El baile del trópico bajo la lluvia

El baile del trópico bajo la lluvia

@isabella_mar ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (35) · 303 lecturas · 9 min de lectura

Recuerdo el primer instante en que sentí su aliento rozándome el cuello: no fue una advertencia ni una invitación, sino un hecho, como el sol que emerge tras una nube. Yo estaba parada en el porón de la casa de mi tía, en San José, Costa Rica, con los pies descalzos sobre el mosaico húmedo, el pelo aún mojado por la lluvia que acababa de estallar sin previo aviso. Me había quedado sin sombrilla, como siempre, confiando en que el cielo no haría tanto escándalo —pero ese día, el trópico decidió que era hora de celebrar.

Y entonces él apareció, no como un visitante inesperado, sino como un fenómeno meteorológico: sin previo aviso, sin disculpa, con la camisa blanca pegada a los hombros, el pantalón hasta las rodillas y los pies descalzos, también él, como si la lluvia lo hubiera arrastrado hasta mí.

—Disculpe —dijo, y su voz no sonó disculpante, sino como una nota musical sostenida, larga y cálida—. ¿No tiene frío?

—No.

—¡Mentira! —rió, y esa risa no fue una risa cualquiera: fue un trueno suave, como cuando el mar se ríe de ti pero te abraza igual.

Me tendió una toalla seca que sacó del bolso que colgaba de su hombro —un bolso de cuero oscuro, gastado por las esquinas, con el logo de una biblioteca universitaria en Bruselas—. Yo no lo conocía, pero me lo devolvió con una sonrisa y se alejó caminando hacia la calle, sin volver atrás.

Me llamaba Mateo. Lo supe al día siguiente, cuando apareció en la puerta del café donde trabajo, con un libro de poesía de Neruda y una sonrisa que no necesitaba permiso para existir.

—¿Te acuerdas de mí? —preguntó, sin esperar respuesta.

—Sí —respondí—. Fuiste el que se mojó solo para darme una toalla.

—No —corrigió—. Me mojé porque me gustaba verte bajo la lluvia.

No era un hombre grande, ni muy alto, pero tenía una presencia que se sentía antes de verse: una vibración en el aire, como el zumbido de las abejas alrededor de las flores de maracuyá. Tenía los ojos castaños, no oscuros, no claros, sino un color que cambiaba según la luz: café con leche al mediodía, miel dorada al atardecer, humo de cigarro cuando el sol ya se había ido. Su piel, morena pero con reflejos dorados, como si el sol le hubiera dejado un sello en las mejillas y los hombros.

Se sentó a mi lado en la banca del jardín, mientras yo servía dos tazas de café con leche. No dijo nada hasta que la primera cucharada de azúcar se disolvió en su taza. Entonces, con el dedo índice, trazó un círculo en la mesa de madera y me miró.

—¿Te gustan los versos que no terminan? —preguntó.

—¿Como la lluvia? —respondí—. Sí.

—Entonces quizás nos entendamos.

Esa noche, bajo el techo de hoja de palma del porche de mi tía, nos sentamos con los pies en el suelo de cemento y el cielo sin techo. Él sacó una libreta pequeña, encuadernada en cuero, con las esquinas redondeadas por el uso. La abrió con cuidado, como si temiera que el papel se rompiera al tocarlo, y empezó a leer.

No eran versos de amor. Al menos, no al principio. Hablaban de tierra, de raíces, de las grietas en el pavimento donde crecen las flores cuando nadie las riega. Hablaba de la forma en que el agua se desliza por la espalda de un hombre cuando está de espaldas bajo la ducha, y de cómo el sudor sabe a sal cuando el cuerpo se entrega al calor sin resistencia.

—¿Es cierto que aquí, en Costa Rica, el tiempo se detiene cuando llueve? —pregunté, cuando terminó la primera parte.

—No —dijo—. El tiempo no se detiene. Solo se vuelve más lento. Como cuando estás a punto de besar a alguien y sabes que, si te mueves rápido, se romperá la magia.

—Entonces… —hice una pausa—. ¿Te mueves rápido?

Él me miró entonces, con una mirada que no era de deseo, sino de reconocimiento. Como si me hubiera estado buscando mucho tiempo y, de pronto, supiera que había llegado.

—No. Me muevo como el trópico: con calma, con peligro, con promesas que se cumplen si sabes esperar.

No lo besé esa noche.

No lo besé al día siguiente, ni al otro.

Lo besé cuando el cielo se abrió de nuevo, tres días después, y la lluvia cayó tan fuerte que nos refugiamos bajo la escalera de metal de la biblioteca municipal, donde trabajaba como voluntario los sábados. Estábamos sentados uno frente al otro, con las piernas encogidas y las espaldas apretadas contra la pared húmeda. Él me había enseñado a leer la poesía de Blas de Otero, y yo le había leído versos de Elena Garro, en voz baja, como si temiéramos que alguien nos oyera y nos quitara el derecho a esa intimidad.

—¿Por qué no me besaste ayer? —pregunté.

—Porque no era el momento —dijo—. Hoy sí lo es.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la lluvia se detuvo por un segundo, y luego siguió —dijo—. Y mientras estaba allí, con el agua cayendo sobre mi pecho, pensé en la forma en que tus labios se mueven cuando dices mi nombre.

Entonces se acercó.

No fue un movimiento repentino. Fue un lento desplazamiento, como el de una serpiente que sabe dónde quiere ir y cómo llegar. Sus manos, primero una, luego la otra, me tocaron las mejillas con una ternura que me hizo sentir pequeña, pero no débil. Fueron los dedos los que primero rozaron mi piel, y fue en ese instante cuando sentí que algo dentro de mí empezaba a derretirse, como el chocolate que se derrite en el sol de la mañana.

—¿Te importa si te tomo? —preguntó, con la voz ronca.

—No me importa —respondí—. Me perteneces.

Y entonces me besó.

Fue un beso lento, profundo, con los labios fríos pero la lengua cálida, como si el trópico hubiera entrado por mi boca y empezado a recorrerme desde dentro. Sentí sus manos bajar por mis brazos, por mis costados, y cuando sus dedos rozaron mis pechos, no me estremecí de sorpresa, sino de reconocimiento: como si mis senos hubieran estado esperando su forma, su presión, su cálculo exacto de fuerza y suavidad.

—¿Estás bien? —preguntó, interrumpiendo el beso por un instante.

—Sí —dije—. Pero no quiero que pare.

—No voy a parar —prometió—. Solo quiero que sepas que cada momento es tuyo.

Y entonces me levantó, con una facilidad que no tenía que ver con fuerza, sino con confianza, y me llevó a su apartamento, que quedaba en el segundo piso de una casa antigua, con paredes de madera y ventanas que daban al jardín.

Dentro, el aire olía a café, a papel viejo y a madera mojada. La lluvia seguía cayendo fuera, pero dentro todo era silencio, excepto el sonido de nuestra respiración. Él me soltó suavemente en la cama, y se quitó la camisa, revelando un torso moreno, con vello oscuro que se extendía desde el pecho hasta el ombligo, donde desaparecía bajo el cinturón de los pantalones.

—¿Puedo? —preguntó, con la mano ya cerca de mi cinturón.

—Sí —dije—. Pero si me tocas así, sin preguntar, no voy a poder dejar de moverme.

—Entonces no voy a preguntar.

Y así fue.

Me desvestió con lentitud, como si cada prenda fuera un capítulo de una historia que no quería terminar. El suéter primero, luego los pantalones, los calcetines, las sandalias. Y cuando quedamos los dos desnudos, él se sentó a mirarme. No con ojos de quien quiere poseer, sino de quien ha encontrado un mapa que había estado buscando toda la vida.

—Eres hermosa —dijo—. Pero no por lo que veo. Por lo que siento.

Y me tocó.

Primero, con la palma de la mano, sobre el estómago, deslizándose hacia abajo, sin apuro, sin presión. Luego, con los dedos, rozando la curva de mis caderas, bajando hasta el borde de mis muslos, y luego, suavemente, hacia arriba, hacia donde ya sentía el calor acumulándose.

—¿Así? —preguntó, con un dedo rozando mi clítoris, apenas un roce, como si fuera una hoja de papel que no quería romper.

—Sí —respondí, con la voz quebrada.

—¿Así? —repitió, esta vez con dos dedos, abriéndome con cuidado, explorando la entrada de mi vagina, sin entrar aún.

—Más —dije—. Por favor, más.

Y entonces entró.

Fue un movimiento lento, profundo, con un ritmo que no era el mío, ni el suyo, sino algo que nacía del espacio entre nosotros. Sentí su pene, grueso y cálido, deslizándose dentro de mí como si supiera exactamente dónde estaba el lugar al que debía ir. Me abrió como una flor que ha estado cerrada toda la vida y, de pronto, decide abrirse al sol.

Me miró mientras me tomaba, con los ojos fijos en los míos, como si me estuviera leyendo, como si cada movimiento fuera una palabra que quería entender. Y cuando empezamos a movernos juntos, no fue con furia, sino con una intensidad que parecía eterna, como si supiera que este momento no volvería, o como si supiera que, si lo repetíamos mil veces, cada vez sería diferente.

—Isabella —susurró, por primera vez pronunciando mi nombre como si fuera una oración.

—Sí —respondí—. Aquí.

Y entonces él se inclinó hacia adelante, con los codos apoyados a los lados de mi cabeza, y me besó de nuevo, con la lengua y los labios y la lengua otra vez, mientras sus caderas seguían moviéndose, lento, profundo, hasta que sentí que algo dentro de mí se desbordaba, como el río que se sale de su cauce y lo inunda todo con su fuerza y su claridad.

—Mateo —grité—. ¡Mateo!

Y él, en ese instante, se detuvo por un segundo, me besó el cuello, y se corrió dentro de mí, con un susurro que no pude entender, pero que sentí en el corazón.

Nos quedamos así, abrazados, con el sudor pegando nuestras pieles y la lluvia golpeando el techo como si quisiera entrar. Él me acarició el pelo, con los dedos que aún estaban dentro de mí, y me miró.

—¿Te acuerdas de lo que te dije ayer? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué dije?

—Que el tiempo no se detiene —respondí—. Solo se vuelve más lento.

—Y ahora —dijo—. ¿Sientes que el tiempo se ha vuelto lento?

—Sí —dije—. Pero no por la lluvia.

—¿Por qué entonces?

—Porque ahora sé que si te beso, si me tocas, si me mueves dentro de ti… —me giré hacia él, lo miré a los ojos y le sonreí—. Entonces el tiempo no existe. Solo existimos tú y yo.

Él me besó entonces, con una ternura que no tenía nada que ver con el deseo, y todo con el descubrimiento.

—¿Te gustaría que volviéramos a hacerlo? —preguntó.

—Sí —respondí—. Pero esta vez, quiero que seas tú el que me toque sin preguntar.

—Entonces no voy a preguntar.

Y así fue.

Y así sigue siendo.

Ahora, cuando la lluvia cae, yo ya no me refugio bajo el porón de la casa de mi tía. Yo me refugio en su pecho, bajo sus brazos, en su cama, en su poesía, en sus manos que me tocan como si fueran el primer versículo de un libro que no terminaré nunca.

Porque el trópico, cuando ama, no es una tormenta. Es un canto.

Y yo ya aprendí a bailarlo.

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@isabella_mar

Calor de trópico, ritmo en las caderas, piel que no se está quieta. Escribo el deseo con sabor a Caribe.

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