El Collar de Cuero y la Promesa de la Seda

El Collar de Cuero y la Promesa de la Seda

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La noche se arrastraba por las calles de Recoleta, húmeda y pesada, como un aliento contenido. En el sótano de un edificio antiguo del barrio de Palermo —sin ventanas, sin relojes, sin distracciones—, el aire olía a cuero viejo, cera de bees y algo más sutil: sudor seco, expectativa.

María entró con los pies descalzos y el cuello descubierto. Llevaba una falda larga de seda negra que le rozaba los tobillos, y bajo el tejido, el contorno de sus muslos, tensos y calientes. Sus ojos, oscuros como el fondo de una copa vacía, buscaron al instante al dueño del lugar: el hombre de la silla de cuero, sentado con las piernas cruzadas, las manos en los brazos, las uñas bien cortas y los nudillos marcados por el tiempo y el control.

—Vení —dijo él, sin moverse. Solo una voz grave, como tronco de árbol hundido en tierra fértil.

Ella avanzó, paso a paso, con la respiración ya acelerada, pero la espalda derecha, la barbilla alzada. No era una sumisa. Era una mujer que elegía, que sabía qué quería y cuándo.

—¿Me sacás la falda vos, o la saco yo? —preguntó, deteniéndose a un metro, cerca ya del olor de su tabaco y cuero.

Joaquín no sonrió. Solo levantó una ceja, como quien considera una apuesta. Luego, con lentitud teatral, se puso de pie. Se acercó. La rodeó, no para abrazarla, sino para inspeccionarla, como si ya conociera cada curva pero quisiera reconfirmarla. Sus dedos rozaron la cintura de la falda, la seda resbaló por sus nudillos, y entonces, con un gesto seco pero sin fuerza bruta, tiró de la tela hacia abajo.

La falda cayó hasta sus tobillos, y María quedó de pie, en medias de malla negra con una costura fina en la parte trasera, y un sujetador de encaje que dejaba al descubierto la curva de sus hombros y la base de su cuello.

—Mirá cómo te queda el collar —dijo él, señalando con la cabeza hacia la mesa lateral, donde reposaba una correa de cuero grueso, con una hebilla de plata en forma de serpiente devorando su propia cola.

Ella se quitó las medias con calma, enrollándolas una por una, como quien desenrolla una cinta de regalo. Luego, se sentó en el borde de la mesa, las manos detrás de la nuca, los codos separados, los pechos alzados, el ombligo marcado por la luz tenue de la lámpara de pie.

—Este collar —continuó él, acercándose con la correa en la mano— es para vos. Pero no es de regalo. Es de promesa.

—¿Qué promesa? —preguntó ella, y por primera vez, su voz tembló un poco, pero no de miedo: de anticipación.

—Que me lo vas a pedir. Que lo vas a pedir con los ojos cerrados, con la boca abierta, con la lengua fuera. Que lo vas a pedir hasta que yo decida que ya estás lista para usarlo. Y cuando lo estés, vos vas a ser la que elija cuándo se lo sacás a alguien. ¿Entendés?

Ella tragó saliva. No lo miró a los ojos. Bajó la vista al collar, luego a su propio pecho, luego al suelo. Y asintió, apenas.

—Sí.

Él le ató el collar, firme pero sin apretar. La hebilla le rozó la piel, y ella soltó un suspiro que era más un gemido ahogado, una rendición temprana. Luego, él le pasó los dedos por el cuello, hacia abajo, por la clavícula, hasta detenerse en el borde del sujetador.

—Ahora —dijo—, sacá el sujetador vos. Con las manos. Desabrochá el cierre. Y cuando lo tengas en la punta de los dedos… me lo mostrás, pero no lo sacás. Lo sostenés. Sólo lo mostrás. Y me decís qué es lo que querés que haga después.

María respiró hondo. Desabrochó. El encaje se abrió con un chasquido casi imperceptible. Sostuvo la tela con los dedos, y elevó las manos hasta que el pecho quedó expuesto, pero oculto por la sombra de sus brazos.

—Quiero que me lo uses —dijo—. Quiero que me lo usés hasta que me olvide de mi nombre.

Joaquín asintió. Y entonces, por primera vez, sonrió. No de placer, sino de reconocimiento. Porque sabía: la promesa ya había comenzado.

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