El Baile del Clavel
Hace tres veranos, cuando el calor se clavaba como una espina en el aire y el sol fundía los bordes de las calles de Cartagena, conocí a Mateo en la terraza de un viejo café, entre poyos de madera decolorada y el tintineo de copas de vino tinto. Llevaba una blusa de algodón blanca, abierta al menos un botón de más de lo habitual, y el olor a jazmín y sal le pegaba a la piel como un second skin. Yo, con mi falda de algodón estampado y los pies descalzos en la madera tibia, jugaba con la tira de hielo que había en mi copa de limonada.
—¿Te importa si me siento? —me preguntó, con esa voz que parecía haber aprendido a hablar entre latidos más lentos.
Asentí, sin mirarlo. No porque no quisiera, sino porque ya me había dado cuenta de que sus ojos no me escudriñaban como si fuera una mujer cualquiera, sino como si ya me conociera. Como si me hubiera soñado en otro verano.
Aquel día hablamos de todo y de nada: del sabor del ron miel que él mismo hacía con canela de Trujillo, de cómo el mar se ponía gris cuando el viento venía del norte, de la manera en que ciertas canciones de Víctor Manuelle le hacían recordar a su abuela. Y cada vez que su mano rozaba la mía al pasar el salero o apoyarse en la mesa para reír, sentía un estremecimiento que subía por el muslo, lento, como una ola que no decide si romperse o retirarse.
Una semana después, me invitó a su casa, un antiguo caserón colonial en el barrioGetsemaní, con paredes de adobe que exhalaban frescor y puertas de madera de cedro que crujían como viejas confidencias. Me mostró el jardín trasero: un espacio encerrado entre muros altos, donde un clavelero crecía torcido, casi colgando sobre el pilón de piedra. Las flores no eran rojas, sino blancas con el centro teñido de rosa, como si el sol hubiera besado su centro.
—Es la única planta que sobrevive aquí —dijo, acercándose a mí con una tijera de podar en la mano—. Pero en junio, cuando el calor es más fuerte… florece como si supiera que es su única oportunidad.
Me tendió una flor recién cortada. La tomé con cuidado, sintiendo su tallo húmedo, la textura de sus pétalos como seda vieja.
—¿Te gustaría ver cómo florece de verdad? —preguntó, y esta vez sí me miró directo, sin disimulo, sin pedir permiso, como si ya lo hubiéramos acordado.
Subimos al segundo piso, donde una puerta de cristal esmerilado daba a una sala iluminada solo por la luz del atardecer, que se colaba en franjas doradas por las rendijas de los postigos. No había música, pero el silencio tenía ritmo: el goteo del grifo en el baño, el murmullo del tráfico lejano, el latido de mi propio pecho cuando me volví hacia él.
—¿Te acuerdas del clavel? —susurró, acercándose por detrás, sin tocarme aún.
Asentí. Él respiró hondo, como si necesitara cargar fuerzas.
—Aquí no hay prisa. Solo quería que supieras que cada vez que te miro, veo el mismo cielo que en junio, cuando todo era posible.
Su mano, por fin, rozó mi cuello, deslizándose con lentitud hasta la base de mi nuca. No me giró, no me obligó. Solo esperó. Y yo, con la flor aún entre los dedos, me volví lentamente, lo suficiente para que sus labios rozaran el borde del mío, sin llegar. Una distancia tan pequeña que ya sentía su aliento, cálido y salado, como el mar al amanecer.
—Dime si quieres que siga —dijo, y su voz era un susurro, sí, pero no de miedo, sino de reverencia.
Y yo, con el corazón palpitando como un tambor de fiesta antigua, le respondí: —Sigue. Pero no con prisa. Quiero sentir cada paso, como si fuera la primera vez que el sol toca la piel después de la lluvia.
¿Te ha gustado? Valóralo