Cuando mi vecina me llamó por Zoom para que la cogeran desde mi sofá
7 minCuando mi vecina me llamó por Zoom para que la cogeran desde mi sofá
Yo estaba en el sofá, con una cerveza medio vacía sobre la mesa de centro, el televisor apagado pero la pantalla encendida por el brillo de mi laptop. Llevaba una hora intentando escribir un informe aburrido que no tenía sentido ninguno, y mis ojos ya se habían vuelto vidriosos. Entonces, sonó el WhatsApp. Una notificación de video llamada. La foto de perfil era una selfie reciente: Luna, mi vecina del piso de arriba, con el pelo suelto, un top negro ajustado y ese brillo de cansancio sensual que solo se consigue después de un día de trabajo intenso. Nos conocíamos desde hacía meses —intercambiamos saludos en el ascensor, nos ayudamos a subir bolsas de supermercado una vez—, pero jamás habíamos cruzado más que sonrisas y un par de frases sueltas. Hacía dos semanas que habíamos empezado a charlar por mensaje, jugando con la ambigüedad, hablando de música, de series, de cómo odiaba el tráfico en la ciudad. Nada sexual… hasta hoy.
La llamada sonó una, dos veces. Yo dudé. Cogí la cerveza, me tomé un trago largo, y acepté.
—¿Marco? —dijo, con una sonrisa que ya conocía de nuestras charlas, pero que ahora tenía otra textura, más profunda.
—Hola, Luna. —Me senté derecho, la espalda un poco rígida, aunque no por nervios. Por vergüenza, sí. Una vergüenza buena, de las que te ponen la piel más sensible.
—¿Estás cómodo? —preguntó, girando un poco la cámara, como si me permitiera inspeccionar su entorno: una habitación con luces tenues, una cama deshecha a su espalda, y una botella de vino sobre una mesa auxiliar.
—Estoy más cómodo que en mi propia cama —mentí. El sofá era incómodo, pero mi cuerpo ya lo sabía, y mi mente… mi mente estaba en otra parte.
—Bueno… —susurró, y por primera vez bajó la mirada, como si le diera vergüenza algo que acababa de decidir. Me di cuenta de que tenía una mano bajo la mesa, escondida. —¿Puedo… pedirte algo raro?
—Dilo.
—Quiero que me mires. No como vecina, ni como conocida… sino como alguien que quiere tenerme. Que quiere meterme la lengua en la boca, que quiere meterme los dedos donde yo le pida. —Se mordió el labio inferior, y la cámara captó ese gesto con una crudeza que me hizo contraer el estómago. —Quiero que me cierres los ojos con la mano y me acaricies la cara mientras me follas con la imaginación. ¿Puedes?
No respondí enseguida. Me levanté, cerré la puerta del departamento con llave aunque no esperaba a nadie, apagué la luz del living excepto una lámpara de pie que proyectaba sombras largas y suaves. Me senté de nuevo, esta vez con las piernas separadas, las manos apoyadas en los muslos. Me miré la entrepierna. Ya estaba duro.
—Sí —dije, con voz más grave de lo normal—. Sí puedo.
Luna respiró hondo, y por primera vez me miró directo a los ojos, sin evasivas.
—Entonces… empieza. Pero no me toques la pantalla. Me tocas… *a mí*.
Se inclinó hacia la cámara, y por un segundo vi el contorno de su pecho bajo el top. No era grande, pero perfecto: pechos firmes, pezones oscuros y hinchados ya, como si los hubiera estado frotando contra algo. Me recordó que me había dicho, días atrás: *“Me encanta que me toquen el cuello”*.
—Tu mano —dije—. En mi pantalla. Dónde quiero que esté.
Ella hizo lo que le pedí: puso su mano izquierda sobre la pantalla, con los dedos separados, como si yo pudiera agarrarlos. Entonces, con la derecha, se quitó el top.
Lo dejó caer al suelo, sin prisa, y se quedó sentada con el sostén negro de encaje, que apenas contenia lo que prometía. Me dio tiempo a respirar. Me dio tiempo a recordar cómo se llamaba cada parte de su cuerpo, aunque jamás la había tocado.
—Ahora —dije—, con la mano derecha, llévate un dedo a la boca. Límpialo. Y luego… colócatelo en el pezón derecho.
Ella lo hizo. Lento. El dedo se deslizó entre sus labios, húmedo, y luego se presionó contra el pezón. Lo frotó dos veces, con un gesto que no era de placer, sino de *oferta*. Una promesa que me dejaba decidir cómo la usaría.
—¿Sientes el calor? —pregunté.
—Sí —respondió, con la voz quebrada—. Pero no es suficiente.
—Entonces, baja el sostén. Todo.
Lo hizo. Lo desabrochó con una sola mano, lo dejó colgando de los brazos, y me mostró sus pechos enteros por primera vez. La piel era suave, con un leve vello rubio en el monte, y los pezones más duros ahora, hinchados como cerezas maduras.
—Ahora, con los dedos… ábrelos. No, así —dije, imitando el gesto con mis propias manos sobre la mesa—. Tú me los muestras como si fueran míos.
Ella siguió mis instrucciones, separando con los dedos los dos pechos, exponiéndolos enteros, como una ofrenda. Y entonces, con un susurro, me dijo:
—Tú me miras… y me tocas a mí. ¿Dónde quieres tocarme primero?
—En la boca del estómago —respondí, ya sin respirar—. Con la lengua. Luego bajo… hasta que llegues a la ropa interior. Y entonces… me la quito con los dientes.
—Sí —gimió—. Sí, así.
Me puse de pie, caminé hasta la ventana, cerré las cortinas con un movimiento rápido. La habitación quedó a oscuras, excepto por la luz de la laptop. Luna seguía en la pantalla, sentada, con las manos aún abriendo sus pechos, los ojos cerrados, respirando fuerte.
—¿Tienes algo para lubricarte? —pregunté.
—Un poco de aceite de coco… en el mesito.
—Ve y acércatelo. Yo te guío.
Ella se levantó con lentitud, la cámara tembló un poco, y regresó con una botellita pequeña. Se sentó de nuevo, se humedeció los dedos, y se los pasó por la entrepierna. Yo la vi mover la mano bajo la cintura del pantalón vaquero que llevaba puesto, sentir el bulto de su entrepierna, la humedad que ya le manchaba la tela.
—Ahora —dije—, desabróchate los pantalones. lentamente.
Lo hizo, con los ojos fijos en la cámara, y bajó la cremallera con un sonido metálico y lento. Entonces, con un dedo, separó el borde de la ropa interior para mostrarme su clítoris, hinchado, brillante, como una perla de agua bajo la luz tenue.
—No toques nada aún —le dije—. Solo quédate así. Que yo te vea. Que yo decida cuándo tocas.
Se quedó inmóvil, con las piernas un poco abiertas, la respiración entrecortada. Y yo, desde mi sofá, con la laptop entre mis manos, comencé a tocarme. Me puse de rodillas frente a la pantalla, con la mano izquierda apoyada en el respaldo del sofá, y la derecha ya sobre mi pene, que latía como un tambor.
—Empiezo —dije—. Tú me sigues. Pero sin tocarte. Solo con la imagen.
Me puse el auricular en la oreja, y comencé a acariciarme con lentitud. Luna me miraba, sin decir nada, con las pupilas dilatadas, y cuando sentí que se acercaba al borde, me detuve.
—Dime —susurré—. ¿Ya estás mojada?
—Sí —gimió—. Mucho. Pero no me toco. Tú decides cuándo.
—Entonces… te digo *ahora*.
Ella cerró los ojos, contuvo la respiración, y en el segundo exacto en que yo sentí el primer espasmo en la base de la columna, ella se movió. Se llevó las dos manos a la entrepierna, se separó los labios con los dedos, y se metió uno dentro. Dos. Lo hizo con un movimiento suave, sin prisas, como si me estuviera dejando ver cada centímetro de su placer.
—Sí… —dijo, con los ojos abiertos, fijos en los míos—. Sí, así. Tú me tocas… y yo te siento. Siento tu mano en mi cuerpo.
No paré. Seguí acelerando el ritmo, con los ojos clavados en la pantalla, en su rostro, en el temblor de sus labios, en el sudor que le brillaba en el cuello. Y cuando me sentí a punto de explotar, le dije:
—Dime: *Me voy a correr contigo*. Dilo.
—Me voy a correr contigo —repitió, con voz quebrada.
Y en ese instante, con los ojos cerrados, con el pulgar presionando fuerte contra su clítoris, se corrió. Vi cómo su cuerpo se arqueaba, cómo su cabeza se lanz
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