El contrato de la cuerda negra

El contrato de la cuerda negra

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 4.6 (4) · 76 lecturas · 6 min de lectura

La casa de campo de los Lagos, a veinte kilómetros de la ciudad, huele a madera quemada, vino barato y sudor de hombre. En la cocina, con las luces bajas y el reloj de pared marcando las once y cuarenta y cinco, Marta se pone de rodillas frente a la mesa de madera maciza. Sus manos temblorosas sostienen la cuerda negra de sisal que le entregó Lucas, sin decir una palabra, solo con la mirada baja y los labios apretados. Ella sabe lo que viene. Él también. Lo firmaron hace tres semanas, en una cafetería del centro, entre sorbos de café humeante y frases escuetas: “Vos me pertenecés una vez a la semana. Sin excusas. Sin límites claros. Yo decido. Vos cumplís.” Y ella, con el corazón en la garganta y las pupilas dilatadas, firmó con una X que parecía un grito contenido.

—Vení —dice Lucas, con la voz ronca, el cuello de la camisa desabotonado hasta el pecho, las manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla. No la mira. Se para frente a la ventana, con la espalda recta, como un juez que espera el veredicto.

Marta avanza, descalza, sobre el piso de madera fría. Los pies le pican de nervios. Lleva una pollera de seda negra, casi transparente, que le sube hasta el ombligo y le deja al descubierto la concha, ya húmeda sin que ella lo haya querido. No es vergüenza: es miedo. Es placer. Es la mezcla que la hace temblar desde que se acostó con él la primera vez, en el living, contra el vidrio templado que daba al jardín.

Se detiene a un metro. Respira profundo. Se humedece los labios con la punta de la lengua.

—Agáchate —ordena Lucas, sin voltear.

Ella se baja de a poco, hasta que las rodillas tocan el suelo. Sus codos se hunden en el aire frío. Lucas se gira entonces, y la mira de arriba abajo. No es una mirada de hombre que mira a una mujer. Es de dueño que evalúa su propiedad. Le sube la pollera con una mano, despacio, dejando al descubierto su culo entero: dos bolas suaves, la rendija oscura ya abierta, sudorosa, como una boca que espera ser abierta de golpe. Le acaricia la nalga izquierda con el dorso de la mano, luego la derecha. Le pellizca el pene del culo con fuerza, hasta que ella suelta un quejido bajo.

—Sí —murmura—. Ahí está. Tu concha, abierta. Esperando.

Lucas se arrodilla detrás de ella. Le agarra las caderas con ambas manos, con los pulgares presionando las espinas ilíacas. Le levanta el culo hasta que queda suspendida, boca abajo, sobre sus muslos. El peso de su cuerpo la aplasta. Ella grita, pero no es de dolor. Es de algo más hondo. Algo que le quema la garganta y le hace temblar los pies.

—Ahora —dice él—. Abrí la concha con los dedos. Mostráme qué tan mojada estás.

Ella obedece. Le separa los labios con el índice y el pulgar, descubriendo su interior: rosado, hinchado, con un pequeño nudo de carne que late como un corazón pequeño. Se humedece con su propia humedad, la pasa por el clítoris, y se inclina un poco más, para que él vea bien.

—Sí —repite Lucas—. Y no te muevas.

Se levanta, se desabrocha el cierre de su pantalón. La polla le salta, dura, gruesa, la punta húmeda y brillante. Se acerca, la fija entre los labios de su concha, rozando el clítoris con la punta del pene. Ella gime. Él no hace nada. Solo la presiona, con lentitud torturosa, hasta que la cabeza entra. Un poco más. Otra respiración. Otra. Hasta que se mete todo, hasta el fondo, hasta que el vello púbico de él le roza el culo.

Marta se agarra a la mesa con fuerza. Los nudillos se le ponen blancos. Él no la mueve. Solo la tiene clavada, con el pene metido hasta la raíz. Su respiración es pesada. La suya, entrecortada.

—Ahora —dice Lucas—. Mové. Hacélo vos.

Ella se inclina, empuja con las caderas, sube un poco, baja. Se mete la polla entera, se la saca con un chasquido húmedo. Lo hace otra vez. Y otra. Con cada movimiento, la cuerda negra le corta un poco más en las muñecas, que tiene atadas detrás de la espalda. El dolor es leve. Un aviso. Un recordatorio. Ella se deja llevar. Se deja comer por el deseo. Se deja hundir en el calor que le sube por las piernas.

Lucas le agarra el pelo, le tira hacia atrás. Le pone la boca pegada al borde de la mesa. Le mete los dedos en la concha, tres a la vez, los dobla, la estira, la masajea como si fuera masa de pan. Ella grita. Se le escapa un sonido animal, que nadie debería escuchar. Él la agarra más fuerte por el pelo. La mantiene fija. La mete y la saca, rápido ahora, con golpes secos que le hacen temblar todo el cuerpo.

—No te vayas —le susurra—. No te vayas, Marta. Aún no.

Ella siente que se viene. Que se deshace. Que no es más que un cuerpo, un calor, un grito. Él lo nota. Le pega un golpe seco en el culo con la palma abierta.

—No —dice—. No te vengas hasta que yo te lo diga.

Ella se retuerce. Se le escapa un llanto. Le pide, con la voz rota, que le deje venir. Él no le contesta. Sigue moviéndose. Le mete la polla y la saca. Le pellizca los pezones con los dedos. Le muerde el hombro, sin soltar el pelo. Ella se queda quieta. Respira. Espera.

—Vine —dice Lucas, de pronto—. Vino todo.

Se saca la polla de golpe. Ella suelta un grito ahogado. Él se pone de pie, se da vuelta, y le mete la polla en la boca. Ella lo chupa, con las manos atadas, con el cuerpo aún temblando. Él se le viene en la boca, con dos chorros largos, espesos, que le salpican la lengua, el paladar, la garganta. Ella los traga, uno por uno, sin apartar los ojos de los suyos. Él la libera de la cuerda. Ella se sienta en el piso, con la polla aún dura en su mano. Él se acerca, le acaricia el pelo. Le pone una mano en la cara.

—Sos mía —dice.

—Sí —responde ella, con la voz rota.

—Sos mía, y nadie más te va a tocar. Nadie.

Ella asiente. Se levanta. Se limpia la cara con la mano libre. Se pone de pie, despacio. Él la mira, con los ojos oscuros, con la respiración aún descontrolada. Le da la cuerda negra.

—Mañana —dice—. A la misma hora.

Ella la toma. La aprieta contra el pecho. Sabe que volverá. Sabe que volverá cada semana, hasta que él decida lo contrario. Sabe que lo hará, aunque le duela. Aunque le duela la concha. Aunque le duela el culo. Aunque le duela el alma.

Porque eso es lo que significa pertenecer.

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