El baile del café y el ron

El baile del café y el ron

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (18) · 10 lecturas · 4 min de lectura

Yo lo vi entrar con esa mirada que no pide permiso, pero sí lo ofrece. Llevaba una camisa blanca abierta hasta el tercer botón, el pelo recogido con una lazada negra, las uñas bien cuidadas, y el olor a café recién hecho, aunque no había tomado uno aún. Se llamaba Camila —nombre que le quedaba como una caricia en el oído— y se sentó justo frente a mí, en la mesa de al lado, donde el sol de la tarde se colaba por la ventana del café de la esquina, ese que huele a madera vieja y pan recién salido del horno.

No dijimos nada al principio. Solo nos miramos, como si ya nos hubiéramos encontrado antes, pero en otra vida, o en un sueño que no recordábamos del todo. Ella movió los hombros, un pequeño movimiento, como quitándose una carga invisible. Yo bajé la vista, fingiendo leer el menú, pero no había nada escrito que pudiera hacerme olvidar el brillo de sus labios, la curva de su cuello, el jebe que le subía por el muslo cuando cruzó las piernas.

—¿Te importa que comparta tu mesa? —preguntó, con esa voz pausada, casi un susurro, pero con un tono que no lo era.

—Claro que no —respondí, y me di cuenta de que mi voz temblaba un poco, como cuando el ron se agita en el vaso antes de beberlo.

Ella sonrió, y fue como ver el cielo abrirse en pleno mediodía. Se acomodó, se quitó la chaqueta ligera, y dejó ver una blusa de encaje color miel, ajustada a la cintura, que dejaba entrever la curva de sus costillas cuando respiraba hondo. No usaba perfume fuerte, pero algo natural, dulce, como azúcar morena derretida en leche tibia.

—¿Vienes a escribir? —me preguntó, señalando mi cuaderno.

—Sí. O a olvidar.

—¿Y qué olvidas hoy?

—El frío del metro, el ruido del centro, y… el sabor de otra mujer. Pero hoy no. Hoy siento que el cuerpo me pide otra cosa.

Ella asintió, como si ya supiera. Me tendió la mano, lentamente, como si ofreciera una llave. Yo la tomé, y en ese instante sentí un calorcito subir por el brazo, como cuando se enciende una vela cerca de la piel.

—¿Te parece si me llevas a mi casa? —dijo, sin soltar mi mano—. Tengo café. Y ron. Y un colchón viejo que aún recuerda cómo se mueve cuando alguien duerme bien.

—¿Y si me pides que me vaya después de un rato?

—Entonces me iré contigo.

No hubo más. Solo un silencio cómplice, y luego su risa baja, dulce, como el golpe de una puerta entreabierta. Caminamos hasta su casa, entre calles empinadas y casas con balcones de madera, donde los gatos se miraban desde las repisas, y el sol aún se aferraba a los techos. Ella me tomó del brazo, y sentí el peso de su cuerpo cerca, como si ya supiera que era allí, en ese momento, donde empezaba el verdadero encuentro.

En su cuarto, el aire era más denso, más caliente. Ella se quitó la blusa sin prisa, dejando ver un sujetador de encaje negro, y luego, con los dedos lentos, desabrochó el cierre trasero. Cuando se lo quitó, el pecho le subió, como si el aire le hiciera falta, y sus pezones se erguieron al ritmo de su respiración. Yo le acaricié la espalda, con la palma abierta, bajando poco a poco, hasta tocar la curva de su cadera, el hueco entre sus muslos.

—¿Te gusta esto? —me preguntó, tomándome la mano y llevándola hasta su culo, suave y firme, como el pan recién horneado—. Me gusta que me toques así, como si supieras que aquí es donde más calorcito se guarda.

No le respondí con palabras. Le besé el cuello, luego la oreja, y luego su boca, y en ese beso sentí todo: el sabor de su labio inferior, el calor de su lengua, el modo en que sus dedos se enredaban en mi pelo como si temiera que me fuera. Me aparté un poco, y le dije:

—¿Quieres que te mame?

Ella asintió, sin vergüenza, con los ojos cerrados, y yo me arrodillé frente a ella, le abrí las piernas con su permiso, y comencé a saborearla como quien saborea un café que no quiere que se enfríe. Le lamí el clítoris con suavidad, luego con más fuerza, y ella me agarró la cabeza, sin pedir, solo dejándose llevar. Sentí sus musculos tensarse, su respiración entrecortarse, y cuando vino, lo hizo con un grito bajo, casi un lamento, como cuando el ron se derrama en la copa y se desborda por el borde.

Cuando se calmó, me levanté, y ella me besó de nuevo, con más ganas, y me quitó la camisa, me desabrochó el pantalón. Me puso la mano dentro del boxers, y me acarició el pito como si ya lo conociera de antes.

—Estás rico —susurró—. Muy rico.

No hubo más palabras. Solo manos, besos, y el sonido de la cama que crujía suavemente, como si también ella supiera el ritmo. Yo la tomé de las caderas, la levanté, y la senté sobre mí, y cuando entré en ella, sentí que todo el tiempo que había perdido se recuperaba en un solo suspiro.

—Más lento —me pidió—. Quiero sentirte todo.

Y así fue. Cada movimiento, cada empuje, cada vez que ella arqueaba el cuerpo hacia atrás y dejaba que sus

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