha mojada, con el culo apretado. Ella empezó a mover las caderas conmigo, como si estuviera buscando el mismo ritmo. Me agarró de la verga y me dijo:

—Sí. Sí. Sí. Que me la querés meter hasta que me venga.

Y cuando me acerqué a su clítoris con la punta de la verga, ella soltó un grito agudo, como una señal de alarma, como una orden de guerra. Me apretó la verga con la mano y me dijo:

—Ahora. Ahora. Que me la querés meter de una.

La cogí con fuerza. Le metí la verga hasta el fondo. Y le dije:

—Sí. Que me la querés venir.

Ella soltó un grito agudo, como una señal de alarma, como una orden de guerra. Me apretó la verga con la mano y me dijo:

—Ahora. Ahora. Que me la querés venir.

Y cuando me acerqué a su clítoris con la punta de la verga, ella soltó un grito agudo, como una señal de alarma, como una orden de guerra. Me apretó la verga con la mano y me dijo:

—Ahora. Ahora. Que me la querés venir.

Y me vino. Me vino con un grito ahogado, con los ojos cerrados, con la cabeza hacia atrás, con los pechos hacia adelante. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como una piedra, con el culo apretado, con la concha mojada. Me vino con fuerza, con la verga dura como

También en: HeteroVoyeurismo

¿Qué tanto te calentó?

4.1 · 35 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

También en Primera vez

Más de @tomas_leon

Ver autor →