El Café de las Seis
7 minEl Café de las Seis
Vos tenés que entender una cosa: yo no andaba buscando nada. Veintitrés años, una carrera a medio caminar, un piso alquilado en Belgrano R, y la costumbre de ir a ese café tranquilo de la esquina de Córdoba y Juramento, a escribir. El Café de las Seis, sí —porque cerraba a las seis, pero a veces, si el día lo permitía, me quedaba hasta las siete y pico. El dueño, un tipo callado con barba canosa y manos de quien ha tenido que sostener mucho más que tazas de café, me conocía de vista. Me dejaba la mesa de la ventana, la que daba a la calle tranquila, con su luz de tarde cálida y los árboles moviéndose como si tuvieran algo que decirme.
Ese día, en cambio, tenía algo que decirme el silencio.
Llegué un poco antes de lo usual, con la libreta abierta, el bolígrafo ya medio seco. El café olía a tostado profundo, a leche quemada por error, a papel viejo y madera. Y vos, vos entraste sin hacer ruido, como si ya hubieras estado ahí antes, aunque supiera que no era así.
Cincuenta y un años, decía la fecha de nacimiento en tu DNI cuando lo dejaste caer sobre la mesa, sin prestarle atención. Viste un saco gris oscuro, desabrochado, camisa blanca con las mangas subidas hasta los codos, y una barba bien recortada que le marcaba la mandíbula con una dureza que no es solo de los años, sino de los decisiones tomadas. Tenías los ojos color miel, pero con una sombra de agotamiento —no de cansancio físico, sino de alguien que ha visto demasiado, pero sigue mirando. Me miraste a mí.
—Disculpá, ¿esta mesa está libre? —preguntaste, y tu voz era un bajo cálido, como el trueno lejano que anuncia una tormenta que no se atreve a descargarse del todo.
—Sí —dije, y me di cuenta de que me había salido más suave de lo que quería.
Te sentaste. Pediste un café cortado, negro, sin azúcar —como si sabés que el azúcar le quita la verdad al café—. Y yo seguí escribiendo, pero ya no escribía nada. Escribía con los ojos cerrados, solo para que vos no notaras que no me movía de la página, que mis dedos temblaban un poco.
—¿Es difícil? —preguntaste, sin mirarme, pero con la cabeza inclinada hacia mi libreta.
—No —mentí—. Es solo que no me sale nada. Hoy está todo seco.
—A veces —dijiste, y por fin me miraste directo—, el silencio es lo que más huele a promesa.
Te miré. Realmente te miré. Y fue como si algo se hubiera encendido en mi vientre, lento, sin pedir permiso. No fue la primera vez que un hombre me miraba así —con intención, con peso—, pero sí la primera que me pareció tan natural. Como si no fuera necesario disimular nada, porque lo que hay entre dos cuerpos ya hablaba por sí mismo.
El sol se fue moviendo, y vos seguís ahí, tomando café, hojeando un libro de tapa dura que sacaste de la bolsa de lona. Me fijé en tus manos: largas, con venas marcadas, uñas cortas, una pequeña cicatriz en el dorso. Leí en tus ojos que habías sido un hombre que luchaba por lo que quería, pero que también sabía esperar. Y eso, en un mundo que corre como loco, es más raro que un verano sin calor.
—¿Por qué venís acá, cada día? —me preguntaste cuando ya el sol se inclinaba hacia el oeste, pintando de naranja las paredes del café.
—Porque es mi rincón. Donde puedo estar sola, aunque esté rodeada de gente.
—Y ahora ¿estás sola?
—No —dije, y sentí que mi voz se partía en dos—. No desde que entraste.
Te acercaste un poco más. No me tocaste, pero el aire entre nosotros se volvió espeso, como si hubiera empezado a quemarse.
—¿Te gustan los hombres maduros? —preguntaste, sin ironía, sin presión, solo curiosidad.
—No sé si me gustan… —respondí—. Solo sé que vos me hacés sentir que puedo ser más osada de lo que creía.
Y vos sonreíste. No una sonrisa de triunfo, sino de complicidad. Como si ya hubieras estado ahí, en ese lugar interior, esperándome.
—Vení —dijiste, y me tendiste la mano.
No dudé. Te tomé la mano como quien se deja caer en una cama blanda y segura. Fuimos a tu auto, un Ford Focus gris, viejo pero cuidado. No dijiste nada hasta que arrancamos. Solo me miraste, y cuando cruzamos el primer semáforo, me acariciaste la nuca con el pulgar, como si ya me conocieras desde siempre.
—¿Te parece si vamos a mi casa? —preguntaste, sin dejar de mirarme—. No voy a forjarte nada. Solo querés estar ahí, conmigo. Si querés.
—Sí —susurré.
Tu casa estaba en Palermo Hollywood, un depto pequeño, con paredes color mostaza, estanterías llenas de libros y una cocina que olía a canela y café recién hecho. No había fotos de mujer ni hijos. Solo vos, en distintas épocas: joven, con barba larga y ojos brillantes; después, con gafas y una sonrisa más contenida; y por último, con una camiseta de algodón y pelo cano, mirando el mar.
Me sentaste en el sofá, y vos te arrodillaste frente a mí. No me besaste de entrada. Primero me desabrochaste el primer botón del blazer, despacio, como si cada movimiento fuera una promesa. Luego, con los ojos bajos, me pasaste los dedos por el cuello, y sentí cómo tu respiración cambió.
—Sos hermosa —dijiste—. Y no solo por lo que se ve.
Me besaste entonces. No fue un beso de juventud, rápido y urgente. Fue un beso lento, húmedo, con sabor a café y a verdad. Tus manos subieron por mis muslos, y vos me quitaste el blazer, dejándome solo la camiseta fina. Me miraste, y en tus ojos no había deseo bruto, sino una ternura que dolía.
—¿Querés que me saque la camisa? —preguntaste.
—Sí —dije—. Quiero sentir tu piel.
Y vos te la sacaste, despacio, dejando al descubierto un pecho ancho, con pelos canos que brillaban bajo la luz del atardecer. Me acerqué y puse mi mano sobre tu corazón. Latía fuerte, pero no desbocado. Estable. Seguro.
—¿Cuánto tiempo hacés esto? —te pregunté mientras te besaba el cuello.
—No lo sé —respondiste—. Pero hoy, con vos, sí.
Te desabroché el cinturón, y vos me levantaste la camiseta. Me quitaste los jeans con calma, y cuando quedamos casi desnudos, vos me tumbaste sobre el sofá y me miraste como si fuera la primera vez que me veías —y también como si ya me hubieras soñado todas las noches del mundo.
No hubo prisa. Solo tus dedos recorriendo mi vientre, bajando hasta mi ombligo, y luego hasta la curva de mis caderas. Me abriste las piernas con suavidad, y vos te inclinaste, me separaste los labios, y me besaste la concha con una lentitud que me hizo gritar tu nombre sin querer.
—Luz —dijiste—. Decime tu nombre.
—Lucía —susurré.
—Lucía… —repitiste, y ahora con la boca pegada a mi clítoris, me chupaste con una fuerza que no era agresiva, sino segura. Me chupaste como si supieras exactamente dónde tenía el botón mágico, como si ya hubieras estudiado mi cuerpo en sueños.
Me corriste con los dedos primero, despacio, metiéndolos uno a uno, mientras me besabas el cuello y me decías cosas que no necesitaban palabras, pero que igual me hicieron temblar. Luego me agarraste las caderas y me subiste la pierna sobre tu hombro, y vos entraste en mí con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.
—Estás tan apretada… —murmuraste—. Tan buena… tan mía.
Y vos empezaste a moverte. No con furia, sino con una cadencia antigua, de los tiempos en que el sexo no era una meta, sino un camino. Te sentías grande, firme, y al mismo tiempo, tan cuidadoso. Cada embestida era una promesa cumplida. Te escuché susurrar mi nombre, y cuando sentí que se acercaba, vos te inclinaste sobre mí y me besaste la boca mientras te corriste dentro, con un gemido bajo que vibró en mi pecho.
Nos quedamos ahí, abrazados, con tu piel pegada a la mía, el sudor frío y el calor de tu cuerpo fundiéndose con el mío. No dijimos nada. Solo respiramos.
—¿Volvés mañana? —me preguntaste, acariciándome el pelo.
—Sí —dije—. Si querés.
—Quiero —dijiste—. Quiero mucho.
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