El contrato de la señora V

El contrato de la señora V

@renata_sol ·8 de junio de 2026 · ★ 4.6 (10) · 371 lecturas · 6 min de lectura

La llave giró en la cerradura con un suave *click*, como un suspiro contenido. La puerta se abrió apenas un palmo, suficiente para que Lucía entrara y cerrara tras de sí, sin prisas, sin mirar atrás. En el recibidor, apenas iluminado por la luz tenue de una lámpara de pie con pantalla de terciopelo rojo, una figura aguardaba de pie, de espaldas, con las manos cruzadas a la espalda. Altura, postura recta, postura de quien no está acostumbrado a esperar —y menos con humildad.

—Señorita V —dijo Lucía, con una sonrisa apenas perceptible—. Estoy puntual. Como siempre.

Alejandro no se volvió de inmediato. Esperó tres segundos. Contó latidos. Escuchó el crujido del suelo de madera bajo los zapatos de Lucía, el leve chasquido de su bolso cuando lo dejó sobre la mesa baja. Entonces, con lentitud deliberada, se giró.

Vestía una camisa blanca, impecable, con los puños bien abotonados hasta la muñeca, y un chaleco oscuro que marcaba el pecho ancho, los hombros firmes. El cuello estaba descubierto, y el primer botón de la camisa estaba deshecho —una advertencia sutil, una grieta en la perfección. Sus ojos, grises como el acero templado, recorrieron a Lucía de arriba abajo, sin crudeza, pero con una precisión quirúrgica.

—Señorita V —repitió, con la voz grave, casi sin modulación—. Lleva diez minutos de retraso. El contrato dice: “Cada minuto fuera de hora se salda con un minuto de castigo”.

Lucía no parpadeó. Se quitó el abrigo con calma, lo colgó en el perchero con exactitud milimétrica, y luego, sin romper el contacto visual, se acercó hasta él. Estaba desnuda debajo. No por accidente, sino por elección. La falda corta, la blusa de seda, los tacones finos: todo iba a quitar, paso a paso, como si fuera un ritual sagrado. Se detuvo a un palmo de él, lo suficiente para que él sintiera el calor de su piel, el perfume de jazmín y tabaco frío que usaba desde que cumplió treinta.

—El reloj del comedor dañó —mintió, con una sonrisa pícara—. Creí que eran las ocho y media. Son las ocho y cincuenta.

—Entonces —dijo Alejandro, y por fin extendió una mano, los dedos largos, templados—, nos ahorramos el castigo. Pero no el precio.

Lucía alzó una ceja.

—¿Y cuál es el precio esta semana?

Él le tomó la muñeca, con firmeza, sin apretar, como si ya supiera que ella no se resistiría. La guio hacia el fondo del pasillo, hacia la habitación de los espejos —un cuarto que nunca había visto antes, aunque había estado allí muchas veces. Las paredes estaban cubiertas de cristal opaco, con líneas metálicas que formaban patrones geométricos. En el centro, una silla de madera oscura, alta, con brazos acolchados y una hebilla de cuero en el respaldo.

—El precio —dijo Alejandro, mientras cerraba la puerta con llave— es que esta semana, no hablarás.

Lucía exhala un suspiro. No es sorpresa. Es acogida.

—¿Ni una palabra?

—Ninguna.

—¿Y si necesito pedir algo?

—Usas las señales del contrato. Puedes golpear tres veces el brazo izquierdo para pedir un descanso. Dos veces, para pedir que siga. Una, para pedir que pare.

—Y si me arrepiento —preguntó ella, con la voz ya más baja, más cálida.

—Entonces dices la palabra.

—¿Cuál?

—“Ámbar”.

Ella sonrió. Ámbar. La palabra que nunca había dicho, pero que llevaba rondándole la lengua desde la primera vez que lo vio en la reunión de la asociación de arte contemporáneo, dos meses atrás. Él, disfrazado de moderador. Ella, disfrazada de curiosa.

—Entendido —dijo, y se acercó a la silla.

No hubo presión, ni fuerza. Solo una sucesión de gestos, como piezas de un rompecabezas que encajan por primera vez. Él le desabotonó la blusa, cada botón una pequeña victoria. La seda se abrió como un pétalo. Bajo ella, un sujetador de encaje negro, sin alzas ni rellenos: natural. Ella misma lo había elegido. No para complacer, sino para mostrarse. Él lo miró, pero no lo tocó aún. Se limitó a pasar los dedos por el borde, sintiendo el borde rígido del encaje contra la piel suave.

—¿Dolor? —preguntó, con la voz baja.

—No —mintió ella—. Estoy bien.

—No me refiero al pecho —dijo él, y por primera vez, le acarició el estómago con la palma abierta—. Me refiero a lo que sientes cuando te digo que vas a perder el control.

Ella no respondió. Solo cerró los ojos.

Él se puso de pie detrás de ella, y con movimientos suaves, le desabrochó la falda. La bajó por las caderas, las piernas, los tobillos. La dejó en el suelo, como una hoja seca. Ella permaneció inmóvil, en ropa interior: medias de malla, sujetador, y una slip de satén negro que apenas cubría lo esencial.

—Levanta los brazos —ordenó él.

Ella obedeció. Él le ató las muñecas a los brazos de la silla con una cinta de terciopelo negro, no con cuero ni con nudos apretados. Un límite suave. Una promesa.

—Esta semana —dijo él, y se arrodilló frente a ella—, vas a aprender a escuchar con el cuerpo.

Con lentitud, él deslizó una mano por su muslo, por la parte interna, donde la piel es más sensible, más viva. Lucía contuvo el aliento. No por miedo, sino por respeto. Porque esto no era un juego. Era un pacto. Un contrato firmado en silencio, sellado con sudor y deseo.

Su otra mano subió por su vientre, rozando el borde del sujetador, pero sin abrirlo. Solo con el roce, con el calor de su piel, con el peso de la expectativa.

—¿Sientes eso? —preguntó él, mientras su boca estaba a centímetros de su pecho—. Eso es el silencio.

Lucía asintió.

—¿Y esto?

Y entonces, con un movimiento que no fue sorpresa, sino revelación, él separó los labios del sujetador con los dedos y bajó el encaje, dejando al descubierto su pecho. No lo tocó aún. Solo lo miró. Su pecho, redondo, firme, con pezones oscuros y hinchados por la expectativa.

—¿Y esto? —repitió, y esta vez, su aliento rozó el pezón.

Ella no respondió. Solo arqueó la espalda, una ofrenda silenciosa.

Alejandro sonrió. Por primera vez, con la boca. Y entonces, con los labios, la besó.

No fue un beso rápido. Fue un beso largo, cálido, que se demoró en la curva de su cuello, en la curva de su clavícula, en la curva de su pecho. Le lamió el pezón con la punta de la lengua, una vez, dos veces, hasta que ella soltó un gemido apagado, que ella misma cubrió con la palma, como si se disculpara.

—No te disculpes —dijo él, con la voz ronca ya—. Ese sonido es tuyo. Es lo único que no está en el contrato.

Lucía lo miró, por primera vez sin miedo, sin duda.

—¿Y si quiero más? —preguntó, con los labios temblorosos.

—Entonces lo pides.

—¿Con palabras?

—No.

—¿Cómo?

Él se levantó. Se quitó el chaleco. Desabrochó la camisa, hasta el ombligo. Dejó al descubierto su torso, marcado, con una ligera cicatriz en el costado, una línea plateada que parecía una firma.

—Con el cuerpo —dijo él, y se acercó a ella, y con la frente, la empujó ligeramente hacia atrás, contra el respaldo de la silla—. El cuerpo habla cuando las palabras ya no alcanzan.

Y entonces, con una mano, le acarició la entrepierna, a través de la tela del slip. Le rozó el clítoris con la yema del dedo, una vez, dos veces, sin presión, sin urgencia.

—Dime cuándo quieres que pare —dijo él, mientras su otra mano se deslizaba por su muslo, hacia arriba, hasta rozar el borde de su vagina—.

Lucía cerró los ojos.

Y por primera vez, no pensó en el contrato.

Solo pensó en el calor.

En la espera.

En el silencio.

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@renata_sol

Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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