El día que la dueña del bar me obligó a arrodillarme y chuparle la concha en el fondo

El día que la dueña del bar me obligó a arrodillarme y chuparle la concha en el fondo

@emilio_santos ·21 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (14) · 10 lecturas · 10 min de lectura

La puerta del bar *La Sombra* se abrió con ese chasquido húmedo que solo tienen las persianas de madera viejas cuando alguien entra sin avisar. Yo, Emilio, entré como todos los viernes: con el codo aún caliente del ron que me había tomado en el camión, la camisa arrugada por el calor de la pista y un poco de sudor pegándome el pelo a las sienes. No era un lugar cualquiera: era el terreno de caza de Silvina —una rubia de ojos verdes como monedas de plata, altura de estrella de rock, y una sonrisa que te partía el pecho o te lo rompía, según le diera la gana.

Silvina era dueña de tres bares, dos de ellos de mala muerte en Palermo, pero *La Sombra* era distinto: un sótano en Retiro, con luces tenues, sofás de terciopelo carmesí y un piano desafinado que nadie tocaba. Ella andaba siempre en pantalón ajustado, botas de tacón alto que clavaban en el piso como clavos, y un collar de cadena gruesa que colgaba entre sus pechos, donde se escondía un llavero con cinco llaves. Cinco. Una por cada habitación del fondo. Una por el cuarto de máquinas. Otra por el baúl donde guardaba sus “juegos”. Y dos más… que nunca nadie supo bien a qué puerta abrían.

Yo trabajaba allí de vez en cuando, de repartidor, de encargado de mesas cuando le daba la gana, de pelele que aguantaba sus humillaciones con una sonrisa torcida. Porque Silvina me gustaba —no como a una chica cualquiera, sino como un perro le gusta el hueso que no va a comer—: con esa mezcla de miedo, respeto y deseo que solo te hace sentir vivo.

Esa tarde, ella me esperaba. No era hora de cierre, ni de cambio de turno. Eran las 17:15, hora en que los camioneros aún no habían llegado, y los pocos clientes que había se movían como sombras por los rincones, sin decir palabra. Ella estaba parada junto al piano, con una copa de vino tinto en la mano, mirándome fijo. No sonrió. Solo me hizo un gesto con los ojos: *vení*.

Me acerqué. El olor a tabaco, a sudor barato y a perfume caro se me pegó en la nariz.

—Viste —dijo, voz baja, arrastrando las ‘s’ como si fueran serpientes—, me dijeron que hoy estuviste con el equipo de carga en el depósito. ¿Qué me dijeron? Que te pasaste media hora mirando la bota de una muchacha nueva.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

—No la miraba a la bota, Silvina. Le pregunté si necesitaba ayuda con el casillero.

—No me vengas con mentiras de pobre diablo —me cortó, acercándose más. Su aliento era dulce a menta y alcohol—. Me dijeron que le tocaste la pierna. Que le decís “che, linda” como si fueras un pibe de once años.

Me mordí el labio. Sabía que no valía la pena discutir.

—Bueno… maybe.

—Maybe no —dijo, y de golpe me agarró del cuello de la camisa—. ¿Sabés qué me encanta de vos, Emilio? Que sabés cuándo callar. Que no chiflás como los otros. Que hasta ahora no te atreviste a mirarme a los ojos cuando te mando algo.

Me empujó contra el piano. Las cuerdas vibraron con un sonido sordo. Ella se agachó un poco, se puso a mi altura, y con la uña del pulgar me rasgó la mejilla. No sangré. Pero sentí el calor.

—Hoy —susurró—, me puse esta falda pensando en vos.

Se levantó de golpe y me empujó hacia el fondo del bar, por el pasillo de paredes de ladrillo visto, donde solo los clientes habituales sabían que había una puerta de madera oscura con un picaporte de bronce. La abrió con una llave que sacó del collar. No dijo una palabra. Solo me empujó adentro.

Era el cuarto de las ventanas selladas. Paredes negras, alfombra gris, una cama baja de marco de hierro negro. En el suelo, un espejo entero. En la pared del fondo, un espejo también. Todo reflejado, infinito. Como un laberinto de deseo.

—Sentate —ordenó.

Me senté en la cama. Ella se paró frente a mí, desabrochó lentamente la primera botona del blazer, luego la segunda. El camisón negro que llevaba debajo era transparente, y bajo él, veía la curva de sus pechos, redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados. Me costó tragar.

—Mirame —dijo.

Le obedecí. Sus ojos eran dos pozos. Y yo caía.

—Sabés qué me gusta de vos. No es que seas guapo —rio, una risa corta, seca—. Es que sabés quién manda. Y que incluso cuando te humillo, vos seguís acá. No te vas. Porque querés. Porque te gusta sentir que te tienen controlado.

Se quitó el blazer y lo tiró a un lado. Luego, lentamente, se desabrochó el sostén. Se lo sacó por encima de la cabeza y lo dejó caer sobre la cama. Se quedó de pie, con las manos a los lados, pechos al aire, pezones duros como piedrecitas. Me miró fijo.

—Levantá la cabeza. Mirame. No me hagas pedir dos veces.

Lo hice. Me clavé en sus ojos.

—Ahora —dijo—, sacate la camisa. Desabrochá los pantalones. No los bajes. Solo dejá el pene suelto. Que lo vea.

Sentí el calor subirme por la espalda. Me desabroché la camisa. Deslicé la cremallera de los pantalones. Y cuando saqué mi polla, ya estaba dura, gorda, con la punta húmeda y brillante. Me costó no mirarla directamente abajo, pero lo hice. Me obligué a mantener la mirada fija en sus ojos.

—Qué hermosa tenés —dijo, acercándose. Se arrodilló frente a mí. Su rostro quedó a la altura de mi pene—. Qué pija la tenés, Emilio. Grande. Negra. Con la cabeza bien redonda. Me encanta.

Me acarició la base con una mano. Con la otra, me sujetó la barbata.

—Ahora —murmuró—, querés saber qué más me gusta de vos?

Me mordí el labio. Asentí.

—Me gusta que me lames como a un helado. Me gusta que me chupes la concha hasta que me tiemble el cuerpo. Me gusta que me agarres la cabeza y me empujes los dedos adentro, sin pedir permiso. Me gusta que me hagas gritar tu nombre como si fuera una oración. Me gusta que me follés hasta que no sepa más quién soy. Me gusta que seas mío. Que sepas que sos mío.

Se paró de golpe. Se sentó en la cama, cruzó una pierna sobre la otra, y me indicó con un dedo que me acercara. Me arrodillé frente a ella, entre sus piernas abiertas. Ya me había quitado los pantalones por completo. Mi polla seguía dura, pesada, colgando entre mis muslos.

Ella se inclinó hacia atrás, apoyándose en los codos. Se abrió la falda negra, dejando al descubierto su concha. No tenía vello. Todo limpio, terso, como una concha recién lavada. Los labios estaban hinchados, rojizos, brillantes con su propia humedad.

—Chupame —dijo—. Lento. Que te la lames toda. Que sepa tu lengua.

Me acerqué. Primero, con la punta de la lengua, tracé un círculo alrededor de su clítoris. Ella exhaló un suspiro, cerró los ojos. Le lamí la grieta, de abajo hacia arriba, con suavidad. Luego, la agarré con los dedos y separé los labios. Su concha estaba tibia, húmeda, con un sabor salado y dulce a la vez. Le chupé el clítoris. Ella gimió, bajo, gutural.

—Sí… sí… así… —dijo—. Límpiala bien. Que no quede ni una gota de sudor.

Le lamí todo: los labios internos, la grieta, el fondo, hasta que sentí su cuerpo tensarse. Me aparté un segundo. Me miró, con los ojos vidriosos.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

—No pará —dijo, con voz ronca—. No pará hasta que te pida perdone. ¿Lo entendiste?

Le lamí de nuevo. Más fuerte. Más rápido. La agarré de los muslos y la fui chupando con saña. Le metí dos dedos adentro, curvados, moviéndolos como si la estuviera follando. Ella se arqueó, soltó un grito ahogado, y empezó a temblar.

—Emilio… Emilio… —murmuraba—. Me estás garchando con la boca… me estás garchando… no pare… no pare… NO PARE…

Se corrió con un grito seco, como un disparo. Su cuerpo se sacudió, sus musculos se contrajeron, y su concha palpitó entre mis manos. Me aparté un poco. Me miró, con la cara sudada, el pecho subiendo y bajando.

—Ahora —dijo—, levantate. Acostate. Boca arriba.

Lo hice. Se puso sobre mí, con las rodillas a cada lado de mi cabeza. Se inclinó y me chupó un pezón. Luego, otro. Me mordió el labio, me lamió el cuello.

—Vas a meterme el pene —susurró—. Pero primero, querés saber qué me encanta de vos? Que me agarrás la cintura y me empujás sin pedir permiso. Que me hacés sentir que sos el único que sabe qué hacer. Que me follás como si fueras el último hombre en el mundo.

Se paró. Se colocó sobre mí, con la punta de mi polla rozando su concha. Me miró.

—Si me hacés doler… —dijo—, te mando a lavar los platos toda la semana.

Se hundió. Lento. Tan lento que sentí cada pliegue, cada pared interna de su vagina rozando mi polla. Se detuvo cuando la punta de mi pene tocó su fondo. Me miró con una sonrisa.

—Ahora —dijo—, mové. Que te corras adentro. Que me inundes.

Empecé a empujar. Lento al principio. Luego más fuerte. Ella se apoyó en mis hombros, se arqueó, y empezó a subir y bajar como una loca. Su pecho me rozaba el rostro. Me lamí un pezón. Ella gimió.

—Sí… así… no pare… no pare… Emilio, Emilio, Emilio…

La agarré de las caderas. La empujé con saña. Ella soltó un grito agudo, se estremeció, y se corrió otra vez. Esta vez, con los ojos cerrados, la boca abierta, la lengua fuera.

Yo no mecorrí. No todavía. La fui follando, follando, follando, hasta que sentí que no aguantaba más. Me aparté de golpe. Ella se cayó hacia un lado, jadeando.

—¿Qué pasa? —dijo, con voz temblorosa.

—Te quiero adentro —le dije—. Te quiero toda mía.

Me paré. La di vuelta. La puse a cuatro patas, con la cabeza baja. Le separé los muslos con las manos. Vi su concha, roja, hinchada, brillante. Le metí dos dedos, luego tres. Ella gimió. Le lamí el culo. Le mordí una nalgas. Luego, con la polla dura como una barra de acero, la empujé hacia atrás.

—No me muestres miedo —susurré—. Esto es mío.

La fui follando por el culo. Lento. Cada empujón la hacía temblar. Le lamí el ombligo. Le mordí el lóbulo de la oreja. Le susurré al oído: “Sos mía. Sos mía. Sos mía.”

Y cuando sentí que estaba lista, la giré de nuevo. La agarré por las caderas, la levanté y la puse sobre el espejo del suelo. Ella se rió, loca. Me miró con ojos de loca.

—Follame —dijo—. Follame como si fueras a morir mañana.

Laembocé. La metí hasta la raíz. Ella gritó. Se corrió. Y yo, al fin, me corrí. Me corrí dentro de ella, con fuerza, con ganas, con todas las ganas que tenía guardadas. Sentí el calor, el apretón, el palpitamiento de su vagina mientras yo la llenaba.

Se corrió tres veces más esa noche. Yo, dos. Y cuando terminamos, ella se acostó a mi lado, con la cara mojada, la concha aún húmeda, los pechos subiendo y bajando. Me miró.

—Mañana —dijo—, volvé. Y traje un collar nuevo. Con una llave más.

Sonreí. Le besé el pecho.

—A las cinco —le dije—. Con mi polla dura, como siempre.

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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