El círculo de las hojas
El sol se hundía tras los eucaliptus del fondo del jardín, pintando el aire de dorado oscuro y haciendo brillar el sudor en la piel de cada uno. Yo ya estaba sentado en el banco de madera, con las manos apoyadas en los muslos y la camiseta tirada hacia atrás, dejando que el aire cálido acariciara el vello del pecho. Me habían avisado que llegaría tarde, que no importaba: “Vení cuando quieras, acá el tiempo no corre, solo se siente”. Y tenían razón.
Las primeras en aparecer fueron Lucía y Florencia. Caminaban juntas por el sendero de piedras, con sandalias de cuero desgastado y faldas largas que ondeaban con cada paso. Lucía, de piernas largas y cadera estrecha, llevaba el pelo negro recogido en un nudo suelto, con algunas hebras pegadas al cuello por la humedad del atardecer. Florencia, en cambio, tenía el cuerpo más redondo, las tetas pesadas y los brazos suaves, y se había pintado las uñas de un rojo oscuro que llamaba más que el brillo del sol. Se detuvieron frente a mí, y Florencia me sonrió con esa complicidad de quienes ya saben lo que está por venir.
—Ya te veo acá, quietecito como un gato —dijo, sentándose a mi lado y apoyando la espalda en la mía. Lucía se quedó de pie, desabrochándose la falda con lentitud, como si cada botón fuera un juramento que romper.
El agua de la pileta, iluminada por las primeras luces de las luces de tela colgadas en los árboles, parecía líquido plata. Nos miramos sin prisa, sin apuro. Nadie dijo “vamos a hacerlo”, nadie preguntó “¿estás cómoda?”. Simplemente lo sabíamos. La comodidad era el fondo del jardín, la brisa que entraba por las copas de los árboles, el olor a tierra mojada y a jazmín. Todo estaba dicho desde antes.
Lucía se quitó la falda y la dejó sobre una silla de tijera, luego se deshizo del sujetador con un movimiento de hombros. Sus tetas pequeñas y firmes se mecían con la respiración, los pezones oscuros y tiesos ya por el aire fresco. Yo la miraba sin parpadear, con las manos ahora cerradas en puños suaves sobre los muslos, sintiendo cómo el cuerpo me reaccionaba: el pene, blando hasta entonces, empezaba a hincharse contra el elástico de los boxers.
Florencia se levantó y se acercó a Lucía, con las manos ya en su cintura. Se besaron despacio, sin apuro, como si hubieran estado haciendo eso toda la vida. La lengua de Florencia entró en la boca de Lucía con naturalidad, y Lucía le abrió más la boca, permitiendo que sus labios se hundieran en los de la otra. Yo me levanté, me acerqué por detrás, y puse una mano en la cadera de Florencia, la otra en la nuca de Lucía, y sumé mi lengua al juego. Tres bocas, tres respiraciones entrelazadas, el sabor dulce de los besos y el salado del sudor.
Cuando se separaron, Lucía me miró con los ojos vidriosos y me tendió la mano.
—Vení —dijo, sin soltarme la mirada.
Nos movimos hacia la pileta, despacio, como si el agua fuera a escaparse si nos apurábamos. Me deshice de la camiseta y los boxers, y me senté en el borde, con los pies dentro. El agua estaba tibia, perfecta. Florencia se quitó la falda y el camisón de algodón que usaba debajo, dejando al descubierto un cuerpo redondo, cálido, con un vello pubiano rubio y ondulado. Se sentó frente a mí, entre mis piernas, y me pidió que la sostuviera. Yo la tomé por las caderas, la elevé un poco, y ella se sentó sobre mi pene, ya bien endurecido, con la punta rozando su concha húmeda.
No se sentó de golpe. Bajó despacio, dejando que yo la llenara, que mis manos se aferrasen a sus muslos mientras su cuerpo se acomodaba, suave, con un suspiro que se perdió en el aire. Su concha estaba hinchada, caliente, con ese temblor que solo da el deseo maduro. Me miró de frente, con los ojos cerrados, y me dijo:
—Sí… así, que sientas todo.
Lucía se acercó entonces y se puso de rodillas a mi lado. Con una mano me acarició el muslo, con la otra me tomó labetween los testículos y me acarició el pene, con la punta de los dedos, con suavidad, como si estuviera acariciando una flor recién abierta. Florencia empezó a moverse sobre mí, con un ritmo que nacía de dentro, de su propio calor, y yo la dejé ir, sin marcarle el paso. Solo la sostenía, sentía cómo su cuerpo se abría y cerraba a mi alrededor, cómo su concha se humedecía más y más hasta que el agua de la pileta empezó a rozar sus labios externos.
Entonces Lucía se inclinó, puso su boca sobre la de Florencia, y empezó a besarla de nuevo, esta vez con más hambre. Yo sentí cómo Florencia se tensaba sobre mí, cómo su respiración se cortaba, cómo su concha se apretaba con fuerza. Lucía le mordió el labio inferior con dulzura, le pasó la lengua por el cuello, y Florencia gritó mi nombre, un grito ahogado, como si no quisiera romper el hechizo.
—No te detengas —le susurré al oído—, seguí,Flo.
Y ella lo hizo. Subió, bajó, se movió con más fuerza, con más ganas. Sus tetas me rozaban el pecho, sudadas y pesadas. Lucía, entre tanto, me había tomado el pene con ambas manos y empezó a moverlas con un ritmo lento, sincero, como si estuviera rezando con las manos. Yo cerré los ojos y sentí el calor de Florencia, la humedad de Lucía, el olor a sal y a jazmín que ya no se distinguía.
Florencia se agitó de nuevo, esta vez con más fuerza, y me dijo:
—Andrés… estoy ahí… no puedo más…
—Cogeme entonces —le dije—, cogeme de una vez.
Y ella lo hizo. Se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en mis muslos, y se bajó con un movimiento brusco, hasta el fondo. Me sentí hundido en su calor, en su concha, en su cuerpo entero. Lucía, en ese momento, dejó de mover las manos y puso su boca sobre mi pecho, con la lengua rozando mi pezón, y con la otra mano siguió acariciando a Florencia, en su pubis, en su cadera, en su trasero. Todo a la vez.
Florencia empezó a temblar, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, y su concha se contrajo, se estremeció, y me soltó un grito contenido, como un lamento suave. Yo la sentí, cómo su cuerpo se derramaba sobre mí, cómo su calor me envolvía, cómo su respiración se volvía entrecortada. Yo, sin esperarlo, me dejé llevar, y sentí cómo el pene me temblaba dentro de su concha, y me corré, con fuerza, con calma, como si el mundo se hubiera quedado quieto y solo existiera su cuerpo sobre el mío.
Lucía se levantó entonces, me besó en la frente, y se sentó en el borde de la pileta, con las piernas separadas. Me miró y me tendió la mano.
—Vení —dijo—, ahora soy yo.
Me acerqué, me incliné, y la besé en la boca. Su lengua entró, dulce y tibia, y yo sentí cómo Florencia, aún sentada sobre mí, con el pene blando ya dentro de su concha, me acariciaba el brazo, me decía:
—Dejala, que te merece.
Lucía se separó y me pidió que la tomara de las piernas. Yo lo hice, y la elevé, con su concha abierta, húmeda, con los labios hinchados y brillantes. Le separé los labios con los dedos y la miré, de verdad, por primera vez. Su concha era pequeña, redonda, con un clítoris oscuro y puntiagudo, que ya temblaba al ritmo de su respiración. Le besé el clítoris con la punta de la lengua, una, dos veces, y ella gimió, un grito corto, de los que no se pueden contener. Florencia, detrás, me acarició la nuca y me dijo:
—Dale, andá con ella… que te está esperando.
Le metí la lengua dentro, despacio, con cuidado, y sentí cómo su cuerpo se estremecía, cómo su concha se cerraba sobre mi lengua, cómo me pedía más con un gemido que sonó como un suspiro de alivio. La toqué con los dedos, la abrí, la sentí tierna y caliente, y cuando sentí que estaba a punto, la besé de nuevo en el clítoris y la lamí con más fuerza, hasta que ella se arqueó, gritó mi nombre, y su concha se des
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