El Código de Barras en el Cuello
7 minEl Código de Barras en el Cuello
Me llamaba Valeria, sí, pero esa noche no era Valeria. Esa noche era solo la mujer con el pelo recogido en un nudo desordenado, los hombros descubiertos por la camiseta blanca un poco demasiado ajustada, y las uñas pintadas de un rojo que parecía sangre fresca bajo las luces tenues del bar. Me llamaba *ahí*, presente, con los pies descalzos sobre el piso de madera, el olor a gin tonic y a sudor seco de otras personas, de otras noches.
Lo vi en el banco del fondo, sentado con las piernas separadas, los codos apoyados en los muslos, las manos entrelazadas. No sonreía. No miraba a nadie. Solo estaba, como si el mundo girara a su alrededor sin tocarlo. Tenía los ojos color miel, pero no calientes: fríos, atentos. Como si estuviera calculando algo que aún no tenía nombre. Llevaba una camisa oscura, desabotonada hasta el pecho, y en el cuello, colgando de una cadena fina, un pequeño colgante: un lector de código de barras, ese que usan en los supermercados. Me reí en voz baja, no por gracia, sino porque algo en la absurdidad me hizo sentir que respiraba mejor.
—¿Te gusta? —preguntó, sin moverse, como si hubiera escuchado mi risa a través de una pared.
Asentí. Me levanté. No dudé. Caminé con pasos lentos, dejando atrás el ruido del bar, como si abriera una puerta invisible.
—¿Por qué llevas eso puesto? —le pregunté cuando estuve frente a él.
—Porque escaneo cosas. —Su voz era áspera, baja, sin prisa.— A veces escaneo personas.
—¿Y qué ves en mí?
—Un número que no está en el sistema. —Me tomó de la muñeca, suave, pero con firmeza.— ¿Te importa si lo pruebo?
—Depende —dije, inclinándome un poco, hasta que mi cabello le rozó la mejilla—. ¿Qué pasa si sale mal?
—Nunca sale mal. Solo cambia de valor.
Me llevó a un cuarto pequeño, al fondo del edificio. No era un hotel, no era un apartamento: era un espacio vacío, sin muebles, con una colchoneta en el suelo y una lámpara de pie que proyectaba sombras largas en la pared. El aire olía a polvo, cera y algo que no pude nombrar, pero que me hizo sentir que estaba entrando en un lugar que me pertenecía.
Se quitó la camisa lentamente, como si cada botón fuera una promesa. Tenía el pecho ancho, los músculos definidos pero no exagerados, como si hubiera construido su cuerpo con trabajo y no con vanidad. Me miró mientras me quitaba la camiseta, y cuando se detuvo un instante en el sostén negro de encaje, no dijo nada. Solo me tocó la cintura, con los pulgares rozando la curva de mi ombligo, y me dijo:
—Ahora no eres Valeria. Ahora eres el código que acabo de escanear.
Su mano subió por mi costado, lenta, hasta que alcanzó la parte trasera de mi cuello. Me giró, despacio, y me pidió que me arrodillara frente a él. No era una orden. Era una invitación. Me senté sobre los talones, con las manos sobre las muslos, y lo vi desde abajo: su pecho subiendo y bajando, la línea de vello que descendía desde su ombligo, el pantalón aún intacto.
—¿Tienes ganas de que te toque aquí? —preguntó, con los dedos rozando el borde del colgante.
—Sí —respondí, sin vacilar.
—¿Y si te lo pongo?
—Depende —dije, sonriendo—. ¿Dónde?
—En el cuello. Justo donde se vea.
No dudé. Le tomé la muñeca y la llevé hasta mi nuca, apretando su mano contra mi piel. Él soltó una risa corta, casi un suspiro, y con la otra mano desabotonó los primeros botones de su pantalón. No me pidió permiso para besarme. Me besó con los labios cerrados, la lengua apenas rozando mis dientes, como si estuviera aprendiendo mi sabor. Me incliné hacia adelante, buscando más contacto, y entonces él me detuvo, suavemente.
—No así. —Me sostuvo la barbilla—. Quiero verte cuando lo haga.
Me levantó, me sentó sobre la colchoneta, y se acomodó detrás de mí, con mis piernas abiertas a cada lado de su cintura. Me desabrochó el sostén con un solo movimiento, y cuando el tejido cedió, me giró un poco para ver su cara. Él me miraba como si yo fuera la única persona en el mundo que sabía cómo respirar.
Me tomó de las caderas y me jala hacia atrás, hasta que mi espalda quedó pegada a su pecho. Sentí su erección contra mi nalga izquierda, dura, inquisitiva. Me besó el cuello, primero suave, luego más profundo, hasta que sentí el calor de su aliento en la base de mi oreja.
—¿Sientes eso? —preguntó, con la mano derecha sobre mi estómago, la izquierda rozando mi pecho.
—Sí.
—¿Y si te digo que quiero que te muevas?
No tuve que pensar. Me levanté un poco, apoyando las manos en la colchoneta, y empecé a moverme suavemente hacia atrás, buscando el ritmo que él me daba con las caderas. Él suspiró, más fuerte esta vez, y me tomó de los cabellos, tirando con ternura, suficiente para que cerrara los ojos y dejara que el mundo se hiciera pequeño.
—Ahora —dijo—. Quiero sentir tu boca.
Me giró, me puso de rodillas otra vez, y esta vez sí, me tomó la cara entre sus manos y me besó con urgencia. Me abrió la boca con su lengua, y yo le devolví el favor, con los dedos en su nuca, tirando con fuerza, sintiendo cómo temblaba.
Se separó un segundo, se quitó los pantalones y la ropa interior, y me mostró su cuerpo entero por primera vez: alto, musculoso, con una cicatriz pequeña en el hombro derecho y el ombligo marcado como si alguien lo hubiera marcado con un sello.
—¿Quieres verme? —preguntó, agarrando su erección con la mano.
—Sí —dije, y lo tomé yo también, con la palma abierta, sintiendo el calor que emanaba de él.
Lo guié hasta mi entrada, ya húmeda, ya lista. Me miró a los ojos mientras entraba, lento, hasta el fondo. Me di cuenta de que tenía los ojos cerrados, y entonces le puse las manos en las mejillas y le obligué a mirarme.
—No cierres los ojos —dije.
No lo hizo.
Se movió con calma al principio, como si estuviera leyendo algo invisible en mi rostro. Cada empuje era un descubrimiento: el ángulo perfecto, el ritmo que me hacía soltar una risa nerviosa, la forma en que su pecho rozaba mis pezones, duros ya por el aire frío y el calor de su cuerpo.
Luego, cuando me sentí a punto de romperme, él se inclinó hacia adelante, puso sus labios en mi oreja y me dijo, con voz ronca:
—¿Quieres que te haga daño? —No esperó respuesta. Me dio un mordisco suave en el lóbulo, sin romper la piel, solo suficiente para que mi cuerpo se tensara y soltara un grito ahogado—. Ese sonido —murmuró—. Ese es el código que escaneo. El único que me importa.
Me giró, me puso de espaldas a él, y me tomó de la cintura con fuerza. Me metió dos dedos, uno tras el otro, lentos, observando cómo se abrían, cómo se estiraban para mí. Sentí su erección contra mi espalda, pulsando, ansiosa. Me besó el cuello, y esta vez, cuando me entró otra vez, fue con un empuje profundo, firme, que me sacudió entera.
No hubo palabras después de eso. Solo el sonido de su respiración, el roce de su piel contra la mía, los gemidos que salían de mí como si fueran parte del aire mismo. Me tomó de una pierna y la elevó, cambiando el ángulo, y entonces sentí que algo dentro de mí se desbloqueó, como si una cerradura se hubiera abierto con un clic seco y definitivo.
Me corrió encima, con la frente apoyada en mi hombro, los dientes cerrados, los músculos temblando. Y cuando se retiró, lentamente, se inclinó y me besó en la nuca, donde aún sentía la marca de su diente.
—¿Te duele? —preguntó.
—No —respondí, y lo besé en la mejilla—. Es mi código ahora.
Se quedó un momento en silencio, mirándome. Luego, con una sonrisa que no tenía nada de fría, me pasó el colgante por el cuello, como si me lo estuviera colgando como un amuleto.
—¿Volverás? —pregunté.
—Sí —dijo—. Mañana a la misma hora. Trae tu camiseta blanca.
—¿Y si no la tengo?
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