El Café de la Esquina que No Olvida
5 minEl Café de la Esquina que No Olvida
La lluvia castigaba suavemente los cristales del Café La Esquina cuando ella entró, con esa sonrisa que no usaba desde hace años —esa sonrisa que solo guardaba para los días en que sabía que él iba a estar allí, aunque no lo supiera. Me costó reconocerla al principio. El tiempo le había dejado una luz más cálida en la piel, un brillo en los ojos que antes solo yo veía cuando me miraba desde el fondo del salón, con esa mirada de quién ya sabe que algo va a cambiar.
—¿Diego? —dijo, bajando la voz como si temiera que el café la oyera.
Yo, con el celular aún en la mano y el último sorbo de mi tinto frío, asentí. No pude hablar de inmediato. Me dolía el pecho, pero no con dolor de pecho: era más fino, más agudo, como cuando el café se enfría y aún huele a humo recién encendido.
—¡Ay, mijo! —exclamó, quitándose la gabardina y dejando ver una blusa celeste que le acariciaba la cintura—. ¿Todavía tomas el café así de fuerte?
—Solo si está en buenas manos —le respondí, y ella soltó una risita corta, como si la palabra “manos” le hubiera hecho cosquillas en la nuca.
Clara. Mi cuñada. La hermana de mi esposa. La mujer que una noche de feriado —cuando todo el mundo creía que estábamos en casa, viendo series y comiendo papitas— me besó en la cocina, entre el aroma del pan recién horneado y el eco del reloj de pared que marcaba las once y veintitrés minutos. Fue una locura. Una sola vez. Pero cuando el beso terminó, no se fue corriendo. Se quedó. Me miró como si me estuviera aprendiendo por segunda vez, con las manos aún temblando y los ojos humedecidos.
—¿Y cómo está Laura? —preguntó, sentándose frente a mí, cruzando las piernas con esa naturalidad que solo da la costumbre.
—Bien. Trabajando. Como siempre.
—¿Y tú?
—Aquí. Esperando.
No dije “esperando a ti”, pero lo dije. Lo sentí en el silencio que siguió, que se alargó como una goma elástica a punto de romperse. Ella bajó la vista, jugueteó con la taza vacía, se mordió el labio inferior. Ese gesto —morderse el labio— lo hacía igual que hace diez años. Solo que antes lo hacía cuando le gustaba algo que no debía querer.
—Recuerdo esa noche —dijo, sin mirarme—. El cielo estaba como de plomo, y tú tenías esa camiseta gris que te quedaba apretada en los hombros…
—Me la puse特意 porque sabía que ibas a venir a dejar el postre —terminé yo, y por fin ella me miró, directo, con esos ojos verdes que aún me hacen sentir niño y hombre a la vez.
—Sí. Y luego… —se detuvo—. No dijimos nada al día siguiente. Como si nada hubiera pasado.
—Pero pasó.
Ella suspiró, como si soltara un peso que llevaba años arrastrando.
—Pasa. Siempre pasa.
La verdad es que yo tampoco había dejado de pensar en ella. No como en una fantasía, sino como en una señal. Una brújula que alguna vez apuntaba al norte, pero que, con el tiempo, se fue desviando. Laura era buena, sí. Le gustaba todo bien ordenado: los domingos a la misma hora, la comida a las siete, las vacaciones en diciembre. Pero con Clara… con Clara había algo que olía a tierra mojada, a humo de fogata, a promesas que no prometías pero que sabías que ibas a cumplir.
—¿Por qué hoy? —le pregunté, bajando la voz—. ¿Por qué ahora?
—Porque hoy Laura no iba a venir al almuerzo. Me dijo que se encontraba mal. Y yo… —puso una mano sobre la mesa, ligeramente inclinada, como si me estuviera pidiendo que la tomara—. Yo no me sentía mal. Me sentía… viva.
Y ahí, entre el olor a café recién hecho y el susurro del aire acondicionado, sentí cómo el cuerpo me respondía. El corazón se me aceleró, pero no con nervios: con esa certeza que solo da el reencuentro bien hecho.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba que te masajeara los hombros? —dije, y ella asintió, sin apartar la mirada.
—Sí. Pero siempre decías que era yo quien te daba fuerzas.
—Eso era verdad. Pero también era verdad que… cuando me tocabas, yo sentía que podía volar.
Ella se levantó. No con precipitación, sino con calma, como quien cierra un libro que ya sabes que vas a reabrir.
—Tengo que irme —dijo—. Pero antes…
Se inclinó, puso una mano en mi hombro y se acercó hasta mi oreja. Su aliento me hizo estremecer.
—Esta noche, cuando el mundo esté dormido… ¿te gustaría que te mamiara bien rico, como cuando éramos jóvenes y nadie nos veía?
No respondí. Solo le agarré la mano, la besé en el dorso, y le susurré:
—Sí. Pero solo si me prometes que no serás la misma de ayer.
Ella sonrió, esa sonrisa que aún me quita el aliento, y se fue.
El café seguía tibio. La lluvia, más suave ahora. Y yo, con el corazón latiendo como si estuviera preparando algo grande, algo que no se puede apagar con un “no” ni un “ya no”.
Esa noche, cuando el reloj marcó las diez y veintidós, escuché el timbre de la puerta.
Abrí.
Clara estaba allí, con una falda negra que le subía hasta la mitad de los muslos, una blusa blanca semitransparente y los labios pintados de rojo oscuro. No dijo nada. Solo se quitó la chaqueta y dejó que la luz del pasillo le marcara las curvas, como si fuera el último cuadro de una exposición que nadie más debía ver.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba que te tocara primero suave… y luego más fuerte? —preguntó, acercándose hasta que sentí su calor, su olor, su presencia.
—Sí. Pero hoy quiero que empieces por donde siempre terminaste: en la nuca.
Ella sonrió, puso sus manos en mis hombros, y con los dedos lentos, cálidos, empezó a deshacerme.
No fue rápido. No fue loco. Fue una canción que habíamos aprendido hace años, pero que nunca habíamos tocado completa.
Y mientras sus labios encontraban el hueco detrás de mis orejas, yo supe que esta vez no iba a ser solo una mentira.
Era una confesión.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, iba a decir la verdad.
¿Te ha gustado? Valóralo