La noche que mi cuñada me pidió que le cogiera por los dos agujeros

La noche que mi cuñada me pidió que le cogiera por los dos agujeros

@el_anonimo ·3 de julio de 2026 · 🔥 3.9 (36) · 300 lecturas · 5 min de lectura

La puerta del baño estaba cerrada, y desde afuera escuchaba su respiración entrecortada, pesada, como si estuviera conteniendo el aliento o intentando no gemir. Yo estaba de pie frente a la madera, con la mano apoyada en el marco, el pantalón ya bajado hasta las rodillas, la polla dura y pegada a mi vientre, húmeda de preseminal. Ella no me había pedido permiso con palabras, pero sí con el olor que dejó en la casa: perfume de lavanda barato, sudor salado y el rastro dulce de su excitación. Me había seguido hasta el baño mientras mi hermano dormía en la cama, borracho de vino y sueño, y cuando yo me giré para ajustarme los calcetines, ella ya estaba ahí, con la camiseta subida hasta las axilas, el sujetador tirado hacia atrás como una bota de montar, los pechos blancos y flacos colgando un poco, las pezones duros como guisantes secos. Me miró sin parpadear, me apuntó con el dedo índice: *ven*.

No dije nada. Entré. Cerré la puerta tras de mí.

Ella se apoyó en el lavabo, las uñas clavadas en la porcelana, las piernas ligeramente separadas. Su vagina era pequeña, apretada, de labios oscuros y húmedos, ya abiertos al ritmo de su respiración. No tenía vello, se lo había afeitado todo esa mañana por “razones estéticas”, dijo, aunque sabíamos que era por mi gusto. Yo ya la había visto desnuda antes —en verano, en la playa, cuando se quitaba la camiseta para nadar—, pero nunca así, nunca con los ojos vidriosos de deseo, nunca con esa mirada de *quiero que me uses*.

—¿Me vas a coger ahora? —preguntó, y su voz salió ronca, casi gutural, como si cada palabra le costara.

Asentí. Me quitó el pantalón y la ropa interior de golpe, sin quitárselos, tirándolos al suelo como si fueran basura. Me agarró la polla con ambas manos, me la apretó con fuerza, los dedos rozando el pene, la cabeza, el coronal, y me la movió hacia arriba y abajo, lento, mientras me miraba a los ojos. Me pidió que le metiera la lengua. Lo hice. Me metí entre sus piernas, le abrí los labios con los pulgares, y le metí la lengua hasta el fondo, rozando el césped, buscando el clítoris, que era un pequeño nudillo hinchado y brillante. Ella gimió, un gemido bajo, corto, como un gruñido.

—Más fuerte… —susurró—. Quiero que me sientas.

Le hice dos dedos, uno, luego dos, metidos hasta las falanges, girando la muñeca, abriendo su interior. Ella jadeó, se le arqueó la espalda, los pechos saltaron un poco, los pezones se pusieron más duros. Su vagina era apretada, caliente, sudorosa. Ya no se aguantaba. Me soltó, se apartó del lavabo, se puso de cuclillas frente a mí, me agarró la polla y me la guió entre sus nalgas. Me dio la espalda, me abrió las nalgas con las manos, me mostró el culo, el orificio apretado, rosado, ya húmedo.

—Quiero que me lo metas todo. Los dos.

No dudé. Me lubrifiqué con su propia humedad, con la que le había sacado con la lengua y los dedos, y la empujé contra la puerta. Le metí el pene por el culo. Fue rápido, brutal, sin miramiento. Su cuerpo se tensó, un grito se le atragantó en la garganta, pero no se resistió. Lo sentí entrar, estrecho, apretado, como un puño que se cierra alrededor de mi polla. La empujé hasta la base, hasta que mis testículos le pegaron a sus nalgas. Ella soltó un alarido, no de dolor, sino de placer desbocado.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Dale! —me gritó, con la cabeza vuelta hacia mí, los ojos cerrados, la boca entreabierta.

La cogí por las caderas con fuerza, le clavé las uñas en la carne, y empecé a sacudirla. Un ritmo brutal, descontrolado, como si quisiera romperla por la mitad. Cada empujón le sacaba un grito, cada vuelta de muñeca le hacía arquear el cuerpo como un arco. Su culo era el único lugar que importaba ahora: caliente, húmedo, apretado como un calcetín recién quitado. Le noté temblar, y entonces supe que se venía.

—¡Me voy! —me dijo, con la voz rota—. ¡Me voy ahora!

Le metí un dedo por la vagina, que ya estaba totalmente abierta, hinchada, brillante, y le di un par de jalones rápidos al clítoris, y entonces su cuerpo se estremeció como si le hubieran dado una descarga. Gimió, alto, agudo, desesperado, y su vagina se contrajo alrededor de mi dedo, y su culo apretó mi polla como un nudo de cable eléctrico.

Yo no aguanté mucho más. Le di dos o tres empujones más fuertes, con la espalda doblada, el pecho pegado a su espalda, y sentí cómo mi polla se hinchaba dentro de su cuerpo, cómo el semen subía por el conducto, cómo se desbordaba en su interior, primero en el culo, con empujones calientes y espesos, y luego, cuando ya estaba a punto de correrme por la vagina, le di un último empujón hacia atrás, hasta que sentí cómo su cuerpo se abría, cómo su ano se relajó, y me dejó salir, deslizándome como una cuchara de plástico derretida.

Se quedó allí, agachada, con la frente apoyada en la puerta, los hombros temblando, el culo abierto, la polla colgando de ella como una víscera muerta. Yo me quedé de pie, jadeando, con la polla aún dentro de ella, sudando, con el corazón a mil.

Ella se giró despacio, me miró, me sonrió con la boca torcida, como si estuviera coqueteando con el caos.

—¿Te gustó? —me preguntó, mientras se limpiaba con la camiseta el sudor de la frente.

Asentí. No dije nada más.

Salimos del baño. Ella se arregló la ropa, se puso el sujetador al revés, sin quitar la camiseta. Yo me lo bajé todo, me puse los calcetines, me ajusté la corbata. No dijimos nada cuando pasamos frente a la habitación donde dormía mi hermano.

Al día siguiente, a la mañana siguiente, ella me saludó con una sonrisa, como si no hubiera pasado nada. Pero cuando le hablé al oído, mientras servía café en la cocina, me susurró:

—Mañana… te espero en el baño.

Y se fue, con la taza humeante en la mano, la camiseta ajustada al cuerpo, las nalgas moviéndose al ritmo de sus pasos.

Yo me quedé allí, con la taza fría en la mano, la polla dura de nuevo, y una sola pregunta en la cabeza: *¿cuánto más aguantaré sin volver a cogerla?*

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