El Calor del Río
4 minEl Calor del Río
La noche en Villa de los Ríos caía suave, cargada de humedad y el canto de los grillos. Mariana, de treinta y dos años, con la piel morena y los ojos oscuros como el café recién colado, caminaba descalza por la orilla del río, donde el agua brillaba bajo la luna. Llevaba una camiseta blanca empapada por el sudor y la humedad, y un short de algodón que se le pegaba al cuerpo. A su lado, Luis —treinta y cinco, moreno, músculos definidos por años de trabajar en la finca, la barba crecida y los ojos llenos de una sonrisa lenta— la seguía sin hablar, con la respiración pesada y las manos metidas en los bolsillos.
—¿Tú también te sientes como si el aire quisiera comerse la piel? —preguntó Mariana, sin mirarlo, pero con la voz temblorosa.
Luis se detuvo. La giró hacia él con una mano en la cintura, la otra acariciándole el brazo, la palma firme y cálida. No respondió con palabras. Bajó la cabeza y mordisqueó el lóbulo de su oreja, luego rozó con los dientes su cuello, hasta que ella soltó un gemido bajo, ahogado, como un suspiro roto.
—Dime qué quieres —murmuró él, mientras le desabrochaba la camiseta con movimientos lentos. Los botones cayeron al suelo. Mariana no hizo falta empujarla. La camisa se deslizó por sus hombros, dejando al descubierto los pechos redondos, las pezones ya endurecidos por el calor y el antojo. Luis los miró un instante, con los ojos oscuros, y luego los tomó con las manos: apretó suavemente, los masajeó con la base de los pulgares, hasta que ella arqueó la espalda, pidiendo más.
—Quiero tu boca —dijo ella, y tiró de su camiseta, desafiando su paciencia.
Él se la quitó de un golpe seco. La camiseta voló lejos. Luis la empujó contra el tronco de un árbol, áspero, húmedo por la humedad del río. Ella le abrió el pantalón con manos seguras, sacó su pene —grueso, bien formado, la punta húmeda y brillante— y lo sostuvo un momento, acariciándolo con el pulgar. Luego bajó, y lo tomó en la boca.
Luis gruñó. Le temblaron las piernas. Metió los dedos en su pelo, no para detenerla, sino para empujarla, para hundirla más hondo. Mariana lo chupaba con ritmo, con la lengua rastreando el glande, con la garganta abierta, dejándose llevar por el placer que ambos sabían que estaba por explotar.
Se levantó, jadeante, y lo empujó contra el mismo árbol. Se desabrochó el short, lo bajó hasta las rodillas con una patada. Ya estaba mojada. El calor entre sus piernas era insoportable. Se colocó frente a él, con el pene de Luis apuntando hacia su vagina —húmeda, abierta, con los labios hinchados— y se bajó sobre él en un solo movimiento.
Gritó.
Luis la sujetó por las caderas, la clavó contra el tronco, y comenzó a empujar. No con fuerza bruta, sino con un ritmo que iba subiendo, cada embestida más profunda, más lenta, más necesitada. Ella se aferraba a sus brazos, a su nuca, y le mordía el hombro para no gritar demasiado. El río murmuraba al fondo, como testigo callado.
—Mira cómo te como —le dijo ella, con la voz rota, mientras se movía sobre él, con los pechos moviéndose al ritmo de sus embestidas. Su vagina se contraía alrededor de su pene, apretándolo, chupándolo, como si quisiera retenerlo para siempre.
Luis no aguantó más. Soltó una mano de su cadera y le rozó el clítoris, ya hinchado, con el pulgar. Ella se desbordó.
—¡Luis! —gritó, arqueándose, los ojos cerrados, el cuerpo temblando.
Él la tomó con fuerza, la levantó un poco, y se metió hasta la raíz. La clavó. Empujó. Y explotó dentro de ella, con un grito gutural, con una sacudida que le recorrió todo el cuerpo. El semen le salió espeso y caliente, llenándola, inondándola, como si el río mismo hubiera entrado por dentro.
Se quedaron quietos, pegados, sudados, el pecho de ella subiendo y bajando contra el pecho de él. Mariana besó su cuello, le lamió el sudor, le sonrió con los ojos llenos de luz.
—¿Otra vez? —preguntó ella.
Luis la miró, y su sonrisa fue la más peligrosa que ella había visto.
—Tú primero.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato · 0% de 0
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.