El día que mi jefe me ordenó arrodillarme y lamerle la verga antes de darme el aumento
3 minEl día que mi jefe me ordenó arrodillarme y lamerle la verga antes de darme el aumento
Yo no pensaba que iba a terminar arrodillada en su escritorio, con la cara hundida entre sus muslos y su mano agarrándome del pelo como si yo fuera una herramienta más de su oficina. Pero así son las cosas cuando te metes con un hombre que no solo controla tus metas profesionales, sino también tu respiración.
Era viernes, hora de salida, y yo ya tenía el bolso cerrado cuando entró Carlos —mi jefe, el dueño de esa mirada de poca palabra y tanta intención—, con la camisa abierta hasta el ombligo, el reloj en la muñeca izquierda, y una sonrisa que no le pertenecía del todo. Me dijo: “Quédese, Renata. Necesito que me ayude con algo… personal”.
Me puse tensa, claro. Pero Carlos no es de los que piden disculpas ni piden permiso con palabras. Es de los que lo dicen con el silencio. Con la forma en que se desabrocha la corbata, con el modo en que cierra la puerta del despacho y apaga las luces, dejando solo la pantalla del monitor encendida, iluminándonos como un escenario mal diseñado para un drama que no sabías que ibas a vivir.
—Saca tu lengua —me dijo, sin mirarme—. Y no me digas que no sabes cómo.
No lo hice por miedo. Lo hice porque me encantaba que me ordenaran algo y yo no tuviera que pensar. Porque desde hacía semanas lo sentía en el estómago cuando me pasaba una carpeta, cuando me decía “bien hecho” con esa voz grave que le temblaba en la última sílaba. Porque me gustaba que me dominara, y sobre todo, que lo hiciera sin vergüenza.
Me arrodillé. El suelo de mármol me heló las rodillas, pero yo no me quejé. Él se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera, y sacó su verga: tiesa, morena, con un tufillo a jabón de manos y sudor de hombre que no se esconde. La puse en mi boca antes de que me lo dijera dos veces. Y la lamí. Lento. Profundo. Hasta que me hizo soltar un gemido con el que yo misma no contaba.
—Ahora con las manos —ordenó—. Mírala mientras la lames.
Lo hice. Y mientras la lengua me subía por el glande, viendo cómo su respiración se aceleraba, entendí que no era un capricho. Era una prueba. Y yo la estaba pasando.
Me tomó del pelo, me obligó a alzar la vista. Me dijo: “Sube la falda. Muéstrame tus nalgas”. No dudé. Bajé la falda negra hasta las rodillas, me deslicé las bragas a un lado, y me puse de cuclillas frente a él, con el culo en alto, la piel calentita, los pelos púbicos rizados y húmedos ya por el anticipation.
—Voy a chuparte el culo antes de meterte mi verga —me dijo—. Y si te vienes antes de que te lo diga, te castigo. ¿Entendido?
Asentí. Y cuando su lengua rozó mi anillo, yo me derrití como azúcar en leche caliente. Me lamía con fuerza, me chupaba la piel, me clavaba los dedos en las nalgas hasta que me sentí temblar. Entonces me volteó, me agarro por la cintura y me levantó como si yo pesara nada.
—¿Quieres el aumento? —me preguntó, metiendo la punta de su verga en mi vagina ya mojada.
—Sí… —susurré—. Pero dime que lo haces por mí, no por la empresa.
Me sonrió. Me clavó la lengua en la boca y empujó. Hasta el fondo. Y cuando me empezó a coger, lento, fuerte, con su mano agarrándome la cintura y su otra mano acariciándome el pelo, me dijo:
—Te lo mereces. Porque tú también eres mala. Y yo te lo voy a seguir permitiendo.
Y así, entre jadeos y “sí, jefe”, entre “mucho más lento” y “no pare”, me dio el aumento… y todo lo demás que yo no sabía que quería.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.