El contrato del sótano

El contrato del sótano

@diego_salas ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (8) · 25 lecturas · 3 min de lectura

Claudia entró al sótano con los ojos vendados y las muñecas atadas con una cinta de satén negro. No temblaba. Sabía a quién enfrentaba. Sabía lo que esperaba. Y, sobre todo, sabía que había firmado el contrato.

Diego la esperaba sentado en una silla de cuero antigua, las piernas separadas, las manos cruzadas sobre el muslo, como un juez antes de pronunciar sentencia. La luz era tenue, apenas un farol colgado del techo con una bombilla amarillenta que proyectaba sombras largas y amenazantes. El aire olía a cuero viejo, sudor seco y algo más: ternura dulce, casi infantil, que flotaba alrededor del perfume de jazmín de Claudia.

—Quítate la venda —dijo él, voz ronca, sin prisa—. Quiero verte verme.

Ella obedeció. El satén se deslizó como una serpiente, y cuando sus ojos volvieron a enfocar, Diego estaba sonriendo: una sonrisa pequeña, calculada, que no llegaba a los ojos. Ellos ya no eran los vecinos que se saludaban con una sonrisa en el ascensor. No. Ahora ella era su presa elegida, su proyecto, su juego.

—¿Te acuerdas de lo que prometiste? —preguntó Diego, poniéndose de pie. Caminó despacio, con paso seguro, hasta detenerse frente a ella. La altura de sus tacones lo hacía más alto, más peligroso.

—Sí —susurró ella, la lengua rozando el interior de sus labios—. Que haría todo lo que digas. Sin preguntas. Sin miedo.

—No es miedo lo que busco —respondió él, colocando una mano en su nuca, hundiendo los dedos en el cabello—. Es sumisión. Es rendición. Es saber que tú no decides, Claudia. Yo decido. Tú solo entregas.

Diego la empujó contra la pared fría. Ella exhaló, el aire saliendo en un estertor corto. Él le soltó las manos, pero no la soltó. Sus dedos descendieron por el cuello, por los hombros, hasta detenerse en la hebilla del cinturón. Con un movimiento seco, lo desabrochó. Luego, lentamente, bajó la cremallera de su pantalón.

—Hazlo —dijo—. Hazlo como lo escribiste en tu carta. Como lo soñaste.

Ella se arrodilló. Sin mirarlo. Con las manos temblorosas, pero decididas. Sacó su pene, ya medio duro, grueso, cubierto de un vello oscuro y húmedo. Lo sostuvo con ambas manos, lo acarició desde la base hasta la cabeza, observando cómo se endurecía más, cómo la punta se abría, exudando una gota clara y espesa que brillaba a la luz tenue.

—Ahora, abre la boca.

Ella lo hizo. Él la empujó suavemente hacia atrás, no con fuerza, pero con seguridad. Su pene rozó sus labios, luego su lengua, y finalmente entró. Profundo. Lento. El sonido que hizo Claudia no fue un gemido. Fue un grito ahogado, un quejido de rendición pura.

Diego la sostuvo por el pelo, moviéndose con ritmo constante, no rápido, no lento: exacto. Cada empujón la hacía resbalar un poco más en el suelo, pero ella no se quejaba. Masticaba. Chupaba. Lamiendo la cabeza, el glande, el glande que palpitaba con cada latido de su corazón.

—No voy a correrme en tu boca —dijo él, de pronto, retirándose—. Tú no me lo mereces aún. Pero voy a correrme en tu culo. Y tú vas a sentarte en él hasta que se enfríe.

Claudia asintió, jadeante. Él la levantó, la volteó hacia la pared, le abrió las piernas con un golpe de cadera, y con los dedos, la preparó. Un dedo. Dos. Tres. La estiró, la abrió, la lubró con su propia mezcla de sal y deseo.

—Está lista —murmuró Diego, posicionándose atrás—. Tú me perteneces, Claudia. Por hoy. Por siempre, si quieres.

Y luego entró. No con fuerza. No con urgencia. Con intención. Lento. Profundo. Hasta que sus testículos tocaron su perineo y su pene se hundió hasta la raíz, llenándola por completo.

Ella gritó.

Y él se corrió.

Su semilla, espesa y caliente, se vertió dentro de ella, pulsando con cada latido, hasta que no quedó nada más que el eco del placer y el olor a sexo en el aire.

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