El compartimento de Enero

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Subí al tren con el último respiro del andén, el corazón aún en el reloj de la estación, que marcaba siete minutos de retraso. El aire olía a hierro caliente y a café de máquina, ese sabor metálico de las mañanas fugadas. Llevaba en la mochila solo lo indispensable: un cambio de ropa, el pasaporte, un cuaderno sin estrenar y la certeza de que, en esta ocasión, no iba a ningún lado. Solo salía. Salía de un nombre que ya no pronuncio, de una ciudad que aprendí a nombrar sin nostalgia, de una cama que olvidó mi forma.

El tren era un viejo Transandino, ese que une ciudades que ya no conversan, con ventanas empañadas y asientos de cuero gastado, de esos que crujen al moverse, como si contaran historias con cada roce. Me asignaron un compartimento individual, pero el revisor, con aire distraído, me dijo que no me preocupara: “Si alguien viene, lo acomodo en otro vagón. Usted descansé.” Agradecí con una sonrisa que no pedía explicaciones.

El paisaje comenzó a desfilar: cerros bajos, techos rojos, perros que corrían tras el tren como si entendieran el viaje. Me senté junto a la ventana, dejé caer la mochila al suelo, y me quedé quieta, mirando cómo la ciudad se deshacía en polvo. Fue entonces que lo vi pasar.

No entró con prisa, sino con pausa, como si conociera el ritmo del vagón. Alto, traje oscuro, corbata desanudada, una gabardina colgada del brazo. Se detuvo frente a mi puerta, sin tocar. Me miró. No fue una mirada casual. Fue como si supiera que yo estaba allí, como si hubiera estado buscándome entre las sombras del pasillo. Llevaba una maleta de cuero, pequeña, elegante, y una mirada que no pedía permiso, sino que esperaba una señal.

—Este es el número 12 —dijo, sin abrir la puerta.

—Sí —respondí—. Y usted tiene el 11.

Asintió, como si ya lo supiera. No se movió.

—¿Le molesta si espero aquí? El revisor dice que hay confusión con las reservas.

—Claro —dije—. Pase.

Abrió la puerta con cuidado, como si temiera romper algo. Entró. Cerró. No se sentó. Se quedó de pie, frente a la ventana, mirando hacia afuera, pero sin ver el paisaje. Vi sus manos. Fuertes, cuidadas, con una vena que se marcaba en la muñeca, como un río bajo tierra. El tren tomó una curva lenta, y él perdió el equilibrio apenas, un leve tambaleo que lo acercó a mí. No retrocedió.

—¿Viaja mucho? —preguntó, sin mirarme.

—Solo cuando se me acaba el aliento en un lugar.

—Entiendo —dijo—. Yo también. Aunque no siempre por elección.

Se sentó, por fin, frente a mí. Cruzó las piernas. La gabardina quedó sobre sus rodillas. El traje le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su piel. No dijo su nombre. No lo pedí. A veces, los nombres pesan más que las maletas.

El silencio no fue incómodo. Fue espeso, como el aire antes de la lluvia. Miré mis manos. Él miró mis manos. No dijo nada. Solo alargó la suya, muy despacio, y tomó mi muñeca. No con fuerza. Con una presión apenas perceptible, como si temiera que me deshiciera. Su pulgar recorrió la línea que cruza la piel allí, esa que los lectores de palmas juran que revela el destino. No habló. Solo acarició. Yo no me moví. Sentí cómo el tren se volvía más lento, cómo el mundo afuera se desdibujaba, cómo su respiración se alineaba con la mía.

—¿Tiene frío? —preguntó, sin soltarme.

—No.

—Mentira —dijo, y sonrió por primera vez. Una sonrisa que no llegó a los ojos, pero que encendió algo en mi estómago.

Se quitó la gabardina y me cubrió con ella. Aún estaba caliente. Olía a tabaco antiguo, a perfume que no reconocí, a hombre que ha dormido poco y ha amado bien. Quedé envuelta en su ausencia, con su mano aún en mi muñeca, con su mirada fija en mí, como si estuviera memorizando cada pestañeo.

—¿Por qué subió aquí? —pregunté, al fin.

—Porque vi su ventana. Porque vi cómo se despedía del andén sin despedirse de nadie. Porque supe que, como yo, no huía hacia algo, sino desde algo.

No respondí. No hacía falta. Él tenía razón. Y en ese momento, no importó quién era, de dónde venía, a dónde iba. Importó que estábamos allí, en ese cuarto de metro cuadrado que el tren nos prestaba, con el paisaje corriendo como un fondo borroso, con el silencio lleno de palabras no dichas.

Sacó una botella pequeña del bolsillo interior del saco. Whisky. Sin hielo. Me ofreció. Bebí un trago corto. El alcohol bajó lento, como lava. Me devolvió la botella. No bebió. Solo me miró.

—¿Y si este tren no llega a destino? —preguntó.

—¿Y si no quiere llegar?

—Entonces —dijo—, ¿qué haríamos?

No respondí con palabras. Me puse de pie. Di un paso. Solo uno. Quedé frente a él. A centímetros. Sentí su respiración en mi cuello. No se movió. No me tocó. Solo esperó.

—Este tren —dije— no tiene destino. Solo rutas. Y nosotros… solo tenemos ahora.

Entonces me tomó por la cintura. Con ambas manos. Me acercó. No besó mis labios. Los rozó. Una vez. Dos. Tres. Cada vez más cerca de lo inevitable. Su boca era suave, pero segura. Como si supiera que yo ya había dicho sí con el cuerpo antes de que mis labios lo hicieran.

El tren tomó otra curva. Esta vez, no nos tambaleamos. Nos sostuvimos. Y cuando el beso finalmente llegó, profundo, húmedo, hambriento, fue como si el mundo entero se hubiera detenido solo para que ese instante durara.

No hubo prisa. No hubo ropa desgarrada, ni jadeos prematuros. Hubo manos que exploraron con paciencia, labios que dibujaron mapas en la piel, cuerpos que se reconocieron como si ya se hubieran encontrado antes, en otra vida, en otro tren, en otra ciudad que ya no existe.

Y cuando el revisor tocó a la puerta, horas después, para avisar que faltaban veinte minutos para la próxima estación, ya no importaba quién bajaba, quién se quedaba, quién mentía con un beso en la mejilla.

Solo importó que, por un rato, el tiempo se detuvo. Y que el amor, o lo que fuera, no necesitó nombre. Solo necesitó un compartimento, un whisky, un viaje sin regreso.

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Series