El Café de las Seis

El Café de las Seis

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La puerta del Café del Sol chirrió suavemente cuando entró Martín, con el sol de la tarde ya cediendo su lugar al crepúsculo. Diez años de reloj de pared, cafés oscuros y ojos que ya no se asombran fácilmente. Llevaba pantalón gris claro, camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos, y una sonrisa que parecía guardada para alguien más. Pero no era así: esa sonrisa era para ella, aunque aún no la había visto.

Elena ya estaba allí, sentada en la mesa del fondo, junto a la ventana que daba a la calle tranquila. Su falda negra, apenas por encima de la rodilla, dejaba ver la curva suave de su muslo, la piel morena y tersa que el sol del verano no había desgastado. Tenía el pelo recogido en un moño suelto, algunas hebras sueltas rozando su cuello, y los ojos oscuros, húmedos de algo que no era solo café. Se giró cuando escuchó el paso de él, y se le dibujó una sonrisa lenta, perezosa, como un gato que acaba de decidir confiar.

—Vení, Martín —dijo, sin prisas, con esa voz que ya sabía cómo hacerlo temblar—. Te dejé el asiento de siempre.

Él se acercó, deslizándose en la silla opuesta. Las manos de él, grandes, con venas sutiles como ríos antiguos, rozaron por accidente el borde de la taza de ella. Un flechazo eléctrico, tan rápido que ambos fingieron no notarlo. Pero sus ojos se quedaron pegados, como imanes que ya habían encontrado su polo.

—¿Y este silencio? —preguntó ella, tomándose un sorbo de su espresso—. No es de tu agrado, ¿no?

—Es que —respondió él, inclinándose un poco hacia adelante— me gusta escucharte primero. Tu risa, tu forma de decir “¡mirá qué lindo el cielo hoy!” aunque no haya nada que ver.

Ella se mordió el labio, una mueca breve, intensa. Con la punta del pie, descalza dentro de sus sandalias, rozó la esquina de su tobillo. Un gesto casual, sí, pero con la precisión de un ladrón que ya sabe dónde guarda el oro.

—Sos un romántico de mierda, Martín —murmuró—. Pero me gusta.

Él rió, bajo, grave. Se levantó de golpe, como si algo lo hubiera despertado. Le tendió la mano.

—Vamos.

Elena no dudó. Le tomó la mano sin soltar su taza, con la otra se levantó, y lo siguió. Fuera, el aire ya olía a lluvia, pero no cayó ninguna gota. En cambio, el calor subía entre ellos, pegajoso, inevitable.

Subieron las escaleras del edificio de ella, en el segundo piso de un edificio viejo pero bien cuidado. Las luces estaban apagadas, salvo una lámpara de pie junto al sofá, con su abrigo de color crema colgado del respaldo. Ella se detuvo en la puerta del dormitorio.

—Decime que no querés —dijo, con la voz más baja, más rota—. Decime que es una mala idea. Así puedo olvidarla.

Él no respondió con palabras. Con la otra mano, con la que no la tenía de la suya, le acarició la nuca, con el pulgar rozando la curva de su oreja. Luego, con una lentitud que dolía, le bajó la hebilla del cinturón, dejó que la falda se deslizara por sus caderas como una ola de aceite. Bajo ella, llevaba una tanga negra, apenas un puñado de seda que ocultaba más de lo que mostraba.

—No quiero olvidar nada de vos —susurró él—. Quiero recordar cada latido, cada gota de sudor en tu cuello, cada vez que te muerdas el labio cuando te toco así.

Y la tocó. No con urgencia, sino con un deseo profundo, casi reverente. Le desabrochó el sujetador con un movimiento fluido, y cuando sus pechos salieron, redondos, firmes, con pezones ya duros bajo la luz tenue, él no se apresuró. Se inclinó, besó cada uno, lento, como si cada uno fuera un versículo de un poema que no quería terminar nunca.

Elena suspiró, arqueó la espalda, se dejó llevar. Con la mano libre, le desabotonó el pantalón, lo bajó junto con la ropa interior. Él quedó duro, pesado, ya temblando. Ella lo tomó en su puño, con una presión firme, y lo guió hacia su entrada.

—Apretá, Martín —gimió—. No me hagas esperar más.

Él la tomó por las caderas, la levantó con una fuerza que no sabía que tenía, y la empujó contra la pared. El contacto fue inmediato, completo, profundo. Ella gimió, él jadeó. No había prisa. Solo el ritmo, el vaivén lento, el rozar de piel con piel, el sonido de sus respiraciones entrecortadas.

—Sí —dijo ella, con los ojos cerrados, la boca entreabierta—. Más fuerte… pero sin romperme.

Y él obedeció. Cada embestida era un juramento, cada pausa un beso en su frente, en su cuello, en la comisura de sus labios. Ella lo abrazó, lo jaló hacia sí, lo mordió en el hombro cuando el orgasmo se acercó, cuando sus musculos se tensaron, cuando el mundo se redujo a un solo punto de luz y calor.

Se vinieron juntos, gritando sus nombres como si fueran oraciones. Él, dentro de ella, se derramó con un gemido que sonó a alivio, a casa. Ella lo sostuvo, lo acarició, lo besó.

Después

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