El Cuello de la Luna Llena

El Cuello de la Luna Llena

@isabella_mar ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Siento su aliento en mi nuca antes de verlo entrar por la puerta. No necesito girarme: ya sé que es él, que lleva puesta la camisa negra abierta hasta el ombligo, los puños enrollados, y esa mirada que me pone los pezones duros apenas cruzo su campo visual. Se llama Diego. Y hoy, bajo la luz anaranjada del atardecer que se filtra por las cortinas corridas, me ha traído una nueva regla: no hablar. No hasta que él lo decida.

—Kneel —dice, y es una orden, no una sugerencia. No usa mi nombre. No necesita hacerlo.

Me arrodillo en la alfombra gruesa, frente a su silla de cuero negro, con las manos sobre las rodillas y la espalda recta. Sé exactamente qué espera: que baje la cabeza, que apoye la frente en el suelo, que me haga pequeña, sumisa, disponible. Y lo hago, con lentitud, con gozo. Siento el calor subirme por las piernas, el temblor en los muslos, el aire que se vuelve espeso cuando escucho el chasquido seco de la correa de cuero que saca del cinturón.

—Levántate.

Me pongo de pie. Él se levanta también, con esa lentitud deliberada que me desarma. Me da la vuelta, me toma del mentón, me obliga a mirarlo a los ojos. Me besa. No es un beso tierno: es húmedo, profundo, con lengua que explora, que exige. Huele a café negro y a tabaco oscuro, a sudor y a algo más antiguo: a dominio. Me aprieta la nuca, me jala hacia atrás hasta que mi garganta queda expuesta, y suelta la correa. La usará después.

—Tú sabes cómo funciona esto, Isabella —murmura, con la voz ronca, casi un gruñido—. No hablas. No te mueves si no te lo ordeno. Y si te olvidas… —apoya el pulgar en mi clavícula, luego desciende hasta el borde de mi sujetador— …recibirás una advertencia.

Asiento. No con la cabeza: con la respiración. Con la forma en que mi pecho sube y baja, con la forma en que mis pezones se endurecen aún más bajo el contacto del cuero.

Me desabrocha la blusa con un solo gesto seco. Los botones salen volando. Me deja en chándal y sujetador, con los pechos llenos y caídos, las areolas oscuras como bayas maduras. Me gira, me empuja contra la pared, y con una mano me agarra del pelo, me obliga a inclinar el cuello. Con la otra, desliza el dedo índice por mi columna, por la curva de mis riñones, hasta el borde de mi pantalón.

—Quítatelo —ordena—. Lento.

Lo hago. Bajo los pantalones con lentitud, siento la tela rozando mis muslos, mis nalgas, los pelos suaves que tengo allí. Me quedo en bragas: unas negras, de encaje, con un lazo en el centro. Me da un jalón del pelo para que me gire de nuevo. Me mira como si estuviera evaluando una pieza de arte que solo él puede ver.

—Levántate las mangas —dice, señalando mi camiseta—. Ahora.

Lo hago. Me quedo con los brazos alzados, los codos doblados, las manos detrás de la cabeza, como una ofrenda. Me arranca la camiseta con un movimiento brusco. Me agarra de los pechos, los aprieta, me los da vuelta como si fueran frutas maduras. Me chupa un pezón, y el dolor es tan agudo que gimo sin querer.

—Shh —me reprende—. No debes hacer ruido.

Me pone un dedo en la boca, y lo beso en el dedo. Me lo saca lento, con un húmedo *pop*, y me mira con esos ojos oscuros que ya no son humanos.

Me levanta la falda. Me da un golpe seco en la nalga izquierda. El impacto es cálido, luego arde, luego se convierte en un hormigueo que baja por el muslo. Me da otro en la derecha. Y otro. Hasta que mis nalgas se hinchan y palitan, y yo me muerdo el labio para no gritar. Me suelta, me da vuelta, y me jala las bragas hacia abajo con un solo gesto. Me las arroja al suelo.

—Arrodíllate otra vez. Frente a la silla. Pies juntos. Manos atrás.

Lo hago. Siento el frío del cuero bajo mis rodillas. Él se sienta. Me señala con la barbilla.

—Abre las piernas.

Lo hago. Me coloca una mano en la nuca, me fija la cabeza hacia abajo, y con la otra me separa los labios con los dedos. Me ve, me estudia. Me besa el clítoris con la lengua. No es un beso: es un mordisco suave, una mordida que me hace arquear la espalda, que me hace soltar un grito ahogado. Me pone una mano en el estómago, me fija allí, y sigue con la lengua. Me chupa, me lamé, me muerde el monte de Venus hasta que me tiemblan las piernas.

—Ahora… —dice, y se pone de pie—. Ponte de pie.

Me levanto. Me da un cinturón nuevo: más grueso, con hebilla plateada. Me lo ata alrededor de la cintura, con un nudo doble. Me da la vuelta, me pone la mano en la espalda baja, me empuja hacia adelante. Me inclino sobre la silla, las manos sobre los brazos, los pies separados. Siento su erección contra mi muslo, dura, insaciable.

—¿Quieres saber qué me gusta de ti, Isabella? —me pregunta, con la boca pegada a mi oreja—. Que me das todo. Que no te importa perder el control. Que sabes que yo sé lo que quieres, aunque tú no lo sepas aún.

Me mete un dedo en la vagina. Lento. Profundo. Me abre, me estira. Me hace un *gag* con la lengua mientras me mete un segundo dedo. Me gira los dedos, me toca el punto G hasta que mis rodillas flaquean. Me quita los dedos, se lubrica con mi propia humedad, y se coloca frente a mí.

—No te muevas. No grites. No pides piedad.

Y me penetra.

Es un empuje seco, total. Me rompe, me llena, me estira hasta el fondo. Me agarra de las caderas, me clava en la silla, y empieza a moverse. No es un movimiento: es una invasión. Cada golpe me hace temblar, me hace soltar pequeños quejidos que aprieta con sus dedos en mi garganta. Me da la vuelta la cabeza, me besa el cuello, me chupa la oreja, me muerde el hombro.

—Dime qué sientes —me exige.

—Tuya —respondo, con voz rota.

Me da un jalón del pelo. Me obliga a mirarlo.

—Más claro.

—Soy tuya —repito—. Solo tuya.

Me besa. Me besa con fuerza, con hambre, con posesividad. Me fija las caderas, me mete la lengua en la boca, y sigue metiéndose en mí como si no hubiera mañana. Me pone una mano en el clítoris, me frote rápido, circular, con presión. Me muerde el labio, me chupa el cuello, y me jalea con fuerza hasta que mi cuerpo se deshace, hasta que mi vagina se contrae, hasta que mi piel se eriza y mi respiración se vuelve entrecortada.

—Tuya —susurro, entre jadeos.

Me da un último golpe profundo, se detiene, se retira, y me da la vuelta, me pone en cuclillas, y me hace comerme su semen con la boca. Lo bebo todo, lentamente, con los ojos cerrados, con el sabor a sal y a fuego en la lengua.

Se pone de pie. Me levanta, me abraza, me besa la frente.

—Hoy has estado buena —dice.

—Gracias —respondo.

Y sé que mañana volveré. Porque hay un calor que vive en mi sangre ahora, un eco que late en mis venas, un latido que solo él puede hacer sonar. Y yo lo busco. Lo busco cada vez que la luna llena se eleva, porque sé que él vendrá. Y me hará suya.

También en: DominaciónOral

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