El Baile del Trueno
4 minEl Baile del Trueno
En la esquina del barrio La Candelaria, donde el sol se mete entre los balcones como un enamorado que no sabe cuándo retirarse, caminaba Valentina con su falda ceñida y los tacones que marcaban ritmo con el corazón. El calor no era solo del mediodía: también venía de dentro, de la promesa que llevaba en la falda: su esposo estaba de viaje, y ella tenía una cita con el hombre que no debía.
Julián la esperaba en el apartamento del quinto piso, donde el aire acondicionado trataba inútilmente de ganarle la batalla al sudor y al deseo. Lo vio desde el ascensor: camisa desabotonada hasta el ombligo, pantalón de tela clara y los ojos que brillaban como cuando la miró por primera vez en la feria de la Candelaria, tres años atrás.
—Llegaste temprano —dijo él, abrazándola sin prisa, con las manos que ya sabían dónde iban.
—Me dijiste que fuera temprano —respondió ella, acercando el rostro hasta sentir su aliento, cargado de café y promesas—. Y vos dijiste *temprano*, no *tarde*.
Él sonrió, esa sonrisa que le hacía temblar las rodillas desde que tenía veintitrés.
—¿Querés que te saque la falda ya o querés seguir charlando hasta que el aire se agote?
Ella no respondió con palabras. Lo tomó del puño y lo arrastró hacia la cama, donde las sábanas estaban deshechas desde antes, como si el espacio mismo supiera lo que venía.
—Checa cómo te quiero —le dijo, desabrochándole el cinturón con los dedos lentos, como quien desenrolla una cinta de seda—. No es por el viaje de tu viejo, ni por que yo tengo hambre de algo que no es mío. Es porque cada vez que te veo, me siento como cuando bailaba *cumbia* en la terraza de la abuela y el viento me levantaba la falda… pero vos estabas ahí, mirando como si fuera solo para vos.
Julián la hizo girar, le levantó la falda y besó la curva de su espalda, donde la piel era suave como mantequilla recién hecha.
—Y vos sabés que yo te miro como si fuera un regalo que me devolvió la suerte… aunque sea por un rato.
Se despojaron de todo con calma, sin apuro de quien tiene prisa, sino de quien sabe que el tiempo se acaba y quiere guardarlo en la piel. Ella se tumbó boca abajo, con las nalgas elevadas, y él le acarició el culo con las palmas planas, como si lo modelara en arcilla caliente.
—Estás más rico que en el verano pasado —susurró.
—Y vos más chimba que nunca —respondió él, metiéndole los dedos ya mojados, con un movimiento suave que la hizo estremecer—. ¿Estás mojada por mí o por el miedo?
—Por vos. Porque cuando me mirás así, siento que me deshago… y me gusta.
Él se colocó sobre ella, el pito ya tieso y brillante con su humedad, y la empujó despacio, con paciencia de quien sabe que la cama es un templo y el cuerpo, un altar.
—Dime qué sentís —le pidió, con la frente pegada a la suya.
—Siento que me llenás… que me estás reventando por dentro, pero con cuidado… como si supieras que si me rompo, no vuelvo a estar entera.
Él comenzó a moverse, lento al principio, luego con más fuerza, con ese ritmo que solo tiene quien conoce el cuerpo de la otra persona como su propio mapa. Ella gimió, se aferró a las sábanas, y le besó el cuello, el hombro, la oreja.
—Mamá, Julián… mamá… no pares —rogó, con la voz rota.
—No voy a parar —prometió él, acelerando—. Te voy a hacer gritar tan fuerte que hasta el vecino del fondo va a saber que esta mujer ha vuelto a nacer.
Y así fue. Ella se vino con un grito contenido, con los ojos cerrados y los dientes en el labio, y él la siguió segundos después, dentro de ella, con un gemido bajo que sonó como trueno en el silencio que dejó el orgasmo.
Se quedaron abrazados, sudados, con las piernas enredadas y el corazón acelerado como si acabaran de correr una carrera que solo ellos sabían que existía.
—Mañana vuelvo a ser la esposa de tu jefe —dijo ella, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Y yo vuelvo a ser el hombre que no toca a tu esposo —respondió él, besándole el cuello—. Pero hoy, Valentina, hoy fuiste mía… y lo fuiste bien.
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