El Baile del Agua y el fuego
Llovía cuando me encontré con él en la esquina de la calle 23 y la avenida 6. No era una lluvia cualquiera: era esa tormenta caribeña que se lanza con fuerza, como si el cielo hubiera decidido bañar la ciudad en un arrebato repentino. Yo, con mi blusa blanca ya transparente en los hombros y los cabellos pegados a la nuca, no me moví. Esperaba, sin saber bien qué, solo dejándome llevar. Y entonces apareció él, bajo un paraguas negro demasiado grande para su estatura, con los pantalones remangados hasta las espinillas, como si hubiera venido directo del trabajo.
—Te vi desde el semáforo —dijo, sin sonreír, pero con los ojos ya jugando algo—. Creí que te ibas a ahogar.
—Yo soy de aquí —respondí, humedeciendo los labios con la lengua, sintiendo el frío del agua en la piel—. Los huracanes me criaron.
Se llamaba Mateo. Un nombre que me había dado vueltas en la cabeza durante las últimas tres semanas, desde que lo vi por primera vez en la librería del barrio, hojeando un libro de Neruda con los dedos que parecían acariciar cada página. No dijimos nada más hasta llegar a su casa: una edificación vieja, con balcón de madera y una buganvilla que trepaba hasta el tercer piso como un beso insistente. Subimos la escalera en silencio, con la ropa aún empapada, y cuando abrió la puerta, sentí algo que no esperaba: calma.
—Entra —dijo, pero no fue una orden. Fue una invitación hecha de pulso lento y manos abiertas.
Dentro, el aire era cálido, perfumado a café tostado y madera vieja. En la pared del fondo, una ventana de marco verde abierta dejaba entrar el sonido de la lluvia y el aroma de tierra mojada. Me detuve justo donde el sol —aunque no hubiera sol— me hubiera encontrado si la tormenta lo hubiera permitido: en el umbral.
—¿Por qué no te quitas la blusa? —preguntó, sentándose en el sofá, con las piernas cruzadas, como si estuviera esperándome desde siempre.
No fue una pregunta coqueta. Fue una afirmación suave, casi filosófica, como si ya supiera que la ropa mojada no me pertenecía en ese lugar. Me desabroché con lentitud, con una mano primero, con la otra después, sin apartar la vista de la suya. El algodón, frío y pegado a la piel, se deslizó como una capa de marisma, dejando al descubierto la tanga blanca con encaje de hojas pequeñas —una herencia de mi abuela, que decía que el encaje debía respirar como el cuerpo.
—¿Tú también? —le pregunté.
Asintió, y se levantó. No con prisa, sino con un ritmo que me recordó a los tambores del carnaval de San Juan: dos pasos adelante, uno atrás, pausado, deliberado. Se deshizo de la camisa mojada, mostrando un pecho estrecho, musculoso pero no exagerado, con una cicatriz delgada en el hombro izquierdo —un recuerdo de la infancia, dijo, cuando cayó del mango—. Los pantalones siguieron, y entonces lo vi: los calcetines aún mojados, los pies descalzos, los muslos tensos. Y entre ellos, la sombra suave de lo que aún no tocaba.
—Ven —dijo, esta vez, con una voz más baja, más húmeda—. Si sigues parada ahí, vas a coger frío.
Me acerqué. No corriendo, no caminando: deslizándome. Como si el suelo de madera hubiera absorbido mi peso y me devolviera en ondas suaves. Cuando llegué frente a él, no me tomó de la mano. Me rodeó la cintura con un solo brazo, como si ya conociera mi curva, como si mi cuerpo le hubiera escrito antes que mis ojos. Su otra mano subió por mi espalda, despacio, hasta la nuca, donde mis cabellos goteaban sobre su muñeca.
—Huele a agua y a jazmín —susurró.
—Y a ti —respondí—. A café y a sal.
Entonces me besó.
No fue un beso de deseo apresurado. Fue un encuentro de sabores, de temperaturas, de historias que no habíamos contado aún. Su boca era tibia, un poco seca en los bordes, pero húmeda en el centro, como una fruta recién cortada. Lamió mi labio inferior, no con urgencia, sino con curiosidad, como si estuviera aprendiendo el contorno de una lengua que aún no conocía del todo. Sus dedos se hundieron en mi cabello, no para sujetar, sino para sostener, como si temiera que el viento me llevara.
Me incliné hacia atrás, solo un poco, para ver sus ojos. Entonces él bajó la cabeza y comenzó a besar mi cuello, con suavidad, con la seguridad de quien sabe que está tocando algo sagrado. Sentí sus dientes rozar la curva de mi oreja, luego la base de la garganta, donde latía más fuerte. Sus manos me levantaron la falda —una prenda larga, de algodón color tierra— y sus dedos deslizaron el elástico del tanga, con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.
—Dime si esto es demasiado —dijo, sin soltar la tela.
—No —respondí, con la voz rota ya—. No mientras me toques así.
Y entonces me quitó el tanga, con cuidado, como si fuera un envoltorio de regalo, y me puso la palma plana sobre la entrepierna, a través del algodón seco. Un calor inmediato me recorrió la columna, como si me hubieran conectado a una corriente antigua. Me apretó contra él, y sentí la dureza de su erección, clara y firme contra mi muslo, como una promesa.
—¿Te gusta? —preguntó, moviendo la mano con un movimiento circular lento.
—Sí —gemió mi cuerpo antes que mi mente—. Sí, sí, sí…
Me giró suavemente y me sentó sobre el borde de la mesa de madera, cerca de la ventana. La lluvia seguía cayendo, pero ahora con menos fuerza, como si también se hubiera cansado de la tormenta. Él se arrodilló frente a mí, sin prisa, y con los dedos separó mis labios, lentamente, como si estuviera abriendo una flor que solo se despliega al anochecer.
—Déjame ver cómo te pones cuando te toco —dijo, con la voz ronca—. Déjame ver cómo eres cuando no te escondes.
Y entonces me lamió.
No fue un gesto de apetito, sino de reverencia. Su lengua encontró mi clítoris con una suavidad que me hizo arquear la espalda, con una intensidad que me hizo apretar los puños en el borde de la mesa. Me besó allí, como si ese punto fuera una puerta que solo él sabía cómo abrir. Y cuando su dedo entró en mí, lento, con el pulgar rozando mi clítoris con movimientos pequeños y precisos, sentí que el mundo se desdibujaba. No era solo placer: era reconocimiento. Como si mi cuerpo lo hubiera estado esperando desde antes de nacer.
—Mateo… —susurré, sin saber qué más decir.
—Sí —respondió él, sin dejar de moverse—. Soy yo. Solo yo.
Subió el ritmo, y yo subí con él, hasta que el orgasmo me golpeó como una ola del mar: sin previo aviso, sin piedad, pero con una fuerza que me hizo llorar. No de tristeza. De alivio. De pertenencia.
Cuando volví a la superficie, él ya se había quitado los pantalones por completo, y me mostraba su erección, larga, gruesa, con la punta húmeda de preseminal. Me tendió la mano.
—Ven —dijo—. Ahora quiero sentirte dentro.
No necesité más. Me acerqué, me senté sobre él, con las piernas a ambos lados de su cadera, y lo tomé con mi mano, guiándolo hacia mi entrada. Me hundí poco a poco, sintiendo cómo se expandía dentro de mí, como si fuera el único espacio en el mundo que podía contenerlo. Cuando todo él estuvo dentro, nos quedamos quietos. Respirando. Escuchando el sonido de la lluvia. Y luego, despacio, me moví.
Subía, bajaba, giraba un poco, hasta que encontramos el ritmo: un baile antiguo, que solo dos cuerpos que se conocen desde siempre pueden recordar. Sus manos me sujetaban las caderas, pero no con fuerza, sino con ternura, como si temiera que me deshiciese en polvo si lo hacía con más intensidad.
—Eres hermosa —murmuró, con la frente contra la mía—. No por cómo soy yo. Por cómo eres tú.
Y entonces lo besé de nuevo, con su boca ya más urgente, más húmeda, más mía. Y mientras nos fundíamos en ese beso, nos movimos juntos, hasta que la tensión volvió, más fuerte esta vez, y esta vez lo sentí en su pecho, en sus manos, en su voz rota cuando dijo mi nombre como una plegaria.
—Isabella… —dijo, y ese nombre sonó como una llave, como un latido,
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