El Canto del Agua en la Ducha
La lluvia golpeaba con fuerza contra el vidrio del balcón cuando te escuché llegar. No fue el sonido de la llave en la cerradura —ya la conocía de memoria—, sino ese leve suspiro que solés dejar escapar cuando entrás, como si el mundo te hubiera exigido más de lo que estabas dispuesta a dar ese día. Yo, sentada en la orilla de la cama, con los pies descalzos sobre el piso frío y las rodillas dobladas, apretando una toalla contra el pecho aunque no hacía frío, sentí tu presencia antes que tus palabras.
—¿Viste que se vino un temporal de los grandes? —dije, sin mirarte aún, dejando que el silencio se estire como una goma elástica que temo se rompa.
—Sí —respondiste, acercándote despacio. Tu voz, esa mezcla de gravedad y brisa, me rozó la nuca antes de que tu piel lo hiciera.— Estaba empapada. Pero no me quejo.
Me giré entonces, y vos estabas ahí: pelo negro, oscuro como el alquitrán bajo la luz tenue, con mechones pegados al cuello y a las sienes, gotas que resbalaban por tu cuello y se perdían en el hueco de tu clavícula. Llevabas una camiseta blanca, ya translúcida, que se pegaba a tu torso con la humedad, dejando entrever la curva suave de tus pechos, la sombra de tu ombligo, el inicio de lo que luego —con el tiempo, con cuidado— se fue convirtiendo en algo más definido, más tuyo.
—Pasate a secar —te dije, y te tomé de la muñeca. No con urgencia, pero con firmeza. Con certeza.
La ducha estaba aún con la humedad del baño anterior, el vapor pegándose al espejo empañado. Te puse detrás de mí mientras abría el grifo, dejando que el agua caliente se acumulara primero en el suelo, formando charcos que luego se mezclaban con el chorro. Te observaba por el rabillo del ojo mientras tus dedos desabrochaban los botones de tu camiseta. No con prisa, no con vergüenza, sino como quien se quita una capa de la piel, sin esfuerzo. Cuando la camiseta cayó al suelo, mojada ya, dejaste que el agua te rozara los hombros, los brazos, y después, lentamente, el pecho.
—¿Querés que te lave el pelo? —pregunté, tomando el champú en mi palma.
—Sí —murmuraste, y cerraste los ojos cuando mis uñas —cortas, limpias, sin esmalte— rozaron tu cuero cabelludo. El agua templada se deslizaba por tu cuello, por tus hombros, por la curva de tu espalda baja. Yo sentía el calor de tu cuerpo bajo mis manos, el latido que se aceleraba cuando mis dedos descendían más abajo, rozando la base de tu columna, el inicio de tus nalgas, y luego, sin apuro, la curva de tus caderas.
—Volvé la cabeza —te susurré.
Lo hiciste, y entonces sí te miré cara a cara. El agua te corría por la frente, por las pestañas, por el labio inferior, húmedo y entreabierto. Tu piel, pálida pero no frágil, con ese brillo que tiene quien cuida de sí misma con paciencia. Tenés un lunar justo debajo del labio, casi imperceptible, y a veces, cuando estás nerviosa o contenta, se oscurece un poco, como si tu cuerpo quisiera señalarte: *ahí, acá, esto es real*.
—Sostené la toalla —te dije, entregándotela. Y mientras vos la tomabas, yo me quitaba la mía, dejándola caer al suelo. El agua me castigaba los pechos, los pezones endureciéndose enseguida, no por el frío sino por tu mirada, que no me había soltado desde que me desvestí.
Te acerqué la mano. No a tocarte, sino a que la tocaras vos. Tu dedo índice se deslizó por la línea de mi muñeca, subió por el antebrazo, rozó el codo, y luego bajó otra vez, pero esta vez más adentro, rozando el interior de mi brazo, donde la piel es más sensible, más viva.
—Estás temblando —dijiste.
—Sí —reconocí, sin sonrojo, sin vergüenza.— Es que soy tonta. Me pongo nerviosa cuando estás cerca.
Me tomaste entonces por la cintura, y yo me dejé llevar, pegando mi cuerpo al tuyo, piel con piel, agua con agua. Tu vientre contra el mío, tus caderas abiertas, y yo entre ellas, como si siempre hubiéramos sido así: dos cuerpos que se reconocen aunque el mundo aún no los haya nombrado.
—Decime qué querés —me susurraste al oído, y tu aliento me erizó la piel.
—Quiero sentir tu boca —respondí, sin dudar.— Quiero que me digas cómo soy cuando me toco, cuando me dejo llevar. Quiero que me digas lo que vos ves cuando me mirás sin esconder nada.
Y entonces vos —vos, que siempre tenés esa mirada de quién está aprendiendo a amar con lentitud— me volviste la cabeza, me tomaste la barbilla, y me besaste. No con fuerza, pero con una intensidad que me hizo temblar las rodillas. Tu lengua encontró la mía con un ritmo que parecía antiguo, como si nos hubiéramos entrenado en sueños para este momento. Tu mano subió por mi espalda, bajó por mi cadera, y cuando me apretaste el culo, no grité, pero sentí que el aire se me escapaba en un gemido apenas audible, como un susurro que no querés que escuche nadie más que yo.
—¿Te gusto así? —te pregunté, rozando con los dedos la curva de tu cuello, sintiendo el pulso bajo la piel.
—Me encantás —dijiste, y me besaste otra vez, más hondo, más lento.— Me encantás con esta voz, con este cuerpo, con estas manos que me tocan como si me conocieras desde siempre.
El agua seguía cayendo, pero ya no sentíamos el frío ni la humedad. Sentíamos solo lo que había entre nosotras: una tensión suave, como el primer hilo de un tejido que se va armando sin prisa, con paciencia, con cuidado. Tu mano subió de nuevo, esta vez por mi muslo, subiendo despacio, muy despacio, hasta rozar la entrepierna de mi shorts. No me lo quitaste, pero lo apretaste con los dedos, y yo me pegué más a vos, buscando el roce, buscando el calor.
—¿Querés que siga? —te pregunté, pero ya sabía la respuesta, porque tus ojos lo decían antes que tus labios.
—Vení —dijiste, y me tomaste de la mano, no hacia la puerta, sino hacia el espejo empañado. Con el dedo, dibujaste una línea en la niebla, y luego otra, y otra, hasta que formaste una palabra: *Camila*.
Y vos —mi nombre en tu boca, escrito en el espejo con el aliento, con el agua, con todo lo que nos queda por descubrir— me besaste de nuevo, y esta vez, cuando mis dedos se metieron bajo tu shorts y encontraron tu concha ya húmeda, no me detuve. Te toqué con lentitud, con ternura, con la certeza de que eso, lo que sentíamos, no era una etapa, no era un juego. Era algo real, algo que venía de adentro, algo que nos pertenecía.
Y en ese baño, bajo el agua que ya no caía con fuerza sino con paciencia, nos dimos espacio para respirar, para sentir, para decir sin palabras lo que el mundo aún no entiende del todo. Pero nosotros sí. Nosotros sí sabíamos.
Porque a veces, amarse es simplemente dejarse ser, dejarse tocar, dejarse escuchar cuando decís, entre jadeos y besos, *"acá estoy, soy así, y me gusta que lo sepas"*.
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