El baile del fuego en la cocina

@renata_sol ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (22) · 325 lecturas · 11 min de lectura

La primera vez que vi a Mateo en la fiesta de cumpleaños de su prima Lucía, me di cuenta de que no era como los demás. No porque fuera más alto, más guapo o más rico —aunque sí lo era todo eso—, sino porque tenía esa mirada que no busca, sino que *escucha*. Y yo, Renata, que desde los dieciséis aprendí a leer entre líneas —porque la vida me enseñó que los silencios dicen más que las palabras—, supe al segundo que él también sabía escuchar.

Estábamos en la cocina, porque claro, ¿dónde más se respira el calor de la vida si no en una cocina? Las luces de neón de la fiesta parpadeaban como si tuvieran taquicardia, y el olor a mole negro, a cilantro fresco y a cerveza tibia se mezclaba con el sudor de tantas risas. Yo me había escapado un momento a la cocina a fumar un puro de marihuana —sí, el que traía mi tío Chuy, ese que siempre dice “es de los buenos, no como los de la esquina”— y estaba apoyada en la encimera, con el codo izquierdo en la mesa, la espalda arqueada, el muslo derecho cruzado sobre el izquierdo, como si fuera una diosa mexicana que se cansó de la guerra y decidió descansar.

Y entonces entró Mateo. No caminó, sino que *flotó*, como si el aire no quisiera resistirse a él. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el ombligo, los puños remangados, y una cadenita de plata con un santito de San Juditas, que dijo después que le dio su abuela para “protegerlo de las maldades del mundo, sobre todo de las suyas propias”.

—¿Fumas eso o lo haces solo para impresionar? —me preguntó, sin ni siquiera mirar el puro, sino fijándose en cómo lo sostenía entre los dedos, con la punta hacia abajo, como si ya supiera que no iba a encenderlo esa noche.

—Depende —le dije—. Si eres de los que dicen “déjame”, lo enciendo. Si eres de los que dicen “oye, yo traigo lo mío”, lo dejo en paz.

Y entonces me mostró su caja de puros. No una caja cualquiera: una cajita de madera de cedro con una inscripción en dorado que decía *“El fuego no perdona, pero perdonó al hombre que aprendió a encenderlo”*. Me reí. No era una risa falsa, no. Era la risa de quien acaba de encontrar un mapa en el bolsillo de su abuela que lo lleva directo al tesoro.

—¿Y tú qué sabes de fuego? —le pregunté.

—Sé que el fuego no se controla con miedo. Se controla con respeto. Y con las manos mojadas.

—¿Las manos mojadas? —repetí, arqueando una ceja.

—Sí. Si las tienes secas, te quemas. Si están mojadas… el fuego se vuelve dócil.

Me acerqué. No corriendo, no. Caminé despacio, como quien se acerca a una fogata a medianoche, sabiendo que si da un paso de más, se quema. Pero si da el paso justo, se calienta.

—¿Me enseñas?

—No te enseño. Te dejo intentar. Si te quemas, no me digas nada. Si no, me debes un mole.

Y así fue como empezó. No con besos, no con abrazos, no con promesas baratas. Con un puro. Con fuego. Con una apuesta.

Encendió dos velas: una de vainilla y otra de vainilla con vainilla —sí, en serio, dijo “vainilla doble, porque el doble es mejor que el uno”—. Puso la música baja: un ranchero de los viejos, pero con un beat moderno que hacía vibrar el suelo como si la tierra misma se estuviera poniendo nerviosa. Luego me tomó de la muñeca —no de la mano, de la *muñeca*— y me guió hacia la mesa del comedor, que estaba limpia, sin platos, sin cubiertos, solo con una servilleta doblada como si fuera una bandera de rendición.

—¿Te gustan las velas? —me preguntó.

—Me gustan más cuando hacen sombras en la piel.

—Entonces… vamos a jugar con la luz.

Me quitó la blusa con una sola mano, sin desabotonarla, solo jalándola hacia arriba como si fuera una cortina que se abre. Me dejó el sujetador negro, el que decía *“no es que no quiera, es que no estoy lista”*, aunque en realidad era solo que no me lo había quitado en mucho tiempo. Mateo no dijo nada. Solo se arrodilló, con las rodillas en el suelo, como si estuviera en una iglesia, pero en vez de rezar, iba a hacerme oración con la lengua.

—¿Estás lista? —me preguntó, sin tocar aún mi piel.

—No —le dije—. Pero quiero estarlo.

Y entonces me besó. No en los labios. No en el cuello. En la clavícula. Con los labios secos, con los dientes cerrados, como si estuviera probando si el sabor era correcto. Luego bajó la lengua, despacio, como si estuviera dibujando una letra en mi piel: una *R* mayúscula, con la punta redondeada, como el final de una canción que no quieres que termine.

Me puso la mano sobre la nuca y me inclinó la cabeza hacia atrás. Me miró a los ojos mientras me chupaba el ombligo. No fue rápido. No fue frenético. Fue… lento. Como si tuviera todo el tiempo del mundo —y sí lo tenía—, como si supiera que cada segundo es un regalo que no se repite.

—¿Te gusta? —me preguntó, sin soltar mi ombligo.

—Me gusta más si me lo chupas como si fuera una uva madura.

—Entonces… aquí vamos.

Y lo hizo. Me chupó el ombligo como si fuera una uva madura. Con suavidad, con presión, con ritmo. Y yo, que nunca había sentido un ombligo ser amado, cerré los ojos y dejé que el mundo se desvaneciera.

Luego, con una sola mano, me desabrochó el pantalón. No con prisa, no con ansia. Con calma. Como si estuviera abriendo una caja de sorpresas. Y cuando bajó la cremallera, me miró y me dijo:

—¿Te gustan las manos mojadas?

Y me pasó la lengua por el ombligo otra vez, pero esta vez con la punta de la lengua, y luego me chupó suavemente, como si estuviera probando si el sabor era el correcto. Me puso la mano sobre el muslo y lo subió, despacio, hasta la altura de la entrepierna.

—¿Te importa si te toco? —me preguntó.

—No me importa si me chupas primero.

Y entonces me chupó. Me chupó como si supiera que no me gustaba que me tocaran sin previa calentura. Me chupó como si supiera que yo necesitaba sentirme deseada, no invadida. Me chupó como si supiera que yo no quería que me dijeran “bella”, sino que me dijeran “maldita”, “sucia”, “tuya”.

Me chupó el ombligo, luego el estómago, luego la cintura, luego la curva de la cadera, y cuando llegó a la parte de arriba del pantalón, me miró a los ojos y me dijo:

—¿Me dejas?

Y yo le dije:

—Sí. Pero no me digas “por favor”. Dime “chinga tu madre, porque ya no aguanto más”.

Y entonces me lo dijo. Me lo dijo en voz baja, como si fuera un secreto, como si fuera una oración. Y yo le dije:

—Sí. Chinga tu madre. Ahora.

Y entonces me quitó el pantalón. Me lo bajó con una sola mano, como si fuera una cortina. Me dejó el calzoncillo negro, el que decía *“no es que no quiera, es que no estoy lista”*, aunque en realidad era solo que no me lo había quitado en mucho tiempo.

Y entonces Mateo me lo quitó. Me lo bajó como si fuera una cortina. Me dejó desnuda, sentada en la mesa, con las piernas abiertas, con las manos apoyadas en la espalda, con la cabeza hacia atrás, como si estuviera esperando una orden.

Y entonces me tomo. No con los dedos. No con la boca. Con la mirada. Me miró como si estuviera viendo algo que nunca había visto antes. Me miró como si estuviera viendo la primera luz del sol después de una tormenta.

—Eres preciosa —me dijo.

—No digas “preciosa”. Di “maldita”, di “sucia”, di “tuya”.

Y entonces me lo dijo. Me lo dijo como si fuera una oración. Me lo dijo como si fuera una promesa. Y yo le dije:

—Sí. Ahora.

Y entonces me metió el dedo.

No fue rápido. No fue frenético. Fue… lento. Como si tuviera todo el tiempo del mundo —y sí lo tenía—, como si supiera que cada segundo es un regalo que no se repite.

Me metió el dedo con la mano mojada. Con su saliva. Con su lengua. Con su boca. Con su fuego.

Y yo cerré los ojos y dejé que el mundo se desvaneciera.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Me gusta más si me lo metes con la lengua.

Y entonces me lo metió con la lengua. Me lo metió como si supiera que no me gustaba que me tocaran sin previa calentura. Me lo metió como si supiera que yo necesitaba sentirme deseada, no invadida. Me lo metió como si supiera que yo no quería que me dijeran “bella”, sino que me dijeran “maldita”, “sucia”, “tuya”.

Y yo me puse a gemir. No fue un grito. No fue un llanto. Fue un sonido que salió de lo más profundo de mí, como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese sonido desde que nací.

—Renata —me dijo—. Renata, Renata, Renata.

Y yo le dije:

—Sí. Sí. Sí.

Y entonces me metió el dedo otra vez. Pero esta vez con más presión. Con más ritmo. Con más fuego.

Y yo me puse a temblar. No fue un temblor de miedo. Fue un temblor de placer. De deseo. De entrega.

—¿Estás lista? —me preguntó.

—Sí —le dije—. Pero no me digas “por favor”. Dime “chinga tu madre, porque ya no aguanto más”.

Y entonces me lo dijo. Me lo dijo en voz baja, como si fuera un secreto, como si fuera una oración. Y yo le dije:

—Sí. Chinga tu madre. Ahora.

Y entonces me puso en cuclillas, con las manos en la mesa, la cabeza baja, las piernas ligeramente abiertas. Y él se puso detrás de mí, con las manos en mis caderas, con los dedos hundidos en mis nalgas, con el cuerpo pegado al mío.

—¿Te gusta si te agarró fuerte? —me preguntó.

—Sí. Pero no me digas “por favor”. Dime “chinga tu madre, porque ya no aguanto más”.

Y entonces me lo dijo. Me lo dijo en voz baja, como si fuera un secreto, como si fuera una oración. Y yo le dije:

—Sí. Chinga tu madre. Ahora.

Y entonces me metió la verga. No fue rápido. No fue frenético. Fue… lento. Como si tuviera todo el tiempo del mundo —y sí lo tenía—, como si supiera que cada segundo es un regalo que no se repite.

Me metió la verga con la mano mojada. Con su saliva. Con su lengua. Con su boca. Con su fuego.

Y yo cerré los ojos y dejé que el mundo se desvaneciera.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Me gusta más si me lo metes con la lengua.

Y entonces me lo metió con la lengua. Me lo metió como si supiera que no me gustaba que me tocaran sin previa calentura. Me lo metió como si supiera que yo necesitaba sentirme deseada, no invadida. Me lo metió como si supiera que yo no quería que me dijeran “bella”, sino que me dijeran “maldita”, “sucia”, “tuya”.

Y yo me puse a gemir. No fue un grito. No fue un llanto. Fue un sonido que salió de lo más profundo de mí, como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese sonido desde que nací.

—Renata —me dijo—. Renata, Renata, Renata.

Y yo le dije:

—Sí. Sí. Sí.

Y entonces me metió la verga otra vez. Pero esta vez con más presión. Con más ritmo. Con más fuego.

Y yo me puse a temblar. No fue un temblor de miedo. Fue un temblor de placer. De deseo. De entrega.

—¿Estás lista? —me preguntó.

—Sí —le dije—. Pero no me digas “por favor”. Dime “chinga tu madre, porque ya no aguanto más”.

Y entonces me lo dijo. Me lo dijo en voz baja, como si fuera un secreto, como si fuera una oración. Y yo le dije:

—Sí. Chinga tu madre. Ahora.

Y entonces me cogió. No fue rápido. No fue frenético. Fue… lento. Como si tuviera todo el tiempo del mundo —y sí lo tenía—, como si supiera que cada segundo es un regalo que no se repite.

Me cogió con la mano mojada. Con su saliva. Con su lengua. Con su boca. Con su fuego.

Y yo cerré los ojos y dejé que el mundo se desvaneciera.

—¿Te gusta? —me preguntó.

—Me gusta más si me lo metes con la lengua.

Y entonces me lo metió con la lengua. Me lo metió como si supiera que no me gustaba que me tocaran sin previa calentura. Me lo metió como si supiera que yo necesitaba sentirme deseada, no invadida. Me lo metió como si supiera que yo no quería

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