El café se enfrió en la mesa

El café se enfrió en la mesa

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (17) · 220 lecturas · 3 min de lectura

Yo no estaba buscando nada cuando la vi entrar. Solo iba a tomar un café antes de que empezara la clase —la de Filosofía del amor, irony de la vida—, con ese aire de sabio agotado que lleva uno tras años explicando lo que ya no cree. Ella se sentó dos mesas atrás, con un libro abierto, pero no lo leía. Lo sostenía con las manos flojas, la mirada perdida en la ventana, donde el sol de mediodía le dibujaba un halo dorado en los hombros.

Me llamó su forma de morderse el labio inferior, un hábito inconsciente, como si estuviera probando una idea. Tenía el pelo recogido en un nudo deshecho, con mechones sueltos que le rozaban el cuello, y una camisa blanca un poco abierta en el cuello, lo justo para que uno notara la curva de la clavícula. Cuando por fin se giró y me vio mirando —no con fastidio, sino con una sonrisa leve—, sentí un cosquilleo en la nuca, como cuando el aire se vuelve denso antes de la tormenta.

—¿También te aburre la filosofía hoy? —preguntó, y su voz era una mezcla de broma y confesión, con ese acento suave de Medellín que me arrastraba sin pedir permiso.

Me paré, como si me hubiera ordenado el cuerpo antes que el cerebro. Caminé con la taza vacía en la mano, como si fuera un pretexto digno. Me senté frente a ella, sin invitar, sin pedir permiso. Ella no se inmutó. Solo apartó el libro y apoyó los codos en la mesa, los dedos entrelazados, con las uñas pintadas de un rojo oscuro, casi burdeos.

—Me llamo Laura —dijo, como si me estuviera entregando una llave.

—Yo soy el profesor —respondí, y me di cuenta de que decía eso con una sonrisa que no tenía nada de académico.

—Claro —asintió, y su risa fue corta, dulce—. El profesor que habla del amor como si fuera un teorema.

—A veces me parece que lo es —mentí.

Ella se inclinó un poco hacia adelante, y el sol le iluminó el pecho, la curva de los senos bajo la tela. No era un gesto provocador; era natural, como respirar. Pero yo ya estaba conteniendo el aliento.

—¿Y si el teorema se demuestra con el cuerpo? —preguntó, bajando la voz, como si compartiera un secreto que ambos ya conocíamos.

No respondí. En su lugar, levanté la taza que tenía frente a mí —ya fría— y la puse a un lado. Luego, lentamente, extendí la mano y dejé el dorso de los dedos rozar su muñeca. No un toque, un aviso. Ella no retiró la mano. Solo cerró los ojos un segundo, como si sintiera el calor antes de que yo lo hiciera.

—¿Te parece mal si te mamo ahora? —dijo, sin abrir los párpados, como si ya estuviera en otro lugar.

Me costó respirar. Pero no fue el aire lo que faltó. Fue el tiempo.

—Aquí —susurré—. Si no te da miedo que alguien nos vea.

Ella abrió los ojos, verdes, con esas manchas oscuras alrededor de las pupilas, y me sonrió de nuevo. Esta vez, la sonrisa no era una ironía. Era una promesa.

—A mí me dan miedo más cosas que mirar un pito en una mesa de café —dijo, y me tomó la mano, no para estrecharla, sino para guiarla—. Pero tú no eres un pito, profesor. Tú eres el que me hace sentir que el mundo se detiene cuando me tocas.

Y así, entre el olor del café frío y el sol que ya se inclinaba hacia el oeste, entre risas contenidas y promesas que aún no tenían nombre, comencé a desabotonarle la camisa con la lentitud con que uno lee un poema que no quiere terminar nunca.

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